-¿Saben
si va a venir alguien? –Preguntó Ron a sus amigos.
-Creo
que Neville –Respondió Harry.
Capítulo 5: El callejón Diagón
Por
cuarta vez la nube violeta apareció y dejó a la vista a un chico de cara
redonda con cabello castaño oscuro y ojos café.
-¡Neville!
–Dijeron los amigos.
-¡Hola!,
mi nombre es Neville Longbottom –Dijo con una sonrisa y automáticamente todos
los del pasado giraron a ver la pareja.
-Tranquilo
–Le dijo Hermione al oído, el le sonrió a la chica.
Fue
avanzando y los abrazó.
-Es
raro ser mas grande que mis padres –Dijo tratando de contener las lagrimas y
haciendo reír a los demás.
-Bien,
ellos son Arthur y Molly Weasley –Dijo Hermione.
-Es
raro ver a tus padres así –Dijo Neville a Ron.
-Ellos
son Andrómeda, Ted y Nymphadora Tonks –Dijo Ron- Pero desde chica no le gusta
que le digan por su nombre –Aclaró Ron viendo como el pelo de la metamorfomaga
se ponía rojo.
-Ella
es Marlene McKinnon –Dijo Harry señalando a la chica.
-Ellos
son James y Lily Potter –Dijo Ron con una sonrisa.
-Todavía
soy Evans –Dijo Lily.
-Ella
es Narcisa Black y el Lucius Malfoy –Dijo Harry.
-Malfoy
es igual a Malfoy hijo –Susurró Neville a sus amigos.
-El es
Severus Snape- Presentó Hermione.
-Tu
peor pesadilla –Le susurró Ron y el chico rió.
-Bien,
¿Leemos? –Preguntó James y todos se sentaron.
Harry se despertó temprano aquella mañana.
Aunque sabía que ya era de día, mantenía los ojos muy cerrados.
«Ha sido un sueño —se dijo con firmeza—.
Soñé que un gigante llamado Hagrid vino a decirme que voy a ir a un colegio de
magos. Cuando abra los ojos estaré en casa, en mi alacena.»
-Harry, eres muy pesimista –Dijo Sirius y Harry se
encogió de hombros.
Se produjo un súbito golpeteo.
«Y ésa es tía Petunia llamando a la puerta»,
pensó Harry con el corazón abrumado.
Pero todavía no abrió los ojos. Había sido
un sueño tan bonito...
Toc. Toc. Toc.
—Está bien —rezongó Harry—. Ya me levanto.
Se incorporó y se le cayó el pesado abrigo
negro de Hagrid. La cabaña estaba iluminada por el sol, la tormenta había
pasado, Hagrid estaba dormido en el sofá y había una lechuza golpeando con su
pata en la ventana, con un periódico en el pico.
Harry se puso de pie, tan feliz como si un
gran globo se expandiera en su interior.
Fue directamente a la ventana y la abrió. La
lechuza bajó en picado y dejó el periódico sobre Hagrid, que no se despertó.
Entonces la lechuza se posó en el suelo y comenzó a atacar el abrigo de Hagrid.
—No hagas eso.
-Quiere que le pagues –Dijo Lily.
-Ya lo se.
Harry trató de apartar a la lechuza, pero
ésta cerró el pico amenazadoramente y continuó atacando el abrigo.
— ¡Hagrid! —Dijo Harry en voz alta—. Aquí
hay una lechuza...
—Págala —gruñó Hagrid desde el sofá.
— ¿Qué?
—Quiere que le pagues por traer el
periódico. Busca en los bolsillos.
El abrigo de Hagrid parecía hecho de bolsillos,
con contenidos de todo tipo: manojos de llaves, proyectiles de metal, bombones
de menta, saquitos de té...
Finalmente Harry sacó un puñado de monedas
de aspecto extraño.
—Dale cinco knuts—dijo soñoliento Hagrid.
— ¿Knuts?
—Esas pequeñas de bronce.
Harry contó las cinco monedas y la lechuza
extendió la pata, para que Harry pudiera meter las monedas en una bolsita de
cuero que llevaba atada. Y salió volando por la ventana abierta.
Hagrid bostezó con fuerza, se sentó y se
desperezó.
—Es mejor que nos demos prisa, Harry.
Tenemos muchas cosas que hacer hoy. Debemos ir a Londres a comprar
todas las cosas del colegio.
Harry estaba dando la vuelta a las monedas
mágicas y observándolas. Acababa de pensar en algo que le hizo sentir que el
globo de felicidad en su interior acababa de pincharse.
-¡Harry! –Dijo Lily en tono de reproche.
-¿Qué pasa? –Preguntó James.
-Ya lo vas a ver.
—Mm... ¿Hagrid?
— ¿Sí? —dijo Hagrid, que se estaba calzando
sus colosales botas.
—Yo no tengo dinero y ya oíste a tío Vernon
anoche, no va a pagar para que vaya a aprender magia.
-¿Era eso? –Preguntó James a Lily, que asintió-.
¡Harry!
-Bueno, yo no sabía, tenía once años y vivía en una
casa donde les daba miedo decir la palabra magia –Se defendió Harry.
-Tiene razón –Dijeron varios.
—No te preocupes por eso —dijo Hagrid,
poniéndose de pie y golpeándose la cabeza—. ¿No creerás que tus padres no te
dejaron nada?
—Pero si su casa fue destruida...
-El oro se guarda en Gringotts, no en las casas
–Dijeron James y Sirius y Harry se golpeó la frente frustrado.
-¡Ellos no guardaban el oro en la casa, muchacho! No, la primera parada
para nosotros es Gringotts. El banco de los magos. Come una salchicha, frías no
están mal, y no me negaré a un pedacito de tu pastel de cumpleaños.
— ¿Los magos tienen bancos?
—Sólo uno. Gringotts. Lo dirigen los gnomos.
Harry dejó caer el pedazo de salchicha que
le quedaba.
-¿Gnomos?
-Si, y dan asco –Dijo Lily.
—Ajá... Así uno tendría que estar loco para
intentar robarlos, puedo decírtelo.
Los del futuro intentaron contener la risa, pero se
les hizo imposible, entonces estallaron en carcajadas.
-¿Qué hicieron? –Preguntaron Molly y Lily
preocupadas.
-Nada –Dijeron en tono “inocente”.
>>Nunca te metas con los gnomos,
Harry. Gringotts es el lugar más seguro del mundo para lo que quieras guardar,
excepto tal vez Hogwarts. Por otra parte, tenía que visitar Gringotts de todos
modos. Por Dumbledore. Asuntos de Hogwarts. —Hagrid se irguió con orgullo—. En
general, me utiliza para asuntos importantes. Buscarte a ti... sacar cosas de
Gringotts... Él
sabe que puede confiar en mí. ¿Lo tienes todo? Pues vamos.
Harry siguió a Hagrid fuera de la cabaña. El
cielo estaba ya claro y el mar brillaba a la luz del sol. El bote que tío
Vernon había alquilado todavía estaba allí, con el fondo lleno de agua después
de la tormenta.
— ¿Cómo llegaste aquí? —preguntó Harry;
mirando alrededor, buscando otro bote.
—Volando —dijo Hagrid.
— ¿Volando?
—Sí... pero vamos a regresar en esto. No
debo utilizar la magia, ahora que ya te encontré.
Subieron al bote. Harry todavía miraba a
Hagrid, tratando de imaginárselo volando.
Algunas risas se escucharon al imaginar a Hagrid
volando.
—Sin embargo, me parece una lástima tener
que remar —dijo Hagrid, dirigiendo a Harry una mirada de soslayo—. Si
yo... apresuro las cosas un poquito, ¿te importaría no mencionarlo en Hogwarts?
—Por supuesto que no —respondió Harry,
deseoso de ver más magia. Hagrid sacó otra vez el paraguas rosado, dio dos
golpes en el borde del bote y salieron a toda velocidad hacia la orilla.
— ¿Por qué tendría que estar uno loco para
intentar robar en Gringotts? —preguntó Harry.
—Hechizos... encantamientos —dijo Hagrid,
desdoblando su periódico mientras hablaba—... Dicen que hay dragones
custodiando las cámaras de máxima seguridad.
-¿Será verdad? –Preguntó Sirius.
-No se, tal vez –Dijo Harry con una sonrisa.
Y además, hay que saber encontrar el camino.
Gringotts está a cientos de kilómetros por debajo de Londres, ¿sabes? Muy por
debajo del metro. Te morirías de hambre tratando de salir, aunque hubieras
podido robar algo.
-Nosotros nos morimos de hambre y no por robar en
Gringotts –Le susurró Ron a sus amigos, que rieron por lo bajo.
Harry permaneció sentado pensando en
aquello, mientras Hagrid leía su periódico, El Profeta. Harry había aprendido de
su tío Vernon que a las personas les gustaba que las dejaran tranquilas cuando
hacían eso, pero era muy difícil, porque nunca había tenido tantas preguntas
que hacer en su vida.
-Hagrid no hubiera tenido problema en que se las
hicieras –Dijo Remus.
-Ahora lo se –Respondió Harry.
—El Ministerio de Magia está confundiendo
las cosas, como de costumbre —murmuró Hagrid, dando la vuelta a la hoja.
— ¿Hay un Ministerio de Magia? —preguntó
Harry, sin poder contenerse.
—Por supuesto —respondió Hagrid—. Querían
que Dumbledore fuera el ministro, claro, pero él nunca dejará Hogwarts, así que
el viejo Cornelius Fudge consiguió el trabajo. Nunca ha existido nadie tan
chapucero. Así que envía lechuzas a Dumbledore cada mañana, pidiendo consejos.
-¿Ese idiota llegó a Ministro? –Preguntaron varios
y los del futuro asintieron.
—Pero ¿qué hace un Ministerio de Magia?
—Bueno, su trabajo principal es impedir que
los muggles sepan que todavía hay brujas y magos por todo el país.
—
¿Por qué?
-Porque querrían soluciones mágicas para todo
–Dijeron varios.
— ¿Por qué? Vaya, Harry, todos querrían
soluciones mágicas para sus problemas. No, mejor que nos dejen tranquilos.
En aquel momento, el bote dio un leve golpe
contra la pared del muelle. Hagrid dobló su periódico y subieron los escalones
de piedra hacia la calle.
Los transeúntes miraban mucho a Hagrid,
mientras recorrían el pueblecito camino de la estación, y Harry no se lo podía
reprochar: Hagrid no sólo era el doble de alto que cualquiera, sino que
señalaba cosas totalmente corrientes, como los parquímetros, diciendo en voz
alta:
— ¿Ves eso, Harry? Las cosas que esos
muggles inventan, ¿verdad?
—Hagrid —dijo Harry, jadeando un poco
mientras correteaba para seguirlo—, ¿no dijiste que había dragones en
Gringotts?
—Bueno, eso dicen —respondió Hagrid—. Me
gustaría tener un dragón.
El trío de Oro se miraron cómplices.
— ¿Te gustaría tener uno?
—Quiero uno desde que era niño... Ya
estamos.
Habían llegado a la estación. Salía un tren
para Londres cinco minutos más tarde. Hagrid, que no entendía «el dinero
muggle», como lo llamaba, dio las monedas a Harry para que comprara los
billetes.
La gente los miraba más que nunca en el
tren. Hagrid ocupó dos asientos y comenzó a tejer lo que parecía una carpa de
circo color amarillo canario.
— ¿Todavía tienes la carta, Harry?
—preguntó, mientras contaba los puntos.
Harry sacó del bolsillo el sobre de
pergamino.
—Bien —dijo Hagrid—. Hay una lista con todo
lo que necesitas.
Harry desdobló otra hoja, que no había visto
la noche anterior, y leyó:
COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA
UNIFORME
Los alumnos de primer año necesitarán:
— Tres túnicas sencillas de trabajo
(negras).
— Un sombrero puntiagudo (negro) para uso
diario.
— Un par de guantes protectores (piel de
dragón o semejante).
— Una capa de invierno (negra, con broches
plateados).
(Todas las prendas de los alumnos deben
llevar etiquetas con su nombre.)
LIBROS
Todos los alumnos deben tener un ejemplar de
los siguientes libros:
— El libro reglamentario de hechizos (clase
1), Miranda Goshawk.
— Una historia de la magia, Bathilda
Bagshot.
— Teoría mágica, Adalbert Waffling.
— Guía de transformación para principiantes,
Emeric Switch.
— Mil hierbas mágicas y hongos, Phyllida
Spore.
— Filtros y pociones mágicas, Arsenius
Jigger.
— Animales fantásticos y dónde encontrarlos,
Newt Scamander.
— Las Fuerzas Oscuras. Una guía para la
autoprotección, Quentin Trimble.
RESTO DEL EQUIPO
1 varita.
1 caldero (peltre, medida 2).
1 juego de redomas de vidrio o cristal.
1 telescopio.
1 balanza de latón.
Los alumnos también pueden traer una
lechuza, un gato o un sapo.
SE RECUERDA A LOS PADRES QUE ALOS DE PRIMER
AÑO NO SE LES PERMITE TENER ESCOBAS PROPIAS.
-Odio esa regla –Dijeron los Merodeadores.
— ¿Podemos comprar todo esto en Londres? —se
preguntó Harry en voz alta.
—Sí, si sabes dónde ir —respondió Hagrid.
Harry no había estado antes en Londres.
Aunque Hagrid parecía saber adónde iban, era evidente que no estaba
acostumbrado a hacerlo de la forma ordinaria. Se quedó atascado en el
torniquete de entrada al metro y se quejó en voz alta porque los asientos eran
muy pequeños y los trenes muy lentos.
—No sé cómo los muggles se las arreglan sin
magia —comentó, mientras subían por una escalera mecánica estropeada que los
condujo a una calle llena de tiendas.
-Yo tampoco –Dijeron James, Sirius y Ron.
Hagrid era tan corpulento que separaba
fácilmente a la muchedumbre. Lo único que Harry tenía que hacer era mantenerse
detrás de él. Pasaron ante librerías y tiendas de música, ante hamburgueserías
y cines, pero en ningún lado parecía que vendieran varitas mágicas. Era una
calle normal, llena de gente normal.
¿De verdad habría cantidades de oro de magos
enterradas debajo de ellos? ¿Había allí realmente tiendas que vendían libros de
hechizos y escobas? ¿No sería una broma pesada preparada por los Dursley?
-No, no saben lo que es el humor –Dijo Lily.
Si Harry no hubiera sabido que los Dursley
carecían de sentido del humor, podría haberlo pensado. Sin embargo, aunque todo
lo que le había dicho Hagrid era increíble, Harry no podía dejar de confiar en
él.
-Hagrid es confiable, es imposible desconfiar de
Hagrid –Dijeron los Merodeadores.
—Es aquí —dijo Hagrid deteniéndose—. El
Caldero Chorreante. Es un lugar famoso.
Era un bar diminuto y de aspecto mugriento.
Si Hagrid no lo hubiera señalado, Harry no lo habría visto. La gente, que
pasaba apresurada, ni lo miraba. Sus ojos iban de la gran librería, a un lado,
a la tienda de música, al otro, como si no pudieran ver el Caldero Chorreante.
-No lo pueden ver –Dijeron varios.
En realidad, Harry tuvo la extraña sensación
de que sólo él y Hagrid lo veían. Antes de que pudiera decirlo, Hagrid lo hizo
entrar.
Para ser un lugar famoso, estaba muy oscuro
y destartalado. Unas ancianas estaban sentadas en un rincón, tomando copitas de
jerez. Una de ellas fumaba una larga pipa. Un hombre pequeño que llevaba un
sombrero de copa hablaba con el viejo cantinero, que era completamente calvo y
parecía una nuez blanda. El suave murmullo de las charlas se detuvo cuando
ellos entraron. Todos parecían conocer a Hagrid. Lo saludaban con la mano y le
sonreían, y el cantinero buscó un vaso diciendo:
— ¿Lo de siempre, Hagrid?
—No puedo, Tom, estoy aquí por asuntos de
Hogwarts —respondió Hagrid, poniendo la mano en el hombro de Harry y
obligándole a doblar las rodillas.
-Siempre pasa eso –Dijo Sirius entre risas.
—Buen adiós —dijo el cantinero, mirando
atentamente a Harry—. ¿Es éste... puede ser...?
El Caldero Chorreante había quedado
súbitamente inmóvil y en silencio.
—Válgame Dios —susurró el cantinero—. Harry
Potter... todo un honor.
-Ni que fuera el rey de Inglaterra –Dijo Lily un
tanto fastidiada.
Salió rápidamente del mostrador, corrió
hacia Harry y le estrechó la mano, con los ojos llenos de lágrimas.
-¿Enserio? –Preguntaron a Harry-. ¿Para tanto? –Y
Harry asintió.
“Genial, otro Potter que
quiere llamar la atención” Pensó
Snape.
—Bienvenido, Harry, bienvenido.
Harry no sabía qué decir.
-Todo lo contrario a James –Dijeron Sirius, Remus y
Lily. James se hizo el ofendido y Lily le dio un beso.
Harry miraba esta escena sonriendo.
Todos lo miraban. La anciana de la pipa
seguía chupando, sin darse cuenta de que se le había apagado. Hagrid estaba
radiante. Entonces se produjo un gran movimiento de sillas y, al minuto
siguiente, Harry se encontró estrechando la mano de todos los del Caldero Chorreante.
—Doris Crockford, Harry. No puedo creer que
por fin te haya conocido.
—Estoy orgullosa, Harry, muy orgullosa.
—Siempre quise estrechar tu mano... estoy
muy complacido.
—Encantado, Harry, no puedo decirte cuánto.
Mi nombre es Diggle, Dedalus Diggle.
— ¡Yo lo he visto antes! —Dijo Harry,
mientras Dedalus Diggle dejaba caer su sombrero a causa de la emoción—. Usted
me saludó una vez en una tienda.
— ¡Me recuerda! —Gritó Dedalus Diggle,
mirando a todos—. ¿Habéis oído eso? ¡Se acuerda de mí!
Harry estrechó manos una y otra vez. Doris
Crockford volvió a repetir el saludo.
-¡Qué molestos! –Dijo Lily. Y el trío de Oro le dio
la razón.
Un joven pálido se adelantó, muy nervioso.
Tenía un tic en el ojo.
-¡Profesor Quirrell! —Dijo Hagrid—. Harry,
el profesor Quirrell te dará clases en Hogwarts.
El trío de Oro gruñó.
—P-P-Potter —tartamudeó el profesor
Quirrell, apretando la mano de Harry—. Nno pue-e-do decirte l-lo contento que-e
estoy de co-conocerte.
— ¿Qué clase de magia enseña usted, profesor
Quirrell?
—D-Defensa Contra las Artes O-Oscuras
—murmuró el profesor Quirrell, como si no quisiera pensar en ello—. N-no es
al-algo que t-tú n-necesites, ¿verdad, P-Potter? —Soltó una risa nerviosa—.
Estás reuniendo el e-equipo, s-supongo. Yo tengo que buscar otro l-libro de
va-vampiros. —Pareció aterrorizado ante la simple mención.
Pero los demás, no permitieron que el
profesor Quirrell acaparara a Harry. Éste tardó más de diez minutos en
despedirse de ellos. Al fin, Hagrid se hizo oír.
—Tenemos que irnos. Hay mucho que comprar.
Vamos, Harry.
Doris Crockford estrechó la mano de Harry
una última vez y Hagrid se lo llevó a través del bar hasta un pequeño patio
cerrado, donde no había más que un cubo de basura y hierbajos.
Hagrid miró sonriente a Harry
—Te lo dije, ¿verdad? Te dije que eras
famoso. Hasta el profesor Quirrell temblaba al conocerte, aunque te diré que
habitualmente tiembla.
— ¿Está siempre tan nervioso?
—Oh, sí. Pobre hombre. Una mente brillante.
Estaba bien mientras estudiaba esos libros de vampiros, pero entonces cogió un
año de vacaciones, para tener experiencias directas... Dicen que encontró
vampiros en la Selva Negra y que tuvo un desagradable problema con una
hechicera... Y desde entonces no es el mismo. Se asusta de los alumnos, tiene
miedo de su propia asignatura...
-¿Cómo puede enseñar teniéndole miedo a su asignatura?
–Preguntó Remus.
-Hemos tenido peores profesores –Dijo Ron mirando a
Harry.
-Me miras a mi como si yo tuviera la culpa –Le dijo
Harry causando risas.- Pero es verdad, hubo profesores mucho peores y muchísimo
mejores –Dijo mirando de reojo a Remus.
Ahora ¿adónde vamos, paraguas?
¿Vampiros? ¿Hechiceras? La cabeza de Harry
era un torbellino. Hagrid, mientras tanto, contaba ladrillos en la pared,
encima del cubo de basura.
—Tres arriba... dos horizontales...
—murmuraba—. Correcto. Un paso atrás, Harry
Dio tres golpes a la pared, con la punta de
su paraguas.
El ladrillo que había tocado se estremeció,
se retorció y en el medio apareció un pequeño agujero, que se hizo cada vez más
ancho. Un segundo más tarde estaban contemplando un pasaje abovedado lo
bastante grande hasta para Hagrid, un paso que llevaba a una calle con
adoquines, que serpenteaba hasta quedar fuera de la vista.
—Bienvenido —dijo Hagrid— al callejón
Diagón.
Sonrió ante el asombro de Harry. Entraron en
el pasaje. Harry miró rápidamente por encima de su hombro y vio que la pared
volvía a cerrarse.
A Lily se le escapó una lágrima que no pasó
desapercibida por James.
“Yo lo tendría que haber
acompañado al Callejón Diagón a comprar las cosas”, Pensaba Lily mientras James la abrazaba.
El sol brillaba iluminando numerosos
calderos, en la puerta de la tienda más cercana. «Calderos - Todos los Tamaños
- Latón, Cobre, Peltre, Plata - Automáticos - Plegables», decía un rótulo que
colgaba sobre ellos.
—Sí, vas a necesitar uno —dijo Hagrid— pero
mejor que vayamos primero a conseguir el dinero.
Harry deseó tener ocho ojos más.
-Todos lo deseamos –Dijo Hermione con una sonrisa.
Movía la cabeza en todas direcciones
mientras iban calle arriba, tratando de mirar todo al mismo tiempo: las
tiendas, las cosas que estaban fuera y la gente haciendo compras. Una mujer
regordeta negaba con la cabeza en la puerta de una droguería cuando ellos
pasaron, diciendo: «Hígado de dragón a diecisiete sickles la onza, están
locos...».
-Ella
esta loca –Dijo Sirius causando risas.
Un suave ulular llegaba de una tienda oscura
que tenía un rótulo que decía: «El emporio de las lechuzas. Color pardo,
castaño, gris y blanco». Varios chicos de la edad de Harry pegaban la nariz contra
un escaparate lleno de escobas. «Mirad —oyó Harry que decía uno—, la nueva
Nimbus 2.000, la más veloz.»
Algunas tiendas vendían ropa; otras,
telescopios y extraños instrumentos de plata que Harry nunca había visto.
Escaparates repletos de bazos de murciélagos
y ojos de anguilas, tambaleantes montones de libros de encantamientos, plumas y
rollos de pergamino, frascos con pociones, globos con mapas de la luna...
—Gringotts —dijo Hagrid.
Habían llegado a un edificio, blanco como la
nieve, que se alzaba sobre las pequeñas tiendas. Delante de las puertas de
bronce pulido, con un uniforme carmesí y dorado, había...
—Sí, eso es un gnomo —dijo Hagrid en voz
baja, mientras subían por los escalones de piedra blanca. El gnomo era una
cabeza más bajo que Harry. Tenía un rostro moreno e inteligente, una barba
puntiaguda y, Harry pudo notarlo, dedos y pies muy largos. Cuando entraron los
saludó. Entonces encontraron otras puertas dobles, esta vez de plata, con unas
palabras grabadas encima de ellas.
Entra, desconocido, pero ten cuidado
Con lo que le espera al pecado de la
codicia,
Porque aquellos que cogen, pero no se lo han
ganado,
Deberán pagar en cambio mucho más,
Así que si buscas por debajo de nuestro
suelo
Un tesoro que nunca fue tuyo,
Ladrón, te hemos advertido, ten cuidado
De encontrar aquí algo más que un tesoro.
-Y lo encontramos –Le susurró Ron a Hermione.
-Siempre me dio escalofríos leer eso –Dijo Lily
luego de estremecerse.
—Cómo te dije, hay que estar loco para
intentar robar aquí —dijo Hagrid.
-No están tan locos –Le dijo Neville a sus amigos y
ellos rieron por lo bajo.
Dos gnomos los hicieron pasar por las
puertas plateadas y se encontraron en un amplio vestíbulo de mármol. Un
centenar de gnomos estaban sentados en altos taburetes, detrás de un largo mostrador,
escribiendo en grandes libros de cuentas, pesando monedas en balanzas de cobre
y examinando piedras preciosas con lentes. Las puertas de salida del vestíbulo
eran demasiadas para contarlas, y otros gnomos guiaban a la gente para entrar y
salir. Hagrid y Harry se acercaron al mostrador.
—Buenos días —dijo Hagrid a un gnomo
desocupado—. Hemos venido a sacar algún dinero de la caja de seguridad del
señor Harry Potter.
— ¿Tiene su llave, señor?
—La tengo por aquí —dijo Hagrid, y comenzó a
vaciar sus bolsillos sobre el mostrador, desparramando un puñado de galletas de
perro sobre el libro de cuentas del gnomo. Éste frunció la nariz. Harry observó
al gnomo que tenía a la derecha, que pesaba unos rubíes tan grandes como
carbones brillantes.
—Aquí está —dijo finalmente Hagrid,
enseñando una pequeña llave dorada.
El gnomo la examinó de cerca.
—Parece estar todo en orden.
—Y también tengo una carta del profesor
Dumbledore —dijo Hagrid, dándose importancia—. Es sobre lo-que-usted-sabe, en
la cámara setecientos trece.
-¿Qué es lo-que-usted-sabe de la cámara setecientos
trece? –Preguntaron James y Sirius.
-Algo –Respondió Harry.
-Que si no hubiéramos encontrado, seguramente habría
mas muertes –Dijo Hermione en un susurro que solo escuchó Ron.
El gnomo leyó la carta cuidadosamente.
—Muy bien —dijo, devolviéndosela a Hagrid—.
Voy a hacer que alguien los acompañe abajo, a las dos cámaras. ¡Griphook!
Los del futuro gruñeron.
Griphook era otro gnomo. Cuando Hagrid
guardó todas las galletas de perro en sus bolsillos, él y Harry siguieron a
Griphook hacia una de las puertas de salida del vestíbulo.
-¿Qué es lo-que-usted-sabe en la cámara
setecientos trece? —preguntó Harry.
-Ya se me hacia conocida la pregunta –dijo Neville
haciendo que algunos rieran.
—No te lo puedo decir —dijo misteriosamente
Hagrid—. Es algo muy secreto. Un asunto de Hogwarts. Dumbledore me lo confió.
-Mal movimiento, va a querer saber que es –Dijo
Lily.
Griphook les abrió la puerta. Harry, que
había esperado más mármoles, se sorprendió. Estaban en un estrecho pasillo de
piedra, iluminado con antorchas. Se inclinaba hacia abajo y había unos raíles
en el suelo. Griphook silbó y un pequeño carro llegó rápidamente por los
raíles. Subieron (Hagrid con cierta dificultad) y se pusieron en marcha.
Al principio fueron rápidamente a través de
un laberinto de retorcidos pasillos. Harry trató de recordar, izquierda,
derecha, derecha, izquierda, una bifurcación, derecha, izquierda, pero era
imposible.
-¿Enserio pensaste que lo ibas a recordar?
–Preguntaron los Merodeadores, Lily, Alice y Frank.
Harry se encogió de hombros- No pensé que iba a dar
tantas vueltas.
El veloz carro parecía conocer su camino,
porque Griphook no lo dirigía.
A Harry le escocían los ojos de las ráfagas
de aire frío, pero los mantuvo muy abiertos. En una ocasión, le pareció ver un
estallido de fuego al final del pasillo y se dio la vuelta para ver si era un
dragón, pero era demasiado tarde.
-Yo también intente verlo y no pude –Dijeron Sirius
y James.
Iban cada vez más abajo, pasando por un lago
subterráneo en el que había gruesas estalactitas y estalagmitas saliendo del
techo y del suelo.
—Nunca lo he sabido —gritó Harry a Hagrid,
para hacerse oír sobre el estruendo del carro—. ¿Cuál es la diferencia entre
una estalactita y una estalagmita?
-Las estalactitas crecen del techo y las
estalagmitas se forman debajo de
una estalactita por el goteo de esta –Dijeron Lily y Hermione al mismo tiempo y
todos las miraron sorprendidos.
-¿Estamos en presencia de otra prefecta perfecta?
–Preguntaron James y Sirius, Hermione se sonrojo y Harry y Ron asintieron.
—Las estalagmitas tienen una eme —dijo
Hagrid—. Y no me hagas preguntas ahora, creo que voy a marearme.
Las risas no se hicieron esperar en la sala.
Su cara se había puesto verde y, cuando el
carro por fin se detuvo, ante la pequeña puerta de la pared del pasillo, Hagrid
se bajó y tuvo que apoyarse contra la pared, para que dejaran de temblarle las
rodillas.
Griphook abrió la cerradura de la puerta.
Una oleada de humo verde los envolvió. Cuando se aclaró, Harry estaba jadeando.
Dentro había montículos de monedas de oro. Montones de monedas de plata.
Montañas de pequeños knuts de bronce.
—Todo tuyo —dijo Hagrid sonriendo.
Todo de Harry, era increíble. Los Dursley no
debían saberlo, o se abrían apoderado de todo en un abrir y cerrar de ojos.
-El dinero de un Potter es de un Potter y al que lo
quiera compartir –Dijo James sonriéndole a Remus y Harry a Ron.
¿Cuántas veces se habían quejado de lo que
les costaba mantener a Harry?
-¿¡Qué les costaba mantenerte!? –Gritó Lily
furiosa-. ¡No te daban de comer! ¡Te daban ropa vieja! ¿¡Y les costaba
mantenerte!?
-Ya esta, ya pasó, ahora yo vivo bien, tranquila
–Le decía Harry a Lily para tranquilizarla.
Y durante todo aquel tiempo, una pequeña
fortuna enterrada debajo de Londres le pertenecía.
Hagrid ayudó a Harry a poner una cantidad en
una bolsa.
—Las de oro son galeones —explicó—.
Diecisiete sickles de plata hacen un galeón y veintinueve knuts equivalen a un
sickle, es muy fácil. Bueno, esto será suficiente para un curso o dos,
dejaremos el resto guardado para ti. —Se volvió hacia Griphook—. Ahora, por
favor, la cámara setecientos trece. ¿Y podemos ir un poco más despacio?
-Una sola velocidad –Dijeron los Merodeadores.
—Una sola velocidad —contestó Griphook.
Fueron más abajo y a mayor velocidad. El
aire se volvió cada vez más frío, mientras doblaban por estrechos recodos.
Llegaron entre sacudidas al otro lado de una hondonada subterránea, y Harry se
inclinó hacia un lado para ver qué había en el fondo oscuro, pero Hagrid gruñó
y lo enderezó, cogiéndolo del cuello.
La cámara setecientos trece no tenía
cerradura.
—Un paso atrás —dijo Griphook, dándose
importancia. Tocó la puerta con uno de sus largos dedos y ésta desapareció—. Si
alguien que no sea un gnomo de Gringotts lo intenta, será succionado por la
puerta y quedará atrapado —añadió.
— ¿Cada cuánto tiempo comprueban que no se
haya quedado nadie dentro? —quiso saber Harry.
—Más o menos cada diez años —dijo Griphook,
con una sonrisa maligna.
Los del futuro volvieron a gruñir.
Algo realmente extraordinario tenía que
haber en aquella cámara de máxima seguridad, Harry estaba seguro, y se inclinó
anhelante, esperando ver por lo menos joyas fabulosas, pero la primera
impresión era que estaba vacía.
Todos se miraron extrañados, excepto Dumbledore que
tenía leves sospechas.
Entonces vio el sucio paquetito, envuelto en
papel marrón, que estaba en el suelo. Hagrid lo cogió y lo guardó en las
profundidades de su abrigo. A Harry le hubiera gustado conocer su contenido,
pero sabía que era mejor no preguntar.
Todos estaban de acuerdo con lo que dijo Harry.
—Vamos, regresemos en ese carro infernal y
no me hables durante el camino; será mejor que mantengas la boca cerrada —dijo
Hagrid.
Después de la veloz trayectoria, salieron
parpadeando a la luz del sol, fuera de Gringotts. Harry no sabía adónde ir
primero con su bolsa llena de dinero. No necesitaba saber cuántos galeones
había en una libra, para darse cuenta de que tenía más dinero que nunca, más
dinero incluso que el que Dudley tendría jamás.
Lily bajó la cabeza.
—Tendrías que comprarte el uniforme —dijo
Hagrid, señalando hacia «Madame Malkin, túnicas para todas las ocasiones»—.
Oye, Harry; ¿te importa que me dé una vuelta por el Caldero Chorreante? Detesto
los carros de Gringotts. —Todavía parecía mareado, así que Harry entró solo en
la tienda de Madame Malkin, sintiéndose algo nervioso.
Madame Malkin era una bruja sonriente y
regordeta, vestida de color malva.
— ¿Hogwarts, guapo? —dijo, cuando Harry
empezó a hablar—. Tengo muchos aquí... En realidad, otro muchacho se está
probando ahora.
En el fondo de la tienda, un niño de rostro
pálido y puntiagudo estaba de pie sobre un escabel, mientras otra bruja le
ponía alfileres en la larga túnica negra.
-Creo que ya se quien es –Dijo Sirius.-
Madame Malkin puso a Harry en un escabel al
lado del otro, le deslizó por la cabeza una larga túnica y comenzó a marcarle
el largo apropiado.
—Hola —dijo el muchacho—. ¿También Hogwarts?
—Sí —respondió Harry.
—Mi padre está en la tienda de al lado,
comprando mis libros, y mi madre ha ido calle arriba para mirar las varitas
—dijo el chico. Tenía voz de aburrido y arrastraba las palabras—. Luego voy a
arrastrarlos a mirar escobas de carrera. No sé por qué los de primer año no
pueden tener una propia. Creo que voy a fastidiar a mi padre hasta que me
compre una y la meteré de contrabando de alguna manera.
-Si, es- Dijo Sirius mirando de reojo a Lucius
Malfoy.
Harry recordaba a Dudley
— ¿Tú tienes escoba propia? —continuó el
muchacho.
—No —dijo Harry.
— ¿Juegas al menos al quidditch?
—No —dijo de nuevo Harry, preguntándose qué
diablos sería el quidditch.-
-Ya se lo que es el Quidditch –Dijo rápidamente Harry
y James suspiró aliviado.
-¿Juego, no? –Preguntó el último.
-No,
no me gusta el quidditch –Dijo Harry y sus amigos le siguieron la corriente,
mientras que a James se le caía la mandíbula al piso.
—Yo sí. Papá dice que sería un crimen que no
me eligieran para jugar por mi casa, y la verdad es que estoy de acuerdo. ¿Ya
sabes en qué casa vas a estar?
—No—dijo Harry, sintiéndose cada vez más
tonto.
—Bueno, nadie lo sabrá realmente hasta que
lleguemos allí, pero yo sé que seré de Slytherin, porque toda mi familia fue de
allí. ¿Te imaginas estar en Hufflepuff?
-¡Hey! –Dijeron Ted y Dora.
Yo creo que me iría, ¿no te parece?
—Mm. —contestó Harry, deseando poder decir
algo más interesante.
— ¡Oye, mira a ese hombre! —dijo súbitamente
el chico, señalando hacia la vidriera de delante. Hagrid estaba allí, sonriendo
a Harry y señalando dos grandes helados, para que viera por qué no entraba.
—Ése es Hagrid —dijo Harry, contento de
saber algo que el otro no sabía—. Trabaja en Hogwarts.
—Oh —dijo el muchacho—, he oído hablar de
él. Es una especie de sirviente, ¿no?
Todos, excepto Malfoy, Narcisa y Snape, gruñeron.
—Es el guardabosque —dijo Harry. Cada vez le
gustaba menos aquel chico.
-Y haces bien –Dijo Sirius y Harry le sonrió.
—Sí, claro. He oído decir que es una especie
de salvaje, que vive en una cabaña en los terrenos del colegio y que de vez en
cuando se emborracha. Trata de hacer magia y termina prendiendo fuego a su
cama.
En la sala volvieron a gruñir.
—Yo creo que es estupendo —dijo Harry con
frialdad.
— ¿Eso crees? —preguntó el chico en tono
burlón—. ¿Por qué está aquí contigo? ¿Dónde están tus padres?
—Están muertos —respondió en pocas palabras.
No tenía ganas de hablar de ese tema con él.
—Oh, lo siento —dijo el otro, aunque no
pareció que le importara—. Pero eran de nuestra clase, ¿no?
-Estupido –Murmuraron varios.
—Eran un mago y una bruja, si es eso a lo
que te refieres
—Realmente creo que no deberían dejar entrar
a los otros ¿no te parece? No son como nosotros, no los educaron para conocer
nuestras costumbres. Algunos nunca habían oído hablar de Hogwarts hasta que
recibieron la carta, ya te imaginarás. Yo creo que debería quedar todo en las
familias de antiguos magos.
-Son todos estupidos, si siguiera todo así no
habría magos –Dijo Sirius enfadado.
Y a propósito, ¿cuál es tu apellido?
Pero antes de que Harry pudiera contestar,
Madame Malkin dijo:
—Ya está listo lo tuyo, guapo.
-Si se lo decías, se desmayaba –Dijo James, y Harry
asintió.
Y Harry, sin lamentar tener que dejar de
hablar con el chico, bajó del escabel.
—Bien, te veré en Hogwarts, supongo —dijo el
muchacho.
Harry estaba muy silencioso, mientras comía
el helado que Hagrid le había comprado (chocolate y frambuesa con trozos de
nueces).
— ¿Qué sucede? —preguntó Hagrid.
—Nada —mintió Harry. Se detuvieron a comprar
pergamino y plumas. Harry se animó un poco cuando encontró un frasco de tinta
que cambiaba de color al escribir.
Cuando salieron de la tienda, preguntó:
—Hagrid, ¿qué es el quidditch?
—Vaya, Harry; sigo olvidando lo poco que
sabes... ¡No saber qué es el quidditch!
—No me hagas sentir peor —dijo Harry. Le
contó a Hagrid lo del chico pálido de la tienda de Madame Malkin.
—... y dijo que la gente de familia de
muggles no deberían poder ir...
—Tú no eres de una familia muggle. Si
hubiera sabido quién eres... Él ha crecido conociendo tu nombre, si sus padres
son magos. Ya lo has visto en el Caldero Chorreante. De todos modos, qué sabe
él, algunos de los mejores que he conocido eran los únicos con magia en una
larga línea de muggles. ¡Mira tu madre! ¡Y mira la hermana que tuvo!
Lily sonrió.
—Entonces ¿qué es el quidditch?
—Es nuestro deporte. Deporte de magos. Es...
como el fútbol en el mundo muggle, todos lo siguen. Se juega en el aire, con
escobas, y hay cuatro pelotas... Es difícil explicarte las reglas.
-Y mas si te lo explica el –Dijo Lily señalando a
James que se hizo el ofendido.
— ¿Y qué son Slytherin y Hufflepuff?
—Casas del colegio. Hay cuatro. Todos dicen
que en Hufflepuff son todos inútiles, pero...
Ted y Dora fruncieron el ceño.
—Seguro que yo estaré en Hufflepuff —dijo
Harry desanimado.
—Es mejor Hufflepuff que Slytherin
-Opino lo mismo –dijo Tonks.
-¡Hey! Que yo fui Slytherin –Dijo Andrómeda.
-¿Y por que cree que se lo digo? –Le susurró Tonks
a su tío, el cual rió.
—dijo Hagrid con tono lúgubre—. Las brujas y
los magos que se volvieron malos habían estado todos en Slytherin.
Quien-tú-sabes fue uno.
— ¿Vol... ? Perdón... Quien-tú-sabes estuvo
en Hogwarts?
—Hace muchos años—respondió Hagrid.
Los del futuro hicieron una mueca.
Compraron los libros de Harry en una tienda
llamada Flourish y Blotts, en donde los estantes estaban llenos de libros hasta
el techo. Había unos grandiosos forrados en piel, otros del tamaño de un sello,
con tapas de seda, otros llenos de símbolos raros y unos pocos sin nada impreso
en sus páginas. Hasta Dudley, que nunca leía nada, habría deseado tener alguno
de aquellos libros. Hagrid casi tuvo que arrastrar a Harry para que dejara
Hechizos y contrahechizos (encante a sus amigos y confunda a sus enemigos con
las más recientes venganzas: Pérdida de Cabello, Piernas de Mantequilla, Lengua
Atada y más, mucho más), del profesor Vindictus Viridian.
-Salió a la luz su lado Merodeador –Dijeron los
Merodeadores y Harry sonrío.
—Estaba tratando de averiguar cómo hechizar
a Dudley
-Mejor todavía –Dijo Sirius con una sonrisa
malvada.
—No estoy diciendo que no sea una buena
idea, pero no puedes utilizar la magia en el mundo muggle, excepto en
circunstancias muy especiales
-Ni en circunstancias especiales –Susurró Harry a
sus amigos.
—dijo Hagrid—. Y de todos modos, no podrías
hacer ningún hechizo todavía, necesitarás mucho más estudio antes de llegar a
ese nivel.
Hagrid tampoco dejó que Harry comprara un
sólido caldero de oro (en la lista decía de peltre) pero consiguieron una
bonita balanza para pesar los ingredientes de las opciones y un telescopio
plegable de cobre. Luego visitaron la droguería, tan fascinante como para hacer
olvidar el horrible hedor, una mezcla de huevos pasados y repollo podrido. En
el suelo había barriles llenos de una sustancia viscosa y botes con hierbas.
Raíces secas y polvos brillantes llenaban las paredes, y manojos de plumas e
hileras de colmillos y garras colgaban del techo. Mientras Hagrid preguntaba al
hombre que estaba detrás del mostrador por un surtido de ingredientes básicos
para pociones, Harry examinaba cuernos de unicornio plateados, a veintiún
galeones cada uno, y minúsculos ojos negros y brillantes de escarabajos (cinco
knuts la cucharada).
Fuera de la droguería, Hagrid miró otra vez
la lista de Harry
—Sólo falta la varita... Ah, sí, y todavía
no te he buscado un regalo de cumpleaños.
Harry sintió que se ruborizaba.
Los merodeadores rieron.
-Ahora salió a la luz su lado Evans –Dijo Sirius
entre risas haciendo que madre e hijo se sonrojaran.
—No tienes que...
—Sé que no tengo que hacerlo. Te diré qué
será, te compraré un animal. No un sapo, los sapos pasaron de moda hace años,
-Hagrid no sabe nada –Dijo Neville y el trío de Oro
empezó a reír.
Se burlarán... Y no me gustan los gatos, me
hacen estornudar.
-Nada, no sabe absolutamente nada –Ahora fue el
turno de Hermione de hablar, los demás rieron y los del pasado los miraban
extrañados.
Te voy a regalar una lechuza. Todos los
chicos quieren tener una lechuza. Son muy útiles, llevan tu correspondencia y
todo lo demás.
Harry se quedó pensando en Hedwig.
Veinte minutos más tarde, salieron del
Emporio de la Lechuza, que era oscuro y lleno de ojos brillantes, susurros y
aleteos. Harry llevaba una gran jaula con una hermosa lechuza blanca, medio
dormida, con la cabeza debajo de un ala. Y no dejó de agradecer el regalo,
tartamudeando como el profesor Quirrell.
Ahora todos reían.
—Ni lo menciones —dijo Hagrid con aspereza—.
No creo que los Dursley te hagan muchos regalos. Ahora nos queda solamente
Ollivander, el único lugar donde venden varitas, y tendrás la mejor.
Harry sacó su varia y empezó a mirarla, recordando
todo lo que vivió con ella.
Una varita mágica... Eso era lo que Harry realmente
había estado esperando.
-Todos esperamos eso –Dijo Lily con una sonrisa.
La última tienda era estrecha y de mal
aspecto. Sobre la puerta, en letras doradas, se leía: «Ollivander: fabricantes
de excelentes varitas desde el 382
a.C.». En el polvoriento escaparate, sobre un cojín de
desteñido color púrpura, se veía una única varita.
Cuando entraron, una campanilla resonó en el
fondo de la tienda. Era un lugar pequeño y vacío, salvo por una silla
larguirucha donde Hagrid se sentó a esperar. Harry se sentía algo extraño, como
si hubieran entrado en una biblioteca muy estricta. Se tragó una cantidad de
preguntas que se le acababan de ocurrir, y en lugar de eso, miró las miles de
estrechas cajas, amontonadas cuidadosamente hasta el techo. Por alguna razón,
sintió una comezón en la nuca. El polvo y el silencio parecían hacer que le
picara por alguna magia secreta.
-A mi me pasó igual –Dijeron James, Lily y Sirius.
—Buenas tardes —dijo una voz amable.
Harry dio un salto. Hagrid también debió de
sobresaltarse porque se oyó un crujido y se levantó rápidamente de la silla.
Un anciano estaba ante ellos; sus ojos,
grandes y pálidos, brillaban como lunas en la penumbra del local.
—Hola —dijo Harry con torpeza.
—Ah, sí —dijo el hombre—. Sí, sí, pensaba
que iba a verte pronto. Harry Potter. —No era una pregunta—. Tienes los ojos de
tu madre. Parece que fue ayer el día en que ella vino aquí, a comprar su
primera varita. Veintiséis centímetros de largo, elástica, de sauce. Una
preciosa varita para encantamientos.
-¿Cómo se acuerda? –Preguntó Lily anonadada mirando
su varita.
El señor Ollivander se acercó a Harry. El
muchacho deseó que el hombre parpadeara. Aquellos ojos plateados eran un poco
lúgubres.
—Tu padre, por otra parte, prefirió una
varita de caoba. Veintiocho centímetros y medio. Flexible. Un poquito más
poderosa y excelente para transformaciones.
Ahora James miraba anonadado su varita.
Bueno, he dicho que tu padre la prefirió,
pero en realidad es la varita la que elige al mago.
-Nunca entendí eso –Dijeron varias personas.
El señor Ollivander estaba tan cerca que él
y Harry casi estaban nariz contra nariz.
Harry podía ver su reflejo en aquellos ojos
velados.
—Y aquí es donde...
El señor Ollivander tocó la luminosa
cicatriz de la frente de Harry, con un largo dedo blanco.
—Lamento decir que yo vendí la varita que hizo eso —dijo amablemente—.
Treinta y cuatro centímetros y cuarto. Una varita poderosa, muy poderosa, y en
las manos equivocadas... Bueno, si hubiera sabido lo que esa varita iba a hacer
en el mundo...
Negó con la cabeza y entonces, para alivio
de Harry, fijó su atención en Hagrid.
— ¡Rubeus! ¡Rubeus Hagrid! Me alegro de
verlo otra vez... Roble, cuarenta centímetros y medio, flexible... ¿Era así?
—Así era, sí, señor —dijo Hagrid.
—Buena varita. Pero supongo que la partieron
en dos cuando lo expulsaron —dijo el señor Ollivander, súbitamente severo.
—Eh..., sí, eso hicieron, sí —respondió
Hagrid, arrastrando los pies—. Sin embargo, todavía tengo los pedazos —añadió
con vivacidad.
—Pero no los utiliza, ¿verdad? —preguntó en
tono severo.
—Oh, no, señor —dijo Hagrid rápidamente.
Harry se dio cuenta de que sujetaba con fuerza su paraguas rosado.
—Mm —dijo el señor Ollivander, lanzando una
mirada inquisidora a Hagrid—. Bueno, ahora, Harry... Déjame ver. —Sacó de su
bolsillo una cinta métrica, con marcas plateadas—. ¿Con qué brazo coges la
varita?
—Eh... bien, soy diestro —respondió Harry.
—Extiende tu brazo. Eso es. —Midió a Harry
del hombro al dedo, luego de la muñeca al codo, del hombro al suelo, de la
rodilla a la axila y alrededor de su cabeza.
Mientras medía, dijo—: Cada varita
Ollivander tiene un núcleo central de una poderosa sustancia mágica, Harry.
Utilizamos pelos de unicornio, plumas de cola de fénix y nervios de corazón de
dragón. No hay dos varitas Ollivander iguales, como no hay dos unicornios,
dragones o aves fénix iguales. Y, por supuesto, nunca obtendrás tan buenos
resultados con la varita de otro mago.
De pronto, Harry se dio cuenta de que la
cinta métrica, que en aquel momento le medía entre las fosas nasales, lo hacía
sola. El señor Ollivander estaba revoloteando entre los estantes, sacando
cajas.
—Esto ya está —dijo, y la cinta métrica se
enrolló en el suelo—. Bien, Harry
Prueba ésta. Madera de haya y nervios de
corazón de dragón. Veintitrés centímetros. Bonita y flexible. Cógela y agítala.
Harry cogió la varita y (sintiéndose tonto)
-No fuiste el único –Dijeron Hermione y Lily.
La agitó a su alrededor, pero el señor
Ollivander se la quitó casi de inmediato.
—Arce y pluma de fénix. Diecisiete
centímetros y cuarto. Muy elástica. Prueba...
Harry probó, pero tan pronto como levantó el
brazo el señor Ollivander se la quitó.
—No, no... Ésta. Ébano y pelo de unicornio,
veintiún centímetros y medio. Elástica. Vamos, vamos, inténtalo.
Harry lo intentó. No tenía ni idea de lo que
estaba buscando el señor Ollivander.
Las varitas ya probadas, que estaban sobre
la silla, aumentaban por momentos, pero cuantas más varitas sacaba el señor
Ollivander, más contento parecía estar.
—Qué cliente tan difícil, ¿no? No te
preocupes, encontraremos a tu pareja perfecta por aquí, en algún lado. Me
pregunto... sí, por qué no, una combinación poco usual, acebo y pluma de fénix,
veintiocho centímetros, bonita y flexible.
Harry tocó la varita. Sintió un súbito calor
en los dedos.
Algunos sonrieron.
Levantó la varita sobre su cabeza, la hizo
bajar por el aire polvoriento, y una corriente de chispas rojas y doradas
estallaron en la punta como fuegos artificiales,
-Eres Gryffindor ¿No? –Preguntó Lily.
-No se, por ahí si, por ahí no. –Respondió Harry
con una sonrisa.
“Es Gryffindor, lanzó chispas rojas y doradas”
Pensó Lily.
Arrojando manchas de luz que bailaban en las
paredes.
Hagrid lo vitoreó y aplaudió y el señor
Ollivander dijo:
-¡Oh, bravo! Oh, sí, oh, muy bien. Bien,
bien, bien... Qué curioso... Realmente qué curioso...
-¿Qué es lo curiosos? –Preguntaron James y Lily y
ambos se sonrojaron, mientras que sus amigos reían a carcajadas limpias.
Puso la varita de Harry en su caja y la
envolvió en papel de embalar, todavía murmurando: «Curioso... muy curioso».
—Perdón —dijo Harry—. Pero ¿qué es tan
curioso?
Las risas no se hicieron esperar.
El señor Ollivander fijó en Harry su mirada
pálida.
—Recuerdo cada varita que he vendido, Harry
Potter. Cada una de las varitas. Y resulta que la cola de fénix de donde salió
la pluma que está en tu varita dio otra pluma, sólo una más. Y realmente es muy
curioso que estuvieras destinado a esa varita, cuando fue su hermana la que te
hizo esa cicatriz.
Ahora los que habían entendido lo que pasó miraban
a Harry con la boca abierta.
Harry tragó, sin poder hablar.
—Sí, veintiocho centímetros. Ajá. Realmente
curioso cómo suceden estas cosas. La varita escoge al mago, recuérdalo... Creo
que debemos esperar grandes cosas de ti, Harry Potter... Después de todo,
El-que-no-debe-ser-nombrado hizo grandes cosas... Terribles, sí, pero
grandiosas.
Dumbledore le dio la razón.
Harry se estremeció.
No estaba seguro de que el señor Ollivander
le gustara mucho. Pagó siete galeones de oro por su varita y el señor
Ollivander los acompañó hasta la puerta de su tienda.
Al atardecer, con el sol muy bajo en el
cielo, Harry y Hagrid emprendieron su camino otra vez por el callejón Diagón, a
través de la pared, y de nuevo por el Caldero Chorreante, ya vacío. Harry no
habló mientras salían a la calle y ni siquiera notó la cantidad de gente que se
quedaba con la boca abierta al verlos en el metro, cargados con una serie de
paquetes de formas raras y con la lechuza dormida en el regazo de Harry.
Subieron por la escalera mecánica y entraron
en la estación de Paddington. Harry acababa de darse cuenta de dónde estaban
cuando Hagrid le golpeó el hombro.
—Tenemos tiempo para que comas algo antes de
que salga el tren —dijo.
Le compró una hamburguesa a Harry y se
sentaron a comer en unas sillas de plástico. Harry miró a su alrededor. De
alguna manera, todo le parecía muy extraño.
— ¿Estás bien, Harry? Te veo muy silencioso
—dijo Hagrid. Harry no estaba seguro de poder explicarlo. Había tenido el mejor
cumpleaños de su vida y, sin embargo, masticó su hamburguesa, intentando
encontrar las palabras.
—Todos creen que soy especial —dijo
finalmente—. Toda esa gente del Caldero Chorreante, el profesor Quirrell, el
señor Ollivander... Pero yo no sé nada sobre magia. ¿Cómo pueden esperar
grandes cosas? Soy famoso y ni siquiera puedo recordar por qué soy famoso. No
sé qué sucedió cuando Vol... Perdón, quiero decir, la noche en que mis padres
murieron.
Algunos miraban con comprensión a Harry y otros
simplemente lloraban recordando que sus mejores amigos o hermanos habían
muerto.
Hagrid se inclinó sobre la mesa. Detrás de
la barba enmarañada y las espesas cejas había una sonrisa muy bondadosa.
—No te preocupes, Harry. Aprenderás muy
rápido. Todos son principiantes cuando empiezan en Hogwarts. Vas a estar muy
bien. Sencillamente sé tú mismo. Sé que es difícil. Has estado lejos y eso
siempre es duro. Pero vas a pasarlo muy bien en Hogwarts, yo lo pasé y, en
realidad, todavía lo paso.
Algunos sonrieron recordando sus años en Hogwarts.
Hagrid ayudó a Harry a subir al tren que lo
llevaría hasta la casa de los Dursley y luego le entregó un sobre.
—Tu billete para Hogwarts —dijo—. El uno de
septiembre, en Kings Cross. Está todo en el billete. Cualquier problema con los
Dursley y me envías una carta con tu lechuza, ella sabrá encontrarme... Te veré
pronto, Harry.
-¿No se le olvido como pasar al anden? –Preguntó
Lily.
-Si lo hubiera hecho no hubiera conocido a mi mejor
amigo –Dijo mirando de reojo a Ron.
El tren arrancó de la estación. Harry
deseaba ver a Hagrid hasta que se perdiera de vista. Se levantó del asiento y
apretó la nariz contra la ventanilla, pero parpadeó y Hagrid ya no estaba.
-Termino- aviso James.
-Cenaremos y seguiremos leyendo –Dijo Lily levantándose.