sábado, 19 de enero de 2013

Capitulo 1: El niño que sobrevivió.

-Capitulo l El niño que sobrevivió.

El señor y la señora Dursley…

-¿¡Qué!? - Gritó Lily.

-¿Qué pasa? - Preguntó James.

-Es mi hermana, y el cerdo de su marido - Dijo con los ojos abiertos como platos.

-Algo me huele mal - Dijo Remus.

Del número cuatro de Privet Drive, estaban orgullosos de decir que eran perfectamente normales y muy agradecidos por ello. Eran las últimas personas que uno esperaría encontrar involucradas en algo extraño o misterioso, porque no aceptaban tonterías.

El señor Dursley era el director de una empresa llamada Grunnings, que hacía taladros.

-¿Qué es un latadro? - Preguntó Sirius.

-Un artefacto muggle, después te explico - Les respondió Remus rápidamente.

Era un hombre corpulento y rollizo, casi sin cuello, pero con un bigote muy largo.

-Cerdo - Murmuro Lily para sus adentros, pero James la escuchó y la abrazó con una sonrisa.

La señora Dursley era delgada y rubia y tenía un cuello casi el doble de largo de lo habitual, lo que le resultaba muy útil, ya que pasaba la mayor parte de su tiempo estirándolo sobre las verjas de los jardines, para espiar a sus vecinos. Los Dursley tenían un hijo pequeño llamado Dudley, y para ellos no había un niño mejor que él.

Los Merodeadores empezaron a reír a carcajadas mientras Lily murmuraba un muy poco audible <<Estúpidos>>.

Los Dursley tenían todo lo que querían, pero también tenían un secreto, y su mayor temor era que alguien pudiera descubrirlo. No creían poder soportar que alguien descubriera lo de los Potter.

-¿¡Qué!? - Preguntaron todos atónitos.

-Mi hermana me odia por ser bruja - Aclaró Lily.

-Envidiosa - Dijeron la mayoría.

La señora Potter era la hermana de la señora Dursley, pero no se veían desde hacía años; de hecho, la señora Dursley simulaba que no tenía una hermana

-Gracias Tuney, yo también te quiero - Ironizó Lily mientras bajaba la miraba, James la abrazó y la besó.

Porque su hermana y su marido, un inservible

-¡HEY! - Gritaron la mayoría.

-Puede ser un poco arrogante, e idiota, pero inservible nunca - Dijo Lily - Además solo yo y lo chicos lo podemos insultar.

-No se si tomar eso como un insulto o un halago - Dijo James mirando a su novia quien le sonrió y le dio un beso mientras los demás reían.

Eran todo lo contrario de los Dursley. Los Dursley se estremecían al pensar en lo que dirían los vecinos si los Potter aparecieran en la vereda.

-Tranquila que no le voy a dar el gusto - Dijo James haciendo que todos se rían.

Los Dursley sabían que los Potter también tenían un hijo pequeño, pero nunca lo habían visto.

Varios sonrieron al pensar que esa pareja que tanto les costo estar juntos tengan un hijo.

Ese niño era otra buena razón para mantener alejados a los Potter: no querían que Dudley se juntara con un niño como ese.

-Tampoco queremos que Harry se junte con el mini-cerdito - Dijo Sirius haciendo que todos lancen varias carcajadas.

Nuestra historia comienza cuando el señor y la señora Dursley se despertaron ese martes gris y nublado. No había nada en el cielo con nubes que sugiriera que cosas extrañas y misteriosas muy pronto ocurrirían por toda la región.

Todos en la Sala tenían el ceño fruncido.

El señor Dursley tarareaba mientras elegía su corbata mas aburrida para el trabajo

Sirius derepente soltó una carcajada.

-¿De que te reís? - Preguntó James.

-Me imaginaba un cerdo con corbata - Dijo haciendo reír a todos.

Y la señora Dursley parloteaba feliz mientras forcejeaba para colocar al chillón Dudley en su silla alta.

Ninguno de ellos notó una gran lechuza rojiza que pasaba volando por la ventana.

A las ocho y media, el señor Dursley tomó su portafolio, besó a la señora Dursley en la mejilla y trató de despedirse de Dudley con un beso, pero no pudo porque Dudley tenía un berrinche y tiraba se cereal contra las paredes.

-Malcriado - Se escuchó en la Sala.

<<Chiquilín>>, exclamó entre dientes el señor Dursley, mientra salía de la casa. Se metió en su coche y se alejó del número cuatro.

Al llegar a la esquina se dio cuenta de la primera señal de algo singular: un gato que leía un mapa.

Todos se giraron a ver a McGonagall quien se encogió de hombros.

Por un segundo, el señor Dursley no se dio cuenta de lo que había visto, pero luego torció la cabeza para mirar otra vez. Había un gato atigrado en la esquina de Privet Drive, pero no se veía ningún mapa. ¿En que había estado pensando? Sin duda, era un problema de la luz. El señor Dursley parpadeó y contempló al gato. Le devolvió la mirada. Mientras el señor Dursley daba la vuelta a la esquina y tomaba la calle, observó al gato por el espejo. Ahora estaba leyendo el cartel que decía Privet Drive; no, mirando el cartel, los gatos no pueden leer carteles ni mapas.

-Este sabe leer mapas, cartel, castigar, bajar puntos - Le murmuro Sirius a James, haciendo que este se ponga la mano en la boca para contener una carcajada.

El señor Dursley se sacudió apenas y alejó al gato de sus pensamientos. Mientras conducía hacia la ciudad, no pensó en otra cosa que en la gran cantidad de pedidos de taladros que confiaba conseguir ese día.

Pero en la afueras de la ciudad, algo alejó los taladros de su mente. Mientras esperaba el habitual congestionamiento matinal  del tránsito, no pudo dejar de notar una cantidad de gente vestida de forma extraña. Gente con capas.

-¿Qué hacen tantos magos con capa en Londres Muggle? - Preguntaron Remus, Meeda y Ted.

-No se, pero están siendo muy irresponsables - Respondió McGonagall.

El señor Dursley no soportaba la gente que usaba ropa ridícula. ¡Los conjuntos que usaba la gente joven! Supuso que ésa debía de ser alguna estúpida moda nueva.

-Estúpidos sus calzones - Dijeron los Merodeadores.

-Tío esa es una mala palabra - Dijo Tonks a Sirius.

-Perdón Rosita - Dijo mientras la sentaba sobre su regazo.

Tamborileó con los dedos sobre el volante y su mirada se posó en ese montón de extraños que estaban allí cerca. Cuchicheaban entre ellos, muy excitados. El señor Dursley se enfureció al darse cuenta de que un par de ellos no eran jóvenes. Ese hombre era mayor que él ¡y vestía una capa verde esmeralda! ¡Qué atrevido! Pero entonces se le ocurrió al señor Dursley que tal vez eso era una tonta manera de llamar la atención -esa gente evidentemente hacía una colecta para algo-,

-¡Colecta sus….! - Gritó hasta que Tonks le tapó la boca.

Sí, tenía que ser eso. El tránsito avanzó y unos pocos minutos más tarde, el señor Dursley llegó al estacionamiento de Grunnings, pensando nuevamente en los taladros.

El señor Dursley siempre se sentaba a espaldas de la ventana, en su oficina en el noveno piso. Si no lo hubiera hecho así, le habría resultado difícil concentrarse esa mañana del día, aunque en la calle la gente si las veía y las señalaba con la boca abierta, mientras pasaban una tras otras las lechuzas.

-Tiene que pasar algo muy grande para que anden tantas lechuzas ¿No? - Dijo Molly y varios asintieron.

La mayoría de ellos no había visto una lechuza ni siquiera de noche.  Sin embargo el señor Dursley tuvo una mañana perfectamente normal, sin lechuzas. Gritó a cinco personas diferentes. Hizo varias llamadas telefónicas importantes y gritó un poco más.

-Que malhumorado - Dijo Tonks bajándose del regazo de Sirius y sentándose sobre el de Remus.

-Ya lo creo - Le respondió el último.

Estaba de muy buen humor hasta la hora de almorzar, cuando decidió estirar las piernas  y cruzar la calle para comprarse un bollo en la panadería.

Había olvidado a la gente con capas hasta que pasó a un grupo de ellos cerca de la panadería. Al pasar, los miró enojado. No sabía por qué, pero lo hacían sentir inseguro. Este grupo también susurraba con excitación y no pudo ver ni una alcancía. Cuando regresaba con un gran bollo en una bolsa de papel, alcanzó a oír unas pocas palabras de lo que decía.

-Los Potter, eso es, eso es lo que escuché…
-Si, el hijo de ellos, Harry…

-¡NO! - Gritó Lily, mientras rompía a llorar y se abrazaba a James.

-Tranquila, no le pasó nada, los libros tratan sobre cada año en Hogwarts de Harry - James siguió tranquilizándola y con una seña le dijo a Dumbledore que siga leyendo.

El señor Dursley se quedó petrificado. El temor lo invadió. Se volvió hacia los que murmuraban, como si quisiera decirles algo, pero se contuvo.

Se apresuró a cruzar la calle y corrió hasta su oficina, gritó a su secretaria que no lo molestaran, tomó el teléfono y casi había terminado de marcar los números de su casa cuando cambio de idea. Dejó el aparato y se estrujó los bigotes mientras pensaba… no, era un estúpido

-¡Bien se dio cuenta de algo! - Dijo James para aligerar el ambiente.

Potter no era un apellido tan especial. Estaba seguro de que había muchísima gente que se apellidaba Potter y tenía un hijo llamado Harry. Pensándolo mejor, ni siquiera estaba segur si su sobrino se llamaba Harry. Nunca había visto al niño. Podría llamarse Harvey. O Harold.

-¡Merlín no lo permita! - Gritó James mirando hacia arriba, haciendo que varios rieran.

No tenía sentido preocupar a la señora Dursley, quien siempre se molestaba mucho ante cualquier mención de su hermana. No la culpaba… si el hubiera tenido una hermana así… de todos modos, la gente con capas…

A Lily se le aguaron los ojos y varias lágrimas empezaron a caer, James la miró, secó las lágrimas, le dio un beso y la abrazó.

Esa tarde le costó concentrarse en los taladros y cuando dejó el edificio, a las cinco en punto, todavía estaba tan preocupado que tropezó con un hombre que estaba en la puerta.

-Perdón - Gruño mientras el hombre diminuto se tambaleaba y casi cae al suelo. Unos segundos después el señor Dursley se dio cuenta que el hombre usaba una capa violeta. No parecía disgustado con el empujón. Al contrario, su rostro se ilumino con una amplia sonrisa, mientras decía con una voz tan chillona que llama la atención de los que pasaban.

-¡No se preocupe querido señor, porque hoy nada puede molestarme! ¡Hay que alegrarse, porque el Innombrable se ha ido!

Todos en la Sala estaban mas que asombrados.

-Imposible - Logró articular Lucius Malfoy.

-Increíble - Artículo Arthur.

<< ¡Hasta los muggles como usted debería celebrar este feliz, feliz día!
Y el anciano abrazó al señor Dursley y se alejó.

El señor Dursley permaneció totalmente abochornado. Lo había abrazado un desconocido. También pensó que lo había llamado <<un muggle>> no importa lo que eso fuera. Estaba desconcertado. Se apresuró a subir a su coche, y volver a su casa, deseando que todo fuera obra de su imaginación, algo que nunca había deseado antes porque no aprobaba la imaginación.

En la Sala estaban todos atónitos, ¿Cómo un hombre no va a aprobar la imaginación?

Cuando entró en la senda privada, lo primero que vio -y no mejoro su humor- fue el gato atigrado que había visto en la mañana.

-McGonagall - se escuchó en la Sala.

Ahora estaba sentado en la pared de su jardín. Estaba seguro que era el mismo, tenía las mismas manchas alrededor de sus ojos.

-¡Fuera! -dijo el señor Dursley en voz alta.
El gato no se movió. Solo le dirigió una mirada severa.

-McGonagall - Se volvió a escuchar de parte de los Merodeadores.

El señor Dursley se preguntó si esa sería una conducta normal en un gato. Trató de calmarse y entró en la casa. Todavía seguía decidido de no decirle nada a su esposa.

La señora Dursley había tenido un día bueno y normal. Mientras comían le contó todos los problemas de la señora de al lado con su hija, y que Dudley había aprendido una nueva frase (<< ¡no lo haré!>>).

En la Sala se escuchó algunos murmullos como <<Malcriado>> e <<Idiotas>>.

El señor Dursley trató de actuar con normalidad. Una vez que acostaron a Dudley, fue al  living a tiempo para el informativo de la noche.

-Y por último, observadores de pájaros de todas partes han informado que hoy las lechuzas han tenido un comportamiento poco habitual. Pese a que las lechuzas normalmente cazan durante la noche y es muy difícil verlas a la luz del día, hubo cientos de avisos sobre el vuelo de esos pájaros en todas las direcciones, desde la salida del sol. Los expertos son incapaces de explicar la causa por la que las lechuzas han cambiado su horario de sueño. -El locutor se permitió una mueca irónica-. Muy misterioso. Y ahora, de nuevo con Jim McGuffin con el informe del tiempo. ¿Habrá más lluvias de lechuzas esta noche, Jim?

- Bueno, Ted -dijo el meteorólogo-, eso no lo sé, pero no sólo las lechuzas han tenido hoy una actitud extraña. Televidentes de lugares tan apartados como Kent, Yorkshire y Dundee, han telefoneado para decirme que en lugar de lluvia que prometí ayer, ¡tuvieron un chaparrón de estrellas fugaces! Tal vez la gente empezó a festejar antes de tiempo la Noche de las Fogatas. ¡Es la semana que viene, muchachos! Pero puedo prometerles una noche lluviosa.

El señor Dursley se quedó congelado en su sillón. ¿Estrellas fugaces por toda Gran Bretaña? ¿Lechuzas volando a la luz del día? Y ese murmullo, ese cuchicheo sobre los Potter…

-Díganme que no soy la única que piensa que hay algo raro- Dijo Molly, mientras algunos negaban con la cabeza.

La señora Dursley entró en el living con dos tazas de té. Esto no era bueno. Tenía que decirle algo a su esposa. Se aclaró la garganta con nerviosidad.

-Eh… Petunia querida, ¿Has sabido algo de tu hermana?
Como lo esperaba, la señora Dursley parecía molesta y enojada. Después de todo ellos fingían que no tenía una hermana.

-No -respondió cortante-. ¿Por qué?
-Unas cosas muy raras en las noticias -masculló el señor Dursley-. Lechuzas… estrellas fugaces… y hoy había en la ciudad una cantidad de gente de aspecto raro…
-¿Y entonces? -interrumpió bruscamente la señora Dursley.
-Bueno, simplemente pensé… quizá… que tenía que ver algo con… tú sabes… su grupo.

-¿¡Grupo!? - gritaron todos en la Sala.

-No pensé que podía llegar a ser tan estúpido - Dijo Sirius tapando los oídos de su sobrina para que no lo regañe.

-Te oí tío - Dijo Tonks, haciendo que alguno lancen una risita.

-Solo tú no las repitas ¿Sí? - Le dijo mirando a su sobrina - Si no tu madre me va a torturar lentamente hasta que muera - Dijo en un susurro que solo ella escuchó.

La señora Dursley bebió el té con los labios fruncidos. El señor Dursley se preguntó si se animó a decirle que había oído el apellido <<Potter>>. Decidió que no se atrevía.

-Cobarde - Dijeron la mayoría, incluso Narcissa Black y Lucius Malfoy.
                        
En lugar de eso, preguntó, tratando de parecer despreocupado:
-El hijo de ellos… debe tener la edad de Dudley, ¿no?
-Eso supongo -respondió la señora Dursley con rigidez.
-¿Y como era su nombre? ¿Howard, no?
-Harry. Un nombre vulgar y detestable, si me lo preguntas.

-Nadie lo preguntó - Dijeron furiosos los Merodeadores, Lily, Alice y Marlene.

-Oh, sí -dijo el señor Dursley, con una horrible sensación de abatimiento-. Sí, estoy de acuerdo.

No dijo nada más del tema, y subió a acostarse. Mientras la señora Dursley estaba en el cuarto de baño, el señor Dursley se acercó lentamente a la ventana del dormitorio y escudriñó hacia el jardín de adelante. El gato todavía estaba allí. Miraba con atención a Privet Drive, como si estuviera esperando algo.

¿Se estaba imaginando cosas? ¿Todo esto podría tener que ver algo con los Potter?

-Espero que no - Dijo Remus preocupado.

Si eso fuera así… si se descubría que ellos eran parientes de un par de… bueno, no creía poder soportarlo.

Los Dursley se fueron a la cama. La señora Dursley se quedó dormida rápidamente, pero el señor Dursley permaneció despierto, con todo eso dando vueltas en su mente. Su último y consolador pensamiento, fue que, aunque los Potter estuvieran involucrados, no había necesidad de que se acercaran a él y la señora Dursley. Los Potter sabían muy bien lo que pensaban sobre ellos, y los de su clase… No veía como el y Petunia iban a ser involucrados en nada que tuviera que ver con esa gente- bostezó y se dio vuelta-, no podría afectarlos a ellos…

Qué equivocado estaba.

-Eso no me suena nada bien - Dijo Marlene.

-Ni a mi - Dijeron todos excepto los Slytherin. Ahora todos estaban más tensos que antes.

El señor Dursley cayó en un sueño intranquilo, pero el gato de la pared no mostraba señales de tener sueño. Estaba sentado tan inmóvil como una estatua, con los ojos fijos, sin pestañar, en la esquina de Privet Drive.

Apenas tembló cuando se cerró la puerta de un coche en la cuadra siguiente, ni siquiera pestañeó cuando bajaron dos lechuzas sobre su cabeza. De hecho, el gato no se movió hasta medianoche.

Un hombre apareció en esquina que el gato había estado observando, apareció tan súbita y silenciosamente que uno habría pensado que había surgido de la tierra. La cola del gato se agitó y los ojos se entrecerraron.

Un hombre como ese nunca había sido visto en Privet Drive. Era alto, delgado y muy anciano…

Todos instintivamente miraron a Dumbledore.

A juzgar por su pelo y barba plateados, tan largos como para sujetarlos con el cinturón. Usaba ropa larga, una capa color púrpura que barría el piso y botas de taco alto y hebillas. Sus ojos azules eran suaves, brillantes y centelleaban detrás de unos anteojos de cristal en forma de medialuna y su nariz era muy larga y torcida, como si se la hubiera fracturado un par de veces. Su nombre era Albus Dumbledore.

Ahora sus poquísimas dudas estaban resueltas.

Albus Dumbledore no parecía darse cuenta de que había llegado a una calle en donde todo, desde su nombre hasta sus botas, eran rechazadas.

-Muggles - Dijeron la mayoría, pero en especial Lucius, que lo dijo con desprecio.

Estaba muy ocupado moviendo su capa, buscando algo. Pero pareció darse cuenta que lo observaban, porque de pronto miró al gato, que todavía lo observaba fijamente desde la otra punta de la calle. Por alguna razón, ver al gato pareció divertido. Rió entre dientes y murmuro:

-Debí haberlo sabido.
Encontró en su bolsillo interior lo que estaba buscando. Parecía un encendedor de plata. Lo abrió, lo levantó en el aire y lo encendió. La luz más cercana se apagó con un breve estallido. Lo encendió otra vez y la siguiente lámpara quedó a oscuras. Doce veces hizo funcionar el apagador, hasta que las únicas luces que quedaron en toda la calle fueron dos círculos luminosos en la distancia, que eran los ojos del gato que lo observaban. Si alguien ahora miraba por la ventana, hasta la señora Dursley con sus ojos como cuentas, no podría ver lo que sucedía en la calle. Dumbledore volvió a guardar el apagador dentro de su capa y caminó hacia el número cuatro de la calle, donde se sentó en la pared, cerca del gato. No lo miro, pero después de un momento, le dijo:

-Que gusto verla aquí, profesora McGonagall.

Se volvió para sonreír al gato, pero ya no estaba. En lugar del gato, le estaba sonriendo a una mujer de aspecto severo, de anteojos con moldura cuadrada, con la misma forma de las manchas que el gato tenía en los ojos. La mujer también llevaba una capa, de color esmeralda. Su cabello negro estaba recogido en un rodete. Estaba claramente disgustada.

-¿Cómo supo que era yo? -pregunto.
-Mi querida profesora, nunca vi a un gato sentado tan rígido.
-Usted también estaría rígido si hubiera estado sentado en una pared de ladrillo durante todo el día -respondió la profesora McGonagall.
-¿Todo el día? ¿Cuándo podría haber esta celebrando? Debo haber pasado por una docena de celebraciones y fiestas en mi camino hasta aquí.

La profesora resopló enojada.

-Oh si, todos celebran, de acuerdo -dijo con impaciencia-. Uno creería que iban a ser un poquito mas prudentes, pero no… hasta los muggles se dieron cuenta que algo sucede. Salió en las noticias. -Torció la cabeza en dirección al oscuro living de los Dursley.- Lo escuché. Bandadas de lechuzas… Bueno, ellos no son totalmente estúpidos.

-Algunos si - Corearon los Merodeadores.

Tenían que darse cuenta de algo. Estrellas fugaces cayendo en Kent… apuesto que fue Dedalus Diggle. Nunca tuvo mucho sentido común.

-No puede culparlos -dijo Dumbledore con tono afable-. Hemos tenido muy poco que celebrar en once años.

En la Sala reinaba un aura de confusión.

-Ya lo sé -respondió irritada la profesora McGonagall -. Pero eso no es una razón para que perdamos la cabeza. La gente se ha vuelto completamente descuidada, sale a la calle a la plena luz del día, ni siquiera con la ropa de los muggles, y rumorean.
Lanzó una mirada cortante y de soslayo hacia Dumbledore, como si esperara que le contestara algo, pero como no lo hizo, continuó habando:

-Sería extraordinario que el mismo día que el Innombrable parece haber desaparecido al fin.

En la Sala todos estaban ansiosos, felices, preocupados.

Los muggles descubrieran todo sobre nosotros. Supongo que él se ha ido ¿no Dumbledore?

-Con seguridad es lo que parece -dijo Dumbledore -.

-Pero… ¿Cómo pudo haber desaparecido? -Preguntó James -Digo… no es lo suficientemente humano como para morir.

-Eso es verdad señor Potter - Dijo Dumbledore.

-Tenemos mucho que agradecer, ¿Le gustaría un caramelo de limón?
-¿Un qué?
-Un caramelo de limón. Es una clase de golosina muggle que me gusta mucho.
-No, muchas gracias-respondió con frialdad la profesora McGonagall, como si considerara que ese no era el momento de dulces -. Como le decía, aunque el Innombrable se haya ido…
-Mi querida profesora, con seguridad que una persona sensata como usted puede llamarlo por su nombre, ¿verdad? Toda esa tontería del Innombrable… durante once años intente persuadir a la gente para que lo llamara por su verdadero nombre: Voldemort. -La profesora McGonagall se echó hacia atrás con temor, pero Dumbledore, ocupado en desenvolver dos caramelos de limón, pareció no darse cuenta-. Todo se volverá muy confuso si seguimos diciendo <<el Innombrable>>. Nunca encontré razón para temerle al nombre de Voldemort.
-Sé que usted no tiene ese problema -observó la profesora McGonagall, entre la exasperación y el enojo-. Pero usted es diferente. Todos saben que usted es el único al que el Innom… oh, bueno Voldemort tenía miedo.
-Me esta halagando -dijo con calma Dumbledore -. Voldemort tenía poderes que yo nunca tuve.
-Solo porque usted es demasiado bueno… noble para utilizarlos.

-Es verdad -Concordaron la mayoría.

-Que suerte que esta oscuro. Nunca me ruboricé tanto desde que Madame Pomfrey me dijo que le gustaban mis orejeras.

En Sala se escucharon algunas risas.

La profesora McGonagall le lanzó una mirada cortante, antes de hablar.
-          Las lechuzas no son nada, comparadas con los rumores que se corren por allí. ¿Sabe lo que todos dicen? ¿Sobre como desapareció el? ¿Sobre que fue lo que finalmente lo detuvo?

Parecía que la profesora McGonagall llegó al punto que mas ansiosa estaba por discutir, la verdadera razón por la que había esperado toda la tarde en una fría pared, porque ni como gato ni como mujer, jamás había mirado con tal intensidad a Dumbledore como lo hacía ahora. Era evidente que, más allá de lo que los demás dijera, no lo iba a creer hasta que Dumbledore le confirmara que eso era verdad. Dumbledore, sin embargo, estaba desenvolviendo otro caramelo y no le respondió.

-Lo que están diciendo -insistió- es que la noche anterior Voldemort apareció en el valle de Godric.

Todos en la Sala se preocuparon y pusieron más atención.

-Fue a buscar a los Potter. El rumor es que Lily y James Potter están… están… que ellos están muertos.

-¡NO! - Gritaron Sirius, Remus Marlene y Alice, mientras lágrimas empezaban a salir de sus ojos.

Lily estaba shockeada, lagrimas empezaron a salir de sus ojos, abrazó a James y ambos empezaron a llorar, luego casi todos se les unieron al abrazo.

-Tranquila que eso no va a pasar - Le susurró James a Lily, la cual asintió y se abrazó más fuerte a su novio.

Dumbledore inclinó la cabeza. La profesora McGonagall se quedó boquiabierta.

-Lily y James, no puedo creerlo… No quiero creerlo… Oh, Albus.

-Ve que si me quiere - Dijo James para aligerar el ambiente.

Dumbledore se acercó y le palmeó la espalda.

-Lo sé… Lo sé… -Dijo con tristeza.
La voz de la profesora McGonagall tembló cuando continuó.

-Eso no es todo. Dicen que él trató de matar al hijo de los Potter, Harry. Pero… no pudo. No pudo matar a ese niñito. Nadie sabe porque, o como, pero dicen que cuando no pudo matar a Harry Potter, el poder de Voldemort se quebró… y por eso es que se ha ido.

-¿Qué? -es lo que logró articular Lily.

Dumbledore asintió apesadumbrado.
-¿Es… es verdad? -tartamudeó la profesora McGonagall -. Después de todo lo que ha hecho… de toda la gente que mató… ¿no pudo matar a un niñito? Es simplemente asombroso… de todas las cosas que podrían detenerlo… ¿Pero como sobrevivió Harry, en nombre del cielo?

-Solo podemos adivinar -dijo Dumbledore- Tal vez nunca lo sepamos.

La profesora McGonagall sacó un pañuelo con puntillas  se lo pasó por los ojos, detrás de los anteojos. Dumbledore resopló mientras sacaba un reloj de oro de su bolsillo y lo examinaba. Era un reloj muy raro. Tenía doce manecillas, pero ningún número; en lugar de eso, pequeños planetas se movían alrededor del borde. Pero para Dumbledore debía tener sentido, porque lo guardó en el bolsillo y dijo:

-Hagrid está retrasado. A propósito, supongo que él fue el que le dijo que estaría aquí ¿no?
-Si -dijo la profesora McGonagall -. Y me imagino que no me va a decir por qué, entre tantos lugares, usted esta aquí.
-Vine a entregar a Harry a su tía y a su tío.

-¿¡Qué!? - Gritaron todos.
-No puede, mi hermana le haría la vida imposible - Dijo Lily.
-Además, ¿No podrían cuidarlo Sirius y Remus? - Preguntó James.
-Debo tener mis razones.

-Ellos son la única familia que le queda ahora.
-¿No quiere decir… no puede referirse a la gente que vive aquí? -Gritó la profesora, poniéndose de pie de un salto y señalando el número cuatro-. Dumbledore, no puede. Los observé todo el día. No podría encontrar a gente más distinta a nosotros. Y tienen ese hijo… lo vi pateando a su madre subiendo por las escaleras, gritando para que le diera caramelos. ¡Harry Potter vendrá a vivir aquí!
-Es el mejor lugar para el -dijo Dumbledore con firmeza- Sus tíos podrán explicarle todo cuando sea grande.

-No lo van a hacer - Le susurro Lily a James.

-Les escribí una carta.

-¿Una carta? -repitió la profesora McGonagall, volviendo a sentarse en la pared -. ¿De verdad, Dumbledore, cree que puede explicar todo en una carta? ¡Esa gente jamás comprenderá a Harry! ¡Será famoso… una leyenda… no me sorprendería que en el futuro como el día de Harry Potter… escribirán libros sobre Harry… cada niño en el mundo conocerá su nombre!

-Profesora ya que sabe adivinar el fututo, dígame ¿Cómo me fue a mí? - Preguntó Sirius haciendo reír a sus amigos y alguno más.

-Exactamente -dijo muy serio Dumbledore, mirando por encima de sus anteojos -. Sería suficiente para marear a cualquier niño. ¡Famoso antes de hablar y caminar! ¡Famoso por algo que ni siquiera recuerda! ¿No se da cuenta que sería mucho mejor que crezca lejos de todo, hasta que este preparado para asumirlo?

-Enserio profesor, hasta con Sirius lo dejaría, mire lo que le digo - Dijo Lily exasperada.

-Gracias pelirroja, yo también te quiero - Dijo Sirius sarcásticamente.

La profesora McGonagall abrió la boca, cambió de idea, tragó y luego dijo:

-Si… si, tiene razón, por supuesto. ¿Pero como va a llegar hasta aquí el niño, Dumbledore? -de pronto observó la capa del profesor, como si pensara que tenía escondido a Harry.

-Hagrid lo traerá.
-¿Le parece… sensato… confiar a Hagrid algo tan importante?
-Le confiaría a Hagrid mi vida -contestó Dumbledore.

-Gracias profesor - Dijo Hagrid a Dumbledore.

-No estoy diciendo que no sea un hombre de buen corazón -dijo de mala gana la profesora McGonagall -. Pero no puede fingir que no es descuidado. Tiene la costumbre de… ¿Qué fue eso?

Un ruido sordo quebró el silencio que los rodeaba. Se fue haciendo más fuerte mientras ellos miraban a ambos lados de la calle buscando alguna luz; aumento hasta un rugido mientras los dos miraban el cielo y una pesada motocicleta cayó del aire y aterrizó en el camino frente a ellos.

-¡Mi moto! -Dijo Sirius entusiasmado - Un momento… si le di mi moto, ¿Por qué no me lleve a Harry? - Algunos se encogieron de hombros y otros simplemente siguieron escuchando.

Si la motocicleta era enorme, no era nada comparada con el hombre que llevaba. Era dos veces más alto que un hombre normal y al menos cinco veces más ancho. Simplemente era demasiado grande y tan salvaje: cabello largo enmarañado, de color negro; una barba que le cubría toda la cara; las manos eran del tamaño de las tapas del cubo de basura, y sus pies, con botas de cuero, eran como bebes de delfines. En sus brazos musculosos y grandes sostenía un bulto cubierto con mantas.

-Hagrid -dijo aliviado Dumbledore -. Por fin. ¿Y donde conseguiste esa motocicleta?
-Es prestada, profesor Dumbledore -contestó el gigante, bajando con cuidado del vehiculo, mientras hablaba -. El joven Sirius Black me la prestó, señor. Lo traje a él, señor.
-¿No hubo problemas por allá?
-No, señor, la casa estaba casi destruida, pero lo saqué justo antes de que los muggles comenzaran a aparecer. Se quedó dormido cuando volábamos sobre Bristol.

A Lily se le llenaron los ojos de lágrimas y se abrazó a James.

Dumbledore y la profesora McGonagall se inclinaron sobre las mantas. Adentro, se veía un bebé, profundamente dormido. Bajo una mata de pelo azabache

Lily todavía con lágrimas en los ojos le acaricia el pelo a James.
                                                                                                 
Sobre la frente, pudieron ver una cicatriz de forma curiosa, como un rayo.
-¿Fue allí…? -susurró la profesora McGonagall.
-Si -respondió Dumbledore-. Tendrá esa cicatriz para siempre.
-¿No puede hacer nada para eso Dumbledore?
-Aunque pudiera, no lo haría. Las cicatrices pueden ser útiles. Yo tengo una encima de mi rodilla izquierda, que es un mapa perfecto del subterráneo de Londres. Bueno, déjalo aquí, Hagrid, es mejor que terminemos con esto.

Dumbledore tomó a Harry en sus brazos y se volvió hacia la casa de los Dursley.

-¿Puedo… puedo despedirme de él, señor? -preguntó Hagrid.
Inclinó su gran cabeza desgreñaba sobre Harry y le dio un beso raspándolo con su barba. Entonces, súbitamente, Hagrid dejó escapar un aullido, como un perro herido.
-Shhh -lo chistó la profesora McGonagall -. ¡Vas a despertar a los muggles!
-Lo… siento -lloriqueó Hagrid y se limpió la cara con un gran pañuelo -. Pero no puedo soportarlo… Lily y James muertos… y el pobre pequeño Harry tendrá que vivir con muggles 
-Si, si, es todo muy triste, pero domínate, Hagrid, o nos van a descubrir- susurró la profesora McGonagall, palmeando un brazo de Hagrid, mientras Dumbledore pasaba sobre la verja del jardín y caminaba hasta la puerta del frente. Dejo suavemente a Harry en el umbral, sacó la carta de su capa, la escondió entre las mantas de Harry y luego regreso con los otros dos. Durante un largo minuto los tres se quedaron observando al pequeño bulto; los hombros de Hagrid se estremecieron, la profesora McGonagall parpadeó furiosamente y la luz titilante, que habitualmente irradiaban los ojos de Dumbledore, parecía haberlo abandonado.

-Bueno -dijo finalmente Dumbledore -, ya está. No tenemos nada que hacer aquí. Será mejor que nos vallamos y nos unamos a las celebraciones.
-Ajá -respondió Hagrid con voz ronca -. Más vale que me deshaga de esta moto, buenas noches, profesora McGonagall, profesor Dumbledore, señor.

Hagrid se secó las lagrimas con la manga de la chaqueta, se subió a la motocicleta y pateó la palanca para poner el motor en marcha; con un estrépito se elevó en el aire y desapareció en la noche.

-La veré pronto, espero, profesora McGonagall -dijo Dumbledore saludándola con una inclinación de cabeza. La profesora se sonó la nariz como toda respuesta.

Dumbledore se volvió y avanzó por la calle. Se detuvo en la esquina y levantó el apagador de plata. Lo hizo andar una vez y todas las lámparas de la calle se encendieron, de manera que Privet Drive se iluminó con un resplandor anaranjado y pudo ver un gato atigrado que se escabullía por la esquina del otro extremo de la calle. También pudo ver el bulto de mantas sobre las escaleras de la entrada de la casa número cuatro.

-Buena suerte, Harry -murmuró. Giró sobre sus talones y con un movimiento de su capa, ya no estaba allí.

Una brisa pasó rápidamente por los prolijos cercos de Privet Drive, que yacía silenciosa bajo un cielo color tinta, el último lugar donde uno esperaría que ocurrieran cosas asombrosas. Harry Potter se dio vuelta entre las mantas, sin despertarse. Una mano pequeña se cerró sobre la carta y siguió durmiendo, sin saber que era famoso, sin saber que despertaría en unas pocas horas con el grito de la señora Dursley al abrir la puerta principal para sacar las botellas de leche; ni que iba a pasar las próximas semanas finchado y pellizcado por su primo Dudley… no podía saber que, en ese mismo momento, la gente que se reunía en secreto por todo el país estaba levantando sus copas para decir con voces sosegadas <<¡Por Harry Potter… el niño que sobrevivió!>>

-¿Listo? - Preguntó Sirius.

-Si, señor Black, ahora vayan a dormir, mañana seguimos leyendo - Cuando dijo eso aparecieron varias habitaciones.

En las puertas de las habitaciones había distintos carteles que decían:

-Familia Weasley
-Familia Tonks
-James Potter y Lily Evans
-Alice White y Frank Longbottom
-Narcissa Black y Lucius Malfoy
-Severus Snape
-Marlene McKinnon
-Sirius Black
-Remus Lupin
-Peter Pettigrew
-Rubeus Hagrid
-Minerva McGonagall
-Albus Dumbledore

Cada uno se fue a su habitación, la mayoría a pensar y luego a dormir, había sido un día lleno de emociones.

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