-Por favor que
venga alguien- Pensó Hermione.
-Alice ¿Quéres
leer? -Preguntó Lily, ella asintió y tomó el libro.
Capitulo III
Las cartas de nadie.
Cuando Alice
estaba por empezar a leer otra vez la nube violeta apareció y con ella un chico pelirrojo de unos 19 o 20 años.
-¡Ron! -Dijo
Hermione, mientras se lanzaba a los brazos del chico y le daba un beso.
-¡Hola! -Dijo
este cuando ella lo soltó.
-Ejem, ejem- La
tos fingida de James hizo que los chicos se separaran, Hermione un poco
sonrojada.
-Perdón-dijo
Hermione-. El es Ron Weasley, el mejor amigo de Harry y mi novio.
-¿Weasley?
-Preguntó Arthur.
-Woo- Dijo Rn
prestando atención al hombre que había hablado- Si, soy Ronald Billius Weasley,
soy el sexto hijo Weasley -Explicó Ron.
Molly sonrió y
fue a abrazar a su hijo.
-Bien, te
presento a los que no conoces -Dijo Hermione- Ella es Marlene McKinnon- Dijo
señalando a la chica, la que sonrío y asintió en forma de saludo- Ella es Alice
White y el Frank Longbottom- Dijo señalando a la pareja- No digas nada de que
Neville vivió con su abuela -Le susurró Hermione a Ron, quien asintió- Y ellos…
son James Potter y Lily Evans- Dijo con una sonrisa.
-Woo- Dijo Ron
viendo el parecido entre James y Harry.
-Yo dije lo mismo
-Dijo Hermione con una sonrisa- ¿Leemos? -Todos asintieron y se fueron a
sentar.
-En el próximo
capitulo viene Harry- Susurró Ron a Hermione, la cual sonrió.
-Capítulo 3: Las cartas de nadie.
La fuga de la serpiente le acarreó a Harry el castigo más largo de su
vida. Cuando le dieron permiso para salir de su alacena ya habían comenzado las
vacaciones de verano. Dudley había roto su nueva videocámara, conseguido que su
avión con control remoto se estrellara y, en la primera salida que hizo con su
bicicleta de carreras, había atropellado a la anciana señora Figg cuando
cruzaba Privet Drive con sus muletas.
-Malcriado -Dijeron todos.
Harry se alegraba de que el colegio hubiese terminado, pero no había
forma de escapar de la banda de Dudley, que visitaba la casa cada día. Piers,
Dennis, Malcolm y Gordon eran todos grandes y estúpidos, pero como Dudley era
el más grande y el más estúpido de todos, era el jefe.
Todos empezaron a reír a estruendosas
carcajadas.
Los demás se sentían muy felices de practicar su deporte favorito cazar
a Harry. Por esa razón, Harry pasaba tanto tiempo como le resultara posible
fuera de la casa, dando vueltas por ahí
y pensando en el fin de las vacaciones, cuando podría existir un rayo de
esperanza:
En septiembre estudiaría secundaria
-Un momento- Dijo Remus- Si pasaron diez años de… eso- Dijo Remus
refiriéndose a la muerte de sus amigos que todavía no asimilaba- Y tenía un
año, ahora tiene once…
-¡Hogwarts! -Chillaron los Merodeadores.
Por primera vez en su vida, no iría a la
misma clase que su primo. Dudley tenía una plaza en el antiguo colegio de tío
Vernon, Smeltings. Piers Polkiss también iría allí. Harry, en cambio iría a la
escuela secundaria Stonewall, de la zona.
-Oh no, el ira a Hogwarts -Dijo
James con una sonrisa de orgullo.
Dudley encontraba eso muy divertido.
-Allí, en Stonewall, meten las cabezas de la
gente en el inodoro el primer día- dijo a Harry-. ¿Quieres venir arriba y
ensayar?
-No gracias- respondió Harry-. Los pobres
inodoros nunca han tenido que soportar nada tan horrible como tu cabeza y
pueden marearse.-
Todos empezaron a reír otra vez a
carcajadas.
Luego salió corriendo antes de que Dudley
pudiera entender lo que le había dicho.
Un día del mes de julio, tía Petunia llevó a
Dudley a Londres para comprarle su uniforme de Smeltings, dejando a Harry en la
casa de la señora Figg. Aquello no resultó tan terrible como de costumbre. La
señora Figg se había fracturado la pierna al tropezar con un gato y ya no
parecía tan encariñado con ellos como antes.
Ron también se estremeció con el
recuerdo del despacho de Umbridge.
Dejó
que Harry viera la televisión y le dio un pedazo de pastel. Que,
por el sabor, parecía que lo había estado guardando desde hace años.
Aquella tarde, Dudley desfiló por el salón,
ante la familia, con su uniforme nuevo.
-¿Y le entraba? -Preguntaron James y Sirius, a lo que Hermione y Ron se
encogieron de hombros.
Los muchachos de Smeltings llevaban frac
rojo oscuro, pantalones de color naranja y sombrero de paja rígido y plano.
James puso cara de terror.
-¿Por qué esa cara de terror?
-Preguntó Lily.
-Imagínate un cerdo con un traje
así- Lily puso la misma cara de terror y luego todos empezaron a reír.
También llevaban bastones con nudos, que
utilizaban para pelearse cuando los profesores no los veían, debían
de pensar que aquél era un buen entrenamiento para la vida futura.
Muchos negaron con la cabeza con
desaprobación, pero se abstenieron a comentarios.
Mientras miraba a Dudley con sus nuevos
pantalones, tío Vernon dijo con voz ronca que aquél era el momento de mayor
orgullo de su vida. Tía Petunia estalló en lágrimas de alegría y dijo que no
podía creer que aquél fuera su pequeño Dudley, tan apuesto y crecido. Harry no
se atrevía a hablar. Creyó que se le iban a romper las costillas del esfuerzo
que hacía por no reírse.
A la mañana siguiente, cuando Harry fue a
tomar el desayuno, un olor horrible inundaba toda la cocina. Parecía proceder
de un gran cubo de metal que estaba en el fregadero. Se acercó a mirar. El cubo
estaba lleno de lo que parecía trapos sucios flotando en agua gris.
-¿Qué es eso?- preguntó a tía Petunia. La
mujer frunció los labios, como hacía siempre que Harry se atrevía a preguntar
algo
-Tu nuevo uniforme del colegio- dijo.
Harry volvió a mirar en el recipiente.
-Oh- comentó-. No sabía que tenía que estar
mojado.
No seas estúpido- dijo con ira tía Petunia-.
Estoy tiñendo de gris algunas cosas viejas de Dudley. Cuando termine, quedará
igual que los de los demás.
-La odio cada vez más -Dijo Lily.
Harry tenía serias dudas de que fuera así,
pero pensó que era mejor no discutir. Se sentó a la mesa y trató de no
imaginarse el aspecto que tendría en su primer día en Stonewall.
Dudley y tío Vernon entraron, los dos
frunciendo la nariz a causa del olor del nuevo uniforme de Harry. Tío Vernon,
abrió, como siempre, su periódico y Dudley golpeó la mesa con su bastón del
colegio, que llevaba a todas partes.
Todos oyeron el ruido en el buzón y las
cartas caían sobre el felpudo.
-Trae la correspondencia Dudley- dijo tío
Vernon, detrás de su periódico.
-Woo -Fue lo único que se escuchó
en la sala.
-Que vaya Harry
-Ya era muy bueno para ser cierto
-Dijo Sirius.
-Trae las cartas Harry
-Que lo haga Dudley
-Pégale con tu bastón Dudley
-¿¡Cómo le va a decir que le
pegue!? -Gritó Molly enfadada.
Harry esquivó el golpe y fue a buscar la
correspondencia. Había tres cartas en el felpudo: una postal de tía Marge, la
hermana de tío Vernon¸ un sobre color marrón, que parecía una factura, y una
carta para Harry.
-¡Hogwarts! -Gritaron Los
Merodeadores.
Harry la recogió y la miró fijamente, con el
corazón vibrando como una gigantesca banda elástica. Nadie, nunca, en toda su
vida, le había escrito a él. ¿Quién podría ser? No tenía amigos ni otros
parientes. Ni siquiera era socio de la biblioteca, así que nunca había recibido
notas que le reclamaran la devolución de libros. Sin embargo, allí estaba, una
carta dirigida a él de una manera tan clara que no había equivocación posible.
Señor
H. Potter
Alacena
debajo de la escalera
Privet
Drive 4
Little
Whinging
Surrey
A todos en la sala se les
ensancho la sonrisa.
El sobre era grueso y pesado, hecho de
pergamino amarillento, y la dirección estaba escrita con tinta verde esmeralda.
No tenía sello.
Con las manos temblorosas, Harry le dio la
vuelta al sobre y un sello de lacre púrpura con un escudo de armas un león, un
águila, un tejón y una serpiente, que rodeaban una gran letra H
-¡HOGWARTS! -Gritaron más fuerte.
-¡Date prisa chico!- exclamó tío Vernon
desde la cocina-. ¿Qué estás haciendo, comprobando si hay cartas-bomba?- Se rió
de su propio chiste.
-La próxima que haga un chiste
que avise así me río -Dijo Sirius.
Harry volvió a la cocina, todavía
contemplando su carta. Entregó a tío Vernon la postal y la factura, se sentó y
lentamente comenzó a abrir el sobre amarillo.
Tío Vernon rompió el sobre de la factura,
resoplo disgustado y echó una mirada a la postal
-Marge está enferma-informó a tía Petunia-.
Al parecer comió algo en mal estado.
-Mejor, ojala que se muera -Dijo
Lily, y Los Merodeadores la miraron con sorpresa. -¿Qué? Es peor que Vernon y
Petunia juntos.
-En el tercer libro aparece -Dijo
Ron.
-¡Papá!- dijo de pronto Dudley. ¡Papá, Harry
ha recibido algo!
Harry estaba a punto de desdoblar su carta,
que estaba escrita en el mismo pergamino que el sobre, cuando tío Vernon se lo
arrancó de las manos.
-¡Es mía!- dijo Harry, tratando de atraparla
-¿Quién te va a escribir a ti?- dijo con
tono despectivo tío Vernon, abriendo la carta con una mano y echándole una
mirada
-¡Pe…! ¡Pe…Petunia!- bufó
Dudley trató de coger la carta para leerla,
pero tío Vernon la mantenía muy alta fuera de su alcance. Tía Petunia la cogió
con curiosidad y leyó la primera línea. Durante un momento pareció que iba a
desmayarse. Se apretó la garganta y dejó escapar un gemido.
-¡Vernon! ¡Oh, Dios mío...! Vernon!
Se miraron como si hubieran olvidado que
Harry y Dudley estaban allí. Dudley no estaba acostumbrado a que no le hicieran
caso.
-Malcriado
Golpeó a su padre en la cabeza con el bastón
del colegio.
-Quiero leer esa carta-dijo a gritos
-Yo soy quien quiere leerla- dijo Harry con
rabia-. Es mía
-Fuera de aquí, los dos- graznó tío Vernon,
metiendo la carta en el sobre.
Harry no se movió.
-¡QUIERO MI CARTA!- gritó
-Uh tiene el carácter de la
pelirroja -Dijo Sirius y Lily le pegó.
-¡Déjame verla!- exigió Dudley
-¡FUERA!- gritó tío Vernon y, cogiendo a
Harry y a Dudley por el cogote, los arrojó al recibidor y cerró la puerta de la
cocina. Harry y Dudley iniciaron una lucha furiosa pero callada para ver quién
espiaba por el ojo de la cerradura. Ganó Dudley, así que Harry, con las gafas
colgando de una oreja, se tiró al suelo para escuchar por la rendija entre la
puerta y el suelo.
-Vernon-decía tía Petunia, con voz
temblorosa-, mira el sobre. ¿Cómo es posible que sepan dónde duerme él? No nos
estarán vigilando la casa, ¿verdad?
-Si ya sabe que las cartas vienen
así
-Vigilando, espiando… Hasta pueden estar
siguiéndonos- murmuró tío Vernon, agitado.
-Exagerado.
-Pero ¿Qué podemos hacer Vernon? ¿Les
contestamos? Les decimos que no queremos…
-No- dijo finalmente-. No, no les haremos
caso. Si no reciben una respuesta… Sí, eso es lo mejor… No haremos nada…
-¿¡Cómo que no van a contestar!?
-Gritaron furioso James, Lily, Sirius y Remus.
-Pero…
-¡No pienso tener uno de ellos en la casa,
Petunia! ¿No lo juramos cuando lo recibimos y destruimos aquella peligrosa
tontería?
Aquella noche, cuando regresó del trabajo
tío Vernon hizo algo que no había hecho nunca visitó a Harry en su alacena
-¿Dónde está mi carta?- dijo Harry, en el
momento en que tío Vernon pasaba con dificultad por la puerta-. ¿Quién me
escribió?
-Nadie. Estaba dirigida a ti por error- dijo
tío Vernon con tono cortante-. La quemé
-¿La quemó? -Preguntaron atónitos
algunos.
-Lo van a ir a buscar si no
contestan las cartas -Dijo Frank Longbottom.
-No era un error- dijo Harry enfadado-.
Estaba mi alacena en el sobre.
-¡SILENCIO!- gritó el tío Vernon y unas
arañas cayeron del techo. Respiró profundamente y luego sonrió, esforzándose
tanto por hacerlo que parecía sentir dolor.
-Ah sí Harry en lo que se refiere a la
alacena… Tu tía y yo estuvimos pensando… Realmente ya eres muy mayor para esto…
Pensamos que estaría bien que te mudes al segundo dormitorio de Dudley.
-Y encima tenía un segundo
dormitorio
-¿Por qué?- dijo Harry
-¡No hagas preguntas!- exclamó-. Lleva tus
cosas arriba ahora mismo.
La casa de los Dursley tenía cuatro
dormitorios: uno para tío Vernon y tía Petunia, otro para las visitas en el
tercero dormía Dudley y en el último guardaba todos los juguetes y cosas que no
cabían en aquél.
-Yo voy a hacer que le entren
-Dijo Sirius con ojos de psicópata.
En un solo viaje Harry trasladó todo lo que
le pertenecía, desde la alacena a su nuevo dormitorio. En la habitación había
un montón de cosas rotas por Dudley cuando se enfadaba.
Desde abajo llegaba el sonido de los gritos
de Dudley a su madre.
-No quiero que esté allí… Necesito esa
habitación… Échalo…
Harry
suspiró y se estiró en la cama.
A la
mañana siguiente durante el desayuno todos estaban muy callados. Dudley se
hallaba en estado de conmoción. Había gritado, había pegado a su padre con el
bastón de Smeltings, se había puesto malo a propósito, le había dado una patada
a su madre, arrojado la tortuga por el techo del invernadero, y seguía sin
conseguir que le devolvieran su habitación.
Todos
en la sala tenían una perfecta "O" en la boca.
Harry
estaba pensando en el día anterior, y con amargura pensó que ojalá hubiera
abierto la carta en el vestíbulo. Tío Vernon y tía Petunia se miraban
misteriosamente.
Cuando
llegó el correo, tío Vernon, que parecía hacer esfuerzos por ser amable con
Harry, hizo que fuera Dudley.
Lo
oyeron golpear cosas con su bastón en su camino hasta la puerta. Entonces
gritó.
— ¡Hay
otra más! Señor H. Potter, El Dormitorio Más Pequeño, Privet Drive, 4...
Con un
grito ahogado, tío Vernon se levantó de su asiente y corrió hacia el vestíbulo,
con Harry siguiéndolo. Allí tuvo que forcejear con su hijo para quitarle la
carta, lo que le resultaba difícil porque Harry le tiraba del cuello. Después
de un minuto de confusa lucha, en la que todos recibieron golpes del bastón,
tío Vernon se enderezó con la carta de Harry arrugada en su mano, jadeando para
recuperar la respiración.
—Vete a
tu alacena, quiero decir a tu dormitorio —dijo a Harry sin dejar de jadear—. Y
Dudley... Vete... Vete de aquí.
Harry
paseó en círculos por su nueva habitación. Alguien sabía que se había ido de su
alacena y también parecía saber que no había recibido su primera carta. ¿Eso
significaría que lo intentarían de nuevo? Pues la próxima vez se aseguraría de
que no fallaran. Tenía un plan.
-Hay
no- Dijeron Ron y Hermione.
-¿Qué
pasa? -Preguntó Lily preocupada.
-Los
planes de Harry nunca funcionan -Dijo Hermione.
-Siempre
tenemos que improvisar algo, por suerte nunca nos pasó nada muy grave -Con ese
comentario Lily y Molly parecían fantasmas de lo pálidas que estaban.
El
reloj despertador arreglado sonó a las seis de la mañana siguiente. Harry lo
apagó rápidamente y se vistió en silencio: no debía despertar a los Dursley. Se
deslizó por la escalera sin encender ninguna luz.
Esperaría
al cartero en la esquina de Privet Drive y recogería las cartas para el número
4 antes de que su tío pudiera encontrarlas. El corazón le latía aceleradamente
mientras atravesaba el recibidor oscuro hacia la puerta.
—
¡AAAUUUGGG!
Harry
saltó en el aire. Había tropezado con algo grande y fofo que estaba en el
felpudo... ¡Algo vivo!
-¡Un
monstruo! -Gritó Sirius.
Las
luces se encendieron y, horrorizado, Harry se dio cuenta de que aquella cosa
fofa y grande era la cara de su tío.
-¿Vieron?
-Dijeron Ron y Hermione, se sonrieron y se dieron un beso.
-Ron y
Hermione debajo de un árbol…
-¡Se
callan! -Gritaron los dos.
Tío
Vernon estaba acostado en la puerta, en un saco de dormir, evidentemente para
asegurarse de que Harry no hiciera exactamente lo que intentaba hacer. Gritó a
Harry durante media hora y luego le dijo que preparara una taza de té. Harry se
marchó arrastrando los pies y, cuando regresó de la cocina, el correo había
llegado directamente al regazo de tío Vernon. Harry pudo ver tres cartas escritas
en tinta verde.
—Quiero...
—comenzó, pero tío Vernon estaba rompiendo las cartas en pedacitos ante sus
ojos.
Aquel
día, tío Vernon no fue a trabajar. Se quedó en casa y tapió el buzón.
-Las
lechuzas pueden entrar por la ventana -Dijeron varios.
— ¿Te
das cuenta? —le explicó a tía Petunia, con la boca llena de clavos—. Si no
pueden entregarlas, tendrán que dejar de hacerlo.
—No
estoy segura de que esto resulte, Vernon.
—Oh, la
mente de esa gente funciona de manera extraña, Petunia, ellos no son como tú y
yo
-Antes
muerta/o -Dijeron James y Lily.
—dijo tío Vernon, tratando de dar golpes a un
clavo con el pedazo de pastel de fruta que tía Petunia le acababa de llevar.
El
viernes, no menos de doce cartas llegaron para Harry. Como no las podían echar
en el buzón, las habían pasado por debajo de la puerta, por entre las rendijas,
y unas pocas por la ventanita del cuarto de baño de abajo.
Tío
Vernon se quedó en casa otra vez. Después de quemar todas las cartas, salió con
el martillo y los clavos para asegurar la puerta de atrás y la de delante, para
que nadie pudiera salir. Mientras trabajaba, tarareaba De puntillas entre los
tulipanes y se sobresaltaba con cualquier ruido.
El
sábado, las cosas comenzaron a descontrolarse. Veinticuatro cartas para Harry
entraron en la casa, escondidas entre dos docenas de huevos, que un muy
desconcertado lechero entregó a tía Petunia, a través de la ventana del salón.
Mientras tío Vernon llamaba a la oficina de correos y a la lechería, tratando
de encontrar a alguien para quejarse, tía Petunia trituraba las cartas en la
picadora.
— ¿Se
puede saber quién tiene tanto interés en comunicarse contigo? —preguntaba
Dudley a Harry, con asombro.
La
mañana del domingo, tío Vernon estaba sentado ante la mesa del desayuno, con
aspecto de cansado y casi enfermo, pero feliz.
—No hay
correo los domingos —les recordó alegremente, mientras ponía mermelada en su
periódico—. Hoy no llegarán las malditas cartas...
-Si,
van a llegar.
Algo
llegó zumbando por la chimenea de la cocina mientras él hablaba y le golpeó con
fuerza en la nuca. Al momento siguiente, treinta o cuarenta cartas cayeron de
la chimenea como balas. Los Dursley se agacharon, pero Harry saltó en el aire,
tratando de atrapar una.
—
¡Fuera! ¡FUERA!
Tío
Vernon cogió a Harry por la cintura y lo arrojó al recibidor. Cuando tía
Petunia y Dudley salieron corriendo, cubriéndose la cara con las manos, tío
Vernon cerró la puerta con fuerza. Podían oír el ruido de las cartas, que
seguían cayendo en la habitación, golpeando contra las paredes y el suelo.
—Ya
está —dijo tío Vernon, tratando de hablar con calma, pero arrancándose, al
mismo tiempo, parte del bigote—. Quiero que estéis aquí dentro de cinco
minutos, listos para irnos. Nos vamos. Coged alguna ropa. ¡Sin discutir!
Parecía
tan peligroso, con la mitad de su bigote arrancado, que nadie se atrevió a
contradecirlo. Diez minutos después se habían abierto camino a través de las
puertas tapiadas y estaban en el coche, avanzando velozmente hacia la
autopista. Dudley lloriqueaba en el asiento trasero, pues su padre le había
pegado en la cabeza cuando lo pilló tratando de guardar el televisor, el vídeo
y el ordenador en la bolsa.
-Se lo
merece
Condujeron.
Y siguieron avanzando. Ni siquiera tía Petunia se atrevía a preguntarle a dónde
iban. De vez en cuando, tío Vernon daba la vuelta y conducía un rato en sentido
contrario.
—Quitárnoslos
de encima... perderlos de vista... —murmuraba cada vez que lo hacía.
-Las
cartas van a llegar igual.
No se
detuvieron en todo el día para comer o beber. Al llegar la noche Dudley
aullaba. Nunca había pasado un día tan malo en su vida. Tenía hambre, se había
perdido cinco programas de televisión que quería ver y nunca había pasado tanto
tiempo sin hacer estallar un monstruo en su juego de ordenador.
Tío
Vernon se detuvo finalmente ante un hotel de aspecto lúgubre, en las afueras de
una gran ciudad. Dudley y Harry compartieron una habitación con camas gemelas y
sábanas húmedas y gastadas. Dudley roncaba, pero Harry permaneció despierto,
sentado en el borde de la ventana, contemplando las luces de los coches que
pasaban y deseando saber...
Al día
siguiente, comieron para el desayuno copos de trigo, tostadas y tomates de
lata. Estaban a punto de terminar, cuando la dueña del hotel se acercó a la
mesa.
—Perdonen,
¿alguno de ustedes es el señor H. Potter? Tengo como cien de éstas en el
mostrador de entrada.
Extendió
una carta para que pudieran leer la dirección en tinta verde:
Señor H. Potter
Habitación 17
Hotel Railview
Cokeworth
Harry
fue a coger la carta, pero tío Vernon le pegó en la mano. La mujer los miró
asombrada.
Y en la
sala todos lo fulminaban con la mirada.
—Yo las
recogeré —dijo tío Vernon, poniéndose de pie rápidamente y siguiéndola.
— ¿No
sería mejor volver a casa, querido? —sugirió tía Petunia tímidamente, unas horas
más tarde, pero tío Vernon no pareció oírla. Qué era lo que buscaba
exactamente, nadie lo sabía.
Los
llevó al centro del bosque, salió, miró alrededor, negó con la cabeza, volvió
al coche y otra vez lo puso en marcha. Lo mismo sucedió en medio de un campo
arado, en mitad de un puente colgante y en la parte más alta de un aparcamiento
de coches.
—Papá
se ha vuelto loco, ¿verdad? —preguntó Dudley a tía Petunia aquella tarde.
Tío
Vernon había aparcado en la costa, los había encerrado y había desaparecido.
Comenzó
a llover. Gruesas gotas golpeaban el techo del coche. Dudley gimoteaba.
—Es
lunes —dijo a su madre—. Mi programa favorito es esta noche. Quiero ir a algún
lugar donde haya un televisor.
Lunes.
Eso hizo que Harry se acordara de algo. Si era lunes (y habitualmente se podía
confiar en que Dudley supiera el día de la semana, por los programas de la
televisión), entonces, al día siguiente, martes, era el cumpleaños número once
de Harry.
Lily
bajó la mirada y una lágrima cayó por su mejilla, James la tomó del mentón y la
miró a los ojos, le limpió la lágrima y le dijo.
-Tranquila,
va a pasar los mejores cumpleaños de su vida- Ella sonrió y lo beso.
Claro
que sus cumpleaños nunca habían sido exactamente divertidos: el año anterior,
por ejemplo, los Dursley le regalaron una percha y un par de calcetines viejos
de tío Vernon. Sin embargo, no se cumplían once años todos los días.
-No
-Dijeron con una sonrisa.
Tío
Vernon regresó sonriente. Llevaba un paquete largo y delgado y no contestó a
tía Petunia cuando le preguntó qué había comprado.
— ¡He
encontrado el lugar perfecto! —dijo—. ¡Vamos! ¡Todos fuera!
Hacía
mucho frío cuando bajaron del coche. Tío Vernon señalaba lo que parecía una
gran roca en el mar. Y, encima de ella, se veía la más miserable choza que uno
se pudiera imaginar. Una cosa era segura, allí no había televisión.
— ¡Han
anunciado tormenta para esta noche! —anunció alegremente tío Vernon,
aplaudiendo—. ¡Y este caballero aceptó gentilmente alquilarnos su bote!
Un
viejo desdentado se acercó a ellos, señalando un viejo bote que se balanceaba
en el agua grisácea.
—Ya he
conseguido algo de comida —dijo tío Vernon—. ¡Así que todos a bordo!
En el
bote hacía un frío terrible. El mar congelado los salpicaba, la lluvia les
golpeaba la cabeza y un viento gélido les azotaba el rostro. Después de lo que
pareció una eternidad, llegaron al peñasco, donde tío Vernon los condujo hasta
la desvencijada casa.
El
interior era horrible: había un fuerte olor a algas, el viento se colaba por
las rendijas de las paredes de madera y la chimenea estaba vacía y húmeda. Sólo
había dos habitaciones.
La
comida de tío Vernon resultó ser cuatro plátanos y un paquete de patatas fritas
para cada uno. Trató de encender el fuego con las bolsas vacías, pero sólo
salió humo.
—Ahora
podríamos utilizar una de esas cartas, ¿no? —dijo alegremente.
Estaba
de muy buen humor. Era evidente que creía que nadie se iba a atrever a
buscarlos allí, con una tormenta a punto de estallar. En privado, Harry estaba
de acuerdo, aunque el pensamiento no lo alegraba.
Al caer
la noche, la tormenta prometida estalló sobre ellos. La espuma de las altas
olas chocaba contra las paredes de la cabaña y el feroz viento golpeaba contra
los vidrios de las ventanas. Tía Petunia encontró unas pocas mantas en la otra
habitación y preparó una cama para Dudley en el sofá. Ella y tío Vernon se
acostaron en una cama cerca de la puerta, y Harry tuvo que contentarse con un
trozo de suelo y taparse con la manta más delgada.
Un
gruñido general se escuchó en toda la sala.
La
tormenta aumentó su ferocidad durante la noche. Harry no podía dormir. Se
estremecía y daba vueltas, tratando de ponerse cómodo, con el estómago rugiendo
de hambre. Los ronquidos de Dudley quedaron amortiguados por los truenos que
estallaron cerca de la medianoche. El reloj luminoso de Dudley, colgando de su
gorda muñeca, informó a Harry de que tendría once años en diez minutos.
Esperaba acostado a que llegará la hora de su cumpleaños, pensando si los
Dursley se acordarían y preguntándose dónde estaría en aquel momento el
escritor de cartas.
Cinco
minutos. Harry oyó algo que crujía afuera. Esperó que no fuera a caerse el
techo, aunque tal vez hiciera más calor si eso ocurría. Cuatro minutos. Tal vez
la casa dePrivet
Drive estaría tan lleno de cartas, cuando regresaran, que podría robar una.
Tres
minutos para la hora. ¿Por qué el mar chocaría con tanta fuerza contra las
rocas? Y (faltaban dos minutos) ¿qué era aquel ruido tan raro? ¿Las rocas se
estaban desplomando en el mar?
Un
minuto y tendría once años. Treinta segundos... veinte... diez... nueve... tal
vez despertara a Dudley, sólo para molestarlo... tres... dos... uno...
-¡FELIZ
CUMPLEAÑOS! -Gritaron todos en la sala, causando risas.
BUM.
Toda la
cabaña se estremeció y Harry se enderezó, mirando fijamente a la puerta.
Alguien
estaba fuera, llamando.
-Termino
-Dijo Alice.
-Bien,
¿Comemos? -Preguntó Lily.
-¡Si!
-Gritaron James, Sirius y Ron.
Llamaron
a un elfo y todos comieron.
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