Luego
de los 20 minutos los alumnos volvieron a entrar y se sentaron en las mesas
correspondientes.
-Muy
bien… ¿Quién va a leer? –Preguntó el director.
-Yo
–Dijo George levantándose para ir a buscar el libro, cuando iba a empezar a
leer, alguien entro por la puerta del comedor.
Era una
pareja grande, ella era pelirroja y tenía ojos chocolate, mientras que el era
azabache, con ojos celestes y anteojos.
-¿Mamá?
¿Papá? –Preguntó James confundido, entonces a Harry se le formó una sonrisa de
oreja a oreja.
-¡Mamá
Dorea! ¡Papá Charlus! –Dijo Sirius levantándose y dejando a más de uno
confundido.
-¡Sirius!
–Dijo Dorea abrazando al oji-gris –Aprende de Sirius –Dijo Dorea mirando a su
hijo, este se levantó, abrazó a sus padres y dijo:
-La
frase cambió, pensé que era, “Aprendan de Remus, el sabe” –Varios soltaron una
carcajada.
-Perdón
por no poder llegar antes, pero había demasiado trabajo –Explicó Charlus.
-James,
serías tan amable de explicarle todo a tus padres –Dijo Dumbledore, James
asintió y fueron al vestíbulo.
Luego
de un minuto aproximadamente, Dorea gritó:
-¿¡Te
vas a casar!?
-Que
poca fe, que le tenían –Dijo Sirius negando con la cabeza, haciendo que muchos
rieran.
-Yo no
creía que una novia le durara más de una semana, y mira me voy a casar con él
–Dijo Lily.
-Lily, se notaba que
James te gustaba –Dijo Marlene haciendo que la pelirroja se sonroje.
-¿Quieres que hable?
–Preguntó la pelirroja amenazadoramente.
-Ya, tranquila –Dijo
Marlene.
En ese momento los Potter
entraron al comedor.
-Lily, ven un segundo por
favor –Dijo James, ella lo miró confundido ya que todos pensaban que iban a
presentar a Harry –Mamá, papá, mi futura esposa Lily Evans.
Lily se sonrojó y le
tendió la mano a Dorea, ella la abrazó y le dijo:
-Gracias por hacer que mi
hijo siente cabeza.
-Que poca fe…- Dijeron
Sirius y James al mismo tiempo.
-Ahora si, Harry…- Harry
se levantó con una sonrisa, dejó a Teddy con Ginny y se paró frente a sus
abuelos.
Nunca, NUNCA se le
hubiera ocurrido conoces a sus padre y mucho menos a sus ABUELOS, miró a
Charlus y ambos se quedaron viendo, los genes Potter eran notorios, luego miró
a Dorea, le hizo acordar a la señora Weasley, sonrisa amable y un poco petiza.
Se abrazaron mientras que
Hermione y Ginny largaba un par de lágrimas.
Luego de que se separaran
Sirius dijo:
-Seguimos con las
presentaciones –Se aclaró la garganta y dijo:- ¡Tengo novia!
Marlene se sonrojó
haciendo que varios rieran. Dorea y Charlus se sorprendieron.
-¿Enserio? –Preguntó
Dorea mirando a la mesa Gryffindor, todos asintieron.
-Que poca fe… -Dijeron
Sirius y James negando con la cabeza, haciendo que varios rieran.
-Ella es Ginny Weasley
–Dijo Harry, señalando a la pelirroja –El es Teddy, mi ahijado –Dijo agarrando
al metamorfomago que tenía el cabello azul –Ellos son Hermione Granger y Ron
Weasley, mis mejores amigos, el es Neville Longbottom, otro buen amigo, y el es
George Weasley, mi cuñado –Dijo señalando uno por uno.
-Y casi hermano cuatro
ojos –Dijo George, Harry asintió y Ginny preguntó:
-¿Leemos?
George abrió el libro
empezó a leer.
Capítulo 9: El duelo a medianoche.
-¡HARRY
JAMES POTTER! –Gritó Lily y Harry tragó en seco.
-Si se
puso así por esto, al final del libro estamos muertos –Le susurro Ron, y Harry
solo asintió.
Harry nunca había creído que pudiera existir un chico al que detestara
más que a Dudley, pero eso era antes de haber conocido a Draco Malfoy.
Sin embargo, los de primer año de Gryffindor sólo compartían con los de
Slytherin la clase de Pociones, así que no tenía que encontrarse mucho con él.
O, al menos, así era hasta que apareció una noticia en la sala común de
Gryffindor; que los hizo protestar a todos. Las lecciones de vuelo comenzarían
el jueves... y Gryffindor y Slytherin aprenderían juntos.
-Siempre
es igual –Dijeron varios.
—Perfecto —dijo en tono sombrío Harry—. Justo lo que siempre he
deseado. Hacer el ridículo sobre una escoba delante de Malfoy.
-Los
Potter tienen un don natural para volar –Dijo James.
Deseaba aprender a volar más que ninguna otra cosa.
—No sabes aún si vas a hacer un papelón —dijo razonablemente Ron—. De
todos modos, sé que Malfoy siempre habla de lo bueno que es en quidditch, pero
seguro que es pura palabrería.
-Seguramente
–Dijeron la mayoría.
La verdad es que Malfoy hablaba mucho sobre volar. Se quejaba en voz
alta porque los de primer año nunca estaban en los equipos de quidditch y
contaba largas y jactanciosas historias, que siempre acababan con él escapando
de helicópteros pilotados por muggles.
-Igual
al padre –Dijeron los del pasado mirando a Lucius que tenía su mejor cara de
indeferencia.
Pero no era el único: por la forma de hablar de Seamus Finnigan,
parecía que había pasado toda la infancia volando por el campo con su escoba.
Hasta Ron podía contar a quien quisiera oírlo que una vez casi había chocado
contra un planeador con la vieja escoba de Charles.
-¡No me
digan Charles! –Dijo el mini-Charlie.
-No me
había dado cuenta de que estaban –Dijo George viendo a sus hermanos mayores
–Percy era tan lindo antes de que aprenda a leer
Los del
futuro empezaron a reír.
Todos los que procedían de familias de magos hablaban constantemente de
quidditch. Ron ya había tenido una gran discusión con Dean Thomas, que
compartía el dormitorio con ellos, sobre fútbol. Ron no podía ver qué tenía de
excitante un juego con una sola pelota, donde nadie podía volar. Harry había
descubierto a Ron tratando de animar un cartel de Dean en que aparecía el
equipo de fútbol de West Ham, para hacer que los jugadores se movieran.
Neville no había tenido una escoba en toda su vida, porque su abuela no
se lo permitía. Harry pensó que ella había actuado correctamente, dado que
Neville se las ingeniaba para tener un número extraordinario de accidentes,
incluso con los dos pies en tierra.
-Igual
que Alice –Dijeron Lily y Marlene haciendo que madre e hijo se sonrojaran.
Hermione Granger estaba casi tan nerviosa como Neville con el tema del
vuelo. Eso era algo que no se podía aprender de memoria en los libros, aunque
lo había intentado.
-Igual
a Lily –Dijeron los Merodeadores, Marlene y Alice, haciendo que esta vez la
pelirroja se sonroje.
En el desayuno del jueves, aburrió a todos con estúpidas notas sobre el
vuelo que había encontrado en un libro de la biblioteca, llamado Quidditch a
través de los tiempos.
-El
mejor libro –Dijeron los fanáticos del deporte.
Neville estaba pendiente de cada palabra, desesperado por encontrar
algo que lo ayudara más tarde con su escoba, pero todos los demás se alegraron
mucho cuando la lectura de Hermione fue interrumpida por la llegada del correo.
Harry no había recibido una sola carta desde la nota de Hagrid, algo
que Malfoy ya había notado, por supuesto. La lechuza de Malfoy siempre le
llevaba de su casa paquetes con golosinas, que el muchacho abría con perversa
satisfacción en la mesa de Slytherin.
Un lechuzón entregó a Neville un paquetito de parte de su abuela. Lo
abrió excitado y les enseñó una bola de cristal, del tamaño de una gran canica,
que parecía llena de humo blanco.
-Me la
enviaba todos los años –Dijo Frank haciendo que varios rieran.
— ¡Es una Recordadora! —explicó—. La abuela sabe que olvido cosas y
esto te dice si hay algo que te has olvidado de hacer. Mirad, uno la sujeta
así, con fuerza, y si se vuelve roja... oh... —se puso pálido, porque la
Recordadora súbitamente se tiñó de un brillo escarlata—... es que has olvidado
algo...
Neville estaba tratando de recordar qué era lo que había olvidado,
cuando Draco Malfoy que pasaba al lado de la mesa de Gryffindor; le quitó la
Recordadora de las manos.
Un
gruñido general se escuchó en el Comedor.
Harry y Ron saltaron de sus asientos. En realidad, deseaban tener un
motivo para pelearse con Malfoy, pero la profesora McGonagall, que detectaba
problemas más rápido que ningún otro profesor del colegio, ya estaba allí.
— ¿Qué sucede?
—Malfoy me ha quitado mi Recordadora, profesora.
Con aire ceñudo, Malfoy dejó rápidamente la Recordadora sobre la mesa.
—Sólo la miraba —dijo, y se alejó, seguido por Crabbe y Goyle.
Aquella tarde, a las tres y media, Harry, Ron y los otros Gryffindors
bajaron corriendo los escalones delanteros, hacia el parque, para asistir a su
primera clase de vuelo. Era un día claro y ventoso. La hierba se agitaba bajo
sus pies mientras marchaban por el terreno inclinado en dirección a un prado
que estaba al otro lado del bosque prohibido, cuyos árboles se agitaban
tenebrosamente en la distancia.
Los Slytherins ya estaban allí, y también las veinte escobas,
cuidadosamente alineadas en el suelo. Harry había oído a Fred y a George
Weasley quejarse de las escobas del colegio, diciendo que algunas comenzaban a
vibrar si uno volaba muy alto, o que siempre volaban ligeramente torcidas hacia
la izquierda.
-Es
verdad –Dijeron la mayoría.
Entonces llegó la profesora, la señora Hooch. Era baja, de pelo canoso
y ojos amarillos como los de un halcón.
Harry
le sonrió a la profesora.
—Bueno ¿qué estáis esperando? —bramó—. Cada uno al lado de una escoba.
Vamos, rápido.
Harry miró su escoba. Era vieja y algunas de las ramitas de paja
sobresalían formando ángulos extraños.
—Extended la mano derecha sobre la escoba —les indicó la señora Hooch—
y decid «arriba».
— ¡ARRIBA! —gritaron todos.
La escoba de Harry saltó de inmediato en sus manos, pero fue uno de los
pocos que lo consiguió.
James y
Sirius sonrieron.
La de Hermione Granger no hizo más que rodar por el suelo y la de
Neville no se movió en absoluto. «A lo mejor las escobas saben, como los
caballos, cuándo tienes miedo», pensó Harry, y había un temblor en la voz de
Neville que indicaba, demasiado claramente, que deseaba mantener sus pies en la
tierra.
Luego, la señora Hooch les enseñó cómo montarse en la escoba, sin
deslizarse hasta la punta, y recorrió la fila, corrigiéndoles la forma de
sujetarla. Harry y Ron se alegraron muchísimo cuando la profesora dijo a Malfoy
que lo había estado haciendo mal durante todos esos años.
En el
comedor muchos sonrieron burlonamente, incluso sabiendo que Draco no se encontraba
allí.
—Ahora, cuando haga sonar mi silbato, dais una fuerte patada —dijo la
señora Hooch—. Mantened las escobas firmes, elevaos un metro o dos y luego
bajad inclinándoos suavemente. Preparados... tres... dos...
Pero Neville, nervioso y temeroso de quedarse en tierra, dio la patada
antes de que sonara el silbato.
— ¡Vuelve, muchacho! —gritó, pero Neville subía en línea recta, como el
corcho de una botella... Cuatro metros... seis metros... Harry le vio la cara
pálida y asustada, mirando hacia el terreno que se alejaba, lo vio jadear;
deslizarse hacia un lado de la escoba y...
BUM...
Alice y
Frank contuvieron la respiración.
Un ruido horrible y Neville quedó tirado en la hierba. Su escoba seguía
subiendo, cada vez más alto, hasta que comenzó a torcer hacia el bosque
prohibido y desapareció de la vista.
La señora Hooch se inclinó sobre Neville, con el rostro tan blanco como
el del chico.
—La muñeca fracturada —la oyó murmurar Harry—. Vamos, muchacho... Está
bien... A levantarse.
Se volvió hacia el resto de la clase.
—No debéis moveros mientras llevo a este chico a la enfermería. Dejad
las escobas donde están o estaréis fuera de Hogwarts más rápido de lo que
tardéis en decir quidditch. Vamos, hijo.
Neville, con la cara surcada de lágrimas y agarrándose la muñeca,
cojeaba al lado de la señora Hooch, que lo sostenía.
Casi antes de que pudieran marcharse, Malfoy ya se estaba riendo a
carcajadas.
— ¿Habéis visto la cara de ese gran zoquete?
-Idiota
–Fue lo que se escuchó en el comedor.
Los otros Slytherins le hicieron coro.
— ¡Cierra la boca, Malfoy! —dijo Parvati Patil en tono cortante.
—Oh, ¿estás enamorada de Longbottom? —dijo Pansy Parkinson, una chica
de Slytherin de rostro duro. Nunca pensé que te podían gustar los gorditos
llorones, Parvati.
— ¡Mirad! —Dijo Malfoy, agachándose y recogiendo algo de la hierba—. Es
esa cosa estúpida que le mandó la abuela a Longbottom.
La Recordadora brillaba al sol cuando la cogió.
—Trae eso aquí, Malfoy —dijo Harry con calma. Todos dejaron de hablar
para observarlos.
Malfoy sonrió con malignidad.
—Creo que voy a dejarla en algún sitio para que Longbottom la busque...
¿Qué os parece... en la copa de un árbol?
— ¡Tráela aquí! —rugió Harry, pero Malfoy había subido a su escoba y se
alejaba. No había mentido, sabía volar. Desde las ramas más altas de un roble
lo llamó:
— ¡Ven a buscarla, Potter!
Harry cogió su escoba.
— ¡No! —Gritó Hermione Granger—. La señora Hooch dijo que no nos
moviéramos. Nos vas a meter en un lío.
Harry no le hizo caso. Le ardían las orejas. Se montó en su escoba,
pegó una fuerte patada y subió. El aire agitaba su pelo y su túnica, silbando
tras él y, en un relámpago de feroz alegría, se dio cuenta de que había
descubierto algo que podía hacer sin que se lo enseñaran. Era fácil, era
maravilloso.
-Pero…
¿No era que no jugabas quidditch? –Preguntó James.
-Que no
juegue no significa que sepa volar –Contestó Harry con una sonrisa.
Empujó su escoba un poquito más, para volar más alto, y oyó los gritos
y gemidos de las chicas que lo miraban desde abajo, y una exclamación admirada
de Ron.
Dirigió su escoba para enfrentarse a Malfoy en el aire. Éste lo miró
asombrado.
— ¡Déjala —gritó Harry— o te bajaré de esa escoba!
—Ah, ¿sí? —dijo Malfoy, tratando de burlarse, pero con tono preocupado.
Harry sabía, de alguna manera, lo que tenía que hacer. Se inclinó hacia
delante, cogió la escoba con las dos manos y se lanzó sobre Malfoy como una
jabalina. Malfoy pudo apartarse justo a tiempo, Harry dio la vuelta y mantuvo
firme la escoba. Abajo, algunos aplaudían.
—Aquí no están Crabbe y Goyle para salvarte, Malfoy —exclamó Harry
Parecía que Malfoy también lo había pensado.
— ¡Atrápala si puedes, entonces! —gritó. Giró la bola de cristal hacia
arriba y bajó a tierra con su escoba.
Harry vio, como si fuera a cámara lenta, que la bola se elevaba en el
aire y luego comenzaba a caer. Se inclinó hacia delante y apuntó el mango de la
escoba hacia abajo. Al momento siguiente, estaba ganando velocidad en la caída,
persiguiendo a la bola, con el viento silbando en sus orejas mezclándose con
los gritos de los que miraban. Extendió la mano y, a unos metros del suelo, la
atrapó, justo a tiempo para enderezar su escoba y descender suavemente sobre la
hierba, con la Recordadora a salvo.
Todos
lo miraban impresionados.
— ¡HARRY POTTER!
Su corazón latió más rápido que nunca. La profesora McGonagall corría
hacia ellos. Se puso de pie, temblando.
-Problemas…
-Murmuraron varios.
—Nunca... en todos mis años en Hogwarts...
La profesora McGonagall estaba casi muda de la impresión, y sus gafas
centelleaban de furia.
— ¿Cómo te has atrevido...? Has podido romperte el cuello...
—No fue culpa de él, profesora...
—Silencio, Parvati.
—Pero Malfoy...
—Ya es suficiente, Weasley. Harry Potter, ven conmigo.
En aquel momento, Harry pudo ver el aire triunfal de Malfoy, Crabbe y
Goyle, mientras andaba inseguro tras la profesora McGonagall, de vuelta al
castillo. Lo iban a expulsar; lo sabía.
-No te
va a expulsar –Aseguraron los Merodeadores.
Quería decir algo para defenderse, pero no podía controlar su voz. La
profesora McGonagall andaba muy rápido, sin siquiera mirarlo. Tenía que correr
para alcanzarla. Esta vez sí que lo había hecho. No había durado ni dos
semanas. En diez minutos estaría haciendo su maleta. ¿Qué dirían los Dursley
cuando lo vieran llegar a la puerta de su casa?
-Exagerado
–Murmuró Ron.
Subieron por los peldaños delanteros y después por la escalera de
mármol. La profesora McGonagall seguía sin hablar. Abría puertas y andaba por
los pasillos, con Harry corriendo tristemente tras ella. Tal vez lo llevaba ante
Dumbledore.
-Mejor
–Dijeron los Merodeadores con una sonrisa viendo al director, que era observado
por la profesora McGonagall.
Pensó en Hagrid, expulsado, pero con permiso para quedarse como
guardabosque. Quizá podría ser el ayudante de Hagrid. Se le revolvió el
estómago al imaginarse observando a Ron y los otros convirtiéndose en magos,
mientras él andaba por ahí, llevando la bolsa de Hagrid.
La profesora McGonagall se detuvo ante un aula. Abrió la puerta y asomó
la cabeza.
—Discúlpeme, profesor Flitwick. ¿Puedo llevarme a Wood un momento?
-¿Wood
no era el capitán del equipo hace unos años? –Preguntó Lily.
-Si,
era un explotador –Contestó James.
-Mira
quien fue a hablar… -Dijeron los miembros del equipo, haciendo que James se
sonroje.
« ¿Wood? —pensó Harry aterrado—. ¿Wood sería el encargado de aplicar
los castigos físicos?»
-Casi
–Dijo George causando risas en los del futuro.
Pero Wood era sólo un muchacho corpulento de quinto año, que salió de
la clase de Flitwick con aire confundido.
—Seguidme los dos —dijo la profesora McGonagall. Avanzaron por el
pasillo, Wood mirando a Harry con curiosidad.
—Aquí.
La profesora McGonagall señaló un aula en la que sólo estaba Peeves,
ocupado en escribir groserías en la pizarra.
— ¡Fuera, Peeves! —dijo con ira la profesora.
Peeves tiró la tiza en un cubo y se marchó maldiciendo. La profesora
McGonagall cerró la puerta y se volvió para encararse con los muchachos.
—Potter, éste es Oliver Wood. Wood, te he encontrado un buscador.
Todos
lo miraron impresionados, pero James orgulloso.
La expresión de intriga de Wood se convirtió en deleite.
— ¿Está segura, profesora?
—Totalmente —dijo la profesora con vigor—. Este chico tiene un talento
natural. Nunca vi nada parecido. ¿Ésta ha sido tu primera vez con la escoba,
Potter?
Harry asintió con la cabeza en silencio. No tenía una explicación para
lo que estaba sucediendo, pero le parecía que no lo iban a expulsar y comenzaba
a sentirse más seguro.
—Atrapó esa cosa con la mano, después de un vuelo de quince metros
—explicó la profesora a Wood—. Ni un rasguño. Charlie Weasley no lo habría
hecho mejor.
-¿Fui
buscador? –Preguntó el pequeño Charlie, a lo que los del futuro asintieron.
Wood parecía pensar que todos sus sueños se habían hecho realidad.
— ¿Alguna vez has visto un partido de quidditch, Potter? —preguntó
excitado.
—Wood es el capitán del equipo de Gryffindor —aclaró la profesora
McGonagall.
—Y tiene el cuerpo indicado para ser buscador —dijo Wood, paseando
alrededor de Harry y observándolo con atención—. Ligero, veloz... Vamos a tener
que darle una escoba decente, profesora, una Nimbus 2.000 o una Barredora 7.
—Hablaré con el profesor Dumbledore para ver si podemos suspender la
regla del primer año. Los cielos saben que necesitamos un equipo mejor que el
del año pasado. Fuimos aplastados por Slytherin en ese último partido. No pude
mirar a la cara a Severus Snape en varias semanas...
Muchos
soltaron risitas.
La profesora McGonagall observó con severidad a Harry, por encima de
sus gafas.
—Quiero oír que te entrenas mucho, Potter, o cambiaré de idea sobre tu
castigo.
Luego, súbitamente, sonrió.
—Tu padre habría estado orgulloso —dijo—. Era un excelente jugador de
quidditch.
-Gracias
profesora –Dijo James – Y si lo estoy –Dijo mirando a Harry, que sonrió, era un
sueño hecho realidad.
—Es una broma.
Era la hora de la cena. Harry había terminado de contarle a Ron todo lo
sucedido cuando dejó el parque con la profesora McGonagall. Ron tenía un trozo
de carne y pastel de riñón en el tenedor; pero se olvidó de llevárselo a la
boca.
-Wow,
hay que escribirlo –Dijo George causando risas.
— ¿Buscador? —dijo—. Pero los de primer año nunca... Serías el jugador
más joven en...
—Un siglo —terminó Harry, metiéndose un trozo de pastel en la boca.
Tenía muchísima hambre después de toda la excitación de la tarde—. Wood me lo
dijo.
Ron estaba tan sorprendido e impresionado que sé quedó mirándolo
boquiabierto.
—Tengo que empezar a entrenarme la semana que viene —dijo Harry—. Pero
no se lo digas a nadie, Wood quiere mantenerlo en secreto.
Fred y George Weasley aparecieron en el comedor; vieron a Harry y se
acercaron rápidamente.
—Bien hecho —dijo George en voz baja—. Wood nos lo contó. Nosotros
también estamos en el equipo. Somos golpeadores.
-Los
golpeadores mas sexys –Dijo George.
-O no,
el golpeador mas sexy soy yo –Dijo Sirius.
-Señor
Weasley, siga leyendo –Dijo la profesora McGonagall antes de que inicien una
pelea sobre quien es el golpeador más sexy.
—Te lo aseguro, vamos a ganar la copa de quidditch este curso —dijo
Fred—. No la ganamos desde que Charlie se fue, pero el equipo de este año será
muy bueno. Tienes que hacerlo bien, Harry. Wood casi saltaba cuando nos lo
contó.
—Bueno, tenemos que irnos. Lee Jordan cree que ha descubierto un nuevo
pasadizo secreto, fuera del colegio.
—Seguro que es el que hay
-¡No lo
digas! –Gritaron los Merodeadores.
Detrás de la estatua de Gregory Smarmy, que nosotros encontramos en nuestra primera semana.
-¿Primera
semana? –Dijeron impresionados los Merodeadores, a lo que George asintió
orgulloso.
Fred y George acababan de desaparecer, cuando se presentaron unos
visitantes mucho menos agradables. Malfoy, flanqueado por Crabbe y Goyle.
— ¿Comiendo la última cena, Potter? ¿Cuándo coges el tren para volver
con los muggles?
—Eres mucho más valiente ahora que has vuelto a tierra firme y tienes a
tus «amiguitos» —dijo fríamente Harry. Por supuesto que en Crabbe y Goyle no
había nada que justificara el diminutivo, pero como la Mesa Alta estaba llena
de profesores, no podían hacer más que crujir los nudillos y mirarlo con el ceño
fruncido.
—Nos veremos cuando quieras —dijo Malfoy—. Esta noche, si quieres. Un
duelo de magos. Sólo varitas, nada de contacto. ¿Qué pasa? Nunca has oído
hablar de duelos de magos, ¿verdad?
—Por supuesto que sí —dijo Ron, interviniendo—. Yo soy su segundo.
¿Cuál es el tuyo?
Malfoy miró a Crabbe y Goyle, valorándolos.
—Crabbe —respondió—. A medianoche, ¿de acuerdo? Nos encontraremos en el
salón de los trofeos, nunca se cierra con llave.
Cuando Malfoy se fue, Ron y Harry se miraron.
— ¿Qué es un duelo de magos? —Preguntó Harry—. ¿Y qué quiere decir que
seas mi segundo?
—Bueno, un segundo es el que se hace cargo, si te matan —dijo Ron sin
darle importancia. Al ver la expresión de Harry, añadió rápidamente—: Pero la
gente sólo muere en los duelos reales, ya sabes, con magos de verdad. Lo máximo
que podéis hacer Malfoy y tú es mandaros chispas uno al otro. Ninguno sabe
suficiente magia para hacer verdadero daño. De todos modos, seguro que él
esperaba que te negaras.
— ¿Y si levanto mi varita y no sucede nada?
-Le das
un puñetazo -Contestaron la mayoría de
los hombres.
—La tiras y le das un puñetazo en la nariz —le sugirió Ron.
Algunos
rieron por la coincidencia.
—Disculpad.
-¡Hermione
entra en acción! –Dijeron los Merodeadores y George.
Los dos miraron. Era Hermione Granger.
— ¿No se puede comer en paz en este lugar? —dijo Ron.
Hermione no le hizo caso y se dirigió a Harry
—No pude dejar de oír lo que tú y Malfoy estabais diciendo...
—No esperaba otra cosa —murmuró Ron.
-Eras
cruel –Le dijo Hermione, Ron la abrazó y la beso.
—... y no debes andar por el colegio de noche. Piensa en los puntos que
perderás para Gryffindor si te atrapan, y lo harán. La verdad es que es muy
egoísta de tu parte.
—Y la verdad es que no es asunto tuyo —respondió Harry.
—Adiós —añadió Ron.
De todos modos, pensó Harry, aquello no era lo que llamaría un perfecto
final para el día. Estaba acostado, despierto, oyendo dormir a Seamus y a Dean
(Neville no había regresado de la enfermería). Ron había pasado toda la velada
dándole consejos del tipo de: «Si trata de maldecirte, será mejor que te
escapes, porque no recuerdo cómo se hace para pararlo». Tenían grandes
probabilidades de que los atraparan Filch o la Señora Norris, y Harry sintió
que estaba abusando de su suerte al transgredir otra regla del colegio en un
mismo día. Por otra parte, el rostro burlón de Malfoy se le aparecía en la
oscuridad, y aquélla era la gran oportunidad de vencerlo frente a frente. No
podía perderla.
—Once y media —murmuró finalmente Ron—. Mejor nos vamos ya.
Se pusieron las batas, cogieron sus varitas y se lanzaron a través del
dormitorio de la torre.
Bajaron la escalera de caracol y entraron en la sala común de
Gryffindor. Todavía brillaban algunas brasas en la chimenea, haciendo que todos
los sillones parecieran sombras negras. Ya casi habían llegado al retrato,
cuando una voz habló desde un sillón cercano.
—No puedo creer que vayas a hacer esto, Harry.
Una luz brilló. Era Hermione Granger; con el rostro ceñudo y una bata
rosada.
— ¡Tu! —dijo Ron furioso—. ¡Vuelve a la cama!
—Estuve a punto de decírselo a tu hermano —contestó enfadada Hermione—.
Percy es el prefecto y puede deteneros.
-Buchona
–Dijeron los Merodeadores.
Harry no podía creer que alguien fuera tan entrometido.
-Perdón
–dijo Harry rápidamente.
—Vamos —dijo a Ron. Empujó el retrato de la Dama Gorda y se metió por
el agujero.
Hermione no iba a rendirse tan fácilmente. Siguió a Ron a través del
agujero, gruñendo como una gansa enfadada.
—No os importa Gryffindor; ¿verdad? Sólo os importa lo vuestro. Yo no
quiero que Slytherin gane la copa de las casas y vosotros vais a perder todos
los puntos que yo conseguí de la profesora McGonagall por conocer los
encantamientos para cambios.
—Vete.
—Muy bien, pero os he avisado. Recordad todo lo que os he dicho cuando
estéis en el tren volviendo a casa mañana. Sois tan...
Pero lo que eran no lo supieron. Hermione había retrocedido hasta el
retrato de la Dama Gorda, para volver; y descubrió que la tela estaba vacía. La
Dama Gorda se había ido a una visita nocturna y Hermione estaba encerrada,
fuera de la torre de Gryffindor.
— ¿Y ahora qué voy a hacer? —preguntó con tono agudo.
—Ése es tu problema —dijo Ron—. Nosotros tenemos que irnos o llegaremos
tarde.
No habían llegado al final del pasillo cuando Hermione los alcanzó.
—Voy con vosotros —dijo.
—No lo harás.
— ¿No creeréis que me voy a quedar aquí, esperando a que Filch me atrape?
Si nos encuentra a los tres, yo le diré la verdad, que estaba tratando de
deteneros, y vosotros me apoyaréis.
-Eso se
llama ser caradura –Dijo Sirius.
—Eres una caradura —dijo Ron en voz alta.
—Callaos los dos —dijo Harry en tono cortante—. He oído algo.
Era una especie de respiración.
— ¿La Señora Norris? —resopló Ron, tratando de ver en la oscuridad.
No era la Señora Norris. Era Neville. Estaba enroscado en el suelo,
medio dormido, pero se despertó súbitamente al oírlos.
— ¡Gracias a Dios que me habéis encontrado! Hace horas que estoy aquí. No
podía recordar el nuevo santo y seña para irme a la cama.
Muchos
rieron.
—No hables tan alto, Neville. El santo y seña es «hocico de cerdo»,
pero ahora no te servirá, porque la Dama Gorda se ha ido no sé dónde.
— ¿Cómo está tu muñeca? —preguntó Harry
—Bien —contestó, enseñándosela—. La señora Pomfrey me la arregló en un
minuto.
—Bueno, mira, Neville, tenemos que ir a otro sitio. Nos veremos más
tarde...
— ¡No me dejéis! —dijo Neville, tambaleándose—. No quiero quedarme aquí
solo. El Barón Sanguinario ya ha pasado dos veces.
Ron miró su reloj y luego echó una mirada furiosa a Hermione y Neville.
—Si nos atrapan por vuestra culpa, no descansaré hasta aprender esa
Maldición de los Demonios, de la que nos habló Quirrell, y la utilizaré contra
vosotros.
-¡Ron! –Gritó
la señora Weasley.
Hermione abrió la boca, tal vez para decir a Ron cómo utilizar la
Maldición de los Demonios, pero Harry susurró que se callara y les hizo señas
para que avanzaran.
-Parece
James –Dijo Sirius.
Se deslizaron por pasillos iluminados por el claro de luna, que entraba
por los altos ventanales. En cada esquina, Harry esperaba chocar con Filch o la
Señora Norris, pero tuvieron suerte. Subieron rápidamente por una escalera
hasta el tercer piso y entraron de puntillas en el salón de los trofeos.
Malfoy y Crabbe todavía no habían llegado. Las vitrinas con trofeos
brillaban cuando las iluminaba la luz de la luna. Copas, escudos, bandejas y
estatuas, oro y plata reluciendo en la oscuridad. Fueron bordeando las paredes,
vigilando las puertas en cada extremo del salón. Harry empuñó su varita, por si
Malfoy aparecía de golpe. Los minutos pasaban.
—Se está retrasando, tal vez se ha acobardado —susurró Ron.
Entonces un ruido en la habitación de al lado los hizo saltar. Harry ya
había levantado su varita cuando oyeron unas voces. No era Malfoy.
—Olfatea por ahí, mi tesoro. Pueden estar escondidos en un rincón.
-Filch –Dijeron
algunos preocupados, y otros enojados.
Era Filch, hablando con la Señora Norris. Aterrorizado, Harry gesticuló
salvajemente para que los demás lo siguieran lo más rápido posible. Se
escurrieron silenciosamente hacia la puerta más alejada de la voz de Filch.
Neville acababa de pasar, cuando oyeron que Filch entraba en el salón de los
trofeos.
—Tienen que estar en algún lado —lo oyeron murmurar—. Probablemente se
han escondido.
— ¡Por aquí! —señaló Harry a los otros y, aterrados, comenzaron a
atravesar una larga galería, llena de armaduras. Podían oír los pasos de Filch,
acercándose a ellos. Súbitamente, Neville dejó escapar un chillido de miedo y
empezó a correr, tropezó, se aferró a la muñeca de Ron y se golpearon contra
una armadura.
-Que
mala suerte –Dijo Tonks que estaba entre Dorea y Sirius.
Los ruidos eran suficientes para despertar a todo el castillo.
— ¡CORRED! —exclamó Harry, y los cuatro se lanzaron por la galería, sin
darse la vuelta para ver si Filch los seguía. Pasaron por el quicio de la
puerta y corrieron de un pasillo a otro, Harry delante, sin tener ni idea de
dónde estaban o adónde iban. Se metieron a través de un tapiz y se encontraron
en un pasadizo oculto, lo siguieron y llegaron cerca del aula de
Encantamientos, que sabían que estaba a kilómetros del salón de trofeos.
—Creo que lo hemos despistado —dijo Harry, apoyándose contra la pared
fría y secándose la frente. Neville estaba doblado en dos, respirando con
dificultad.
—Te... lo... dije —añadió Hermione, apretándose el pecho—. Te... lo...
dije.
—Tenemos que regresar a la torre Gryffindor —dijo Ron— lo más rápido
posible.
—Malfoy te engañó —dijo Hermione a Harry—. Te has dado cuenta, ¿no? No
pensaba venir a encontrarse contigo. Filch sabía que iba a haber gente en el
salón de los trofeos. Malfoy debió de avisarle.
-Idiota
–Murmuraron la mayoría.
Harry pensó que probablemente tenía razón, pero no iba a decírselo.
-Orgulloso
–Le dijo Hermione pegándole en el hombro.
—Vamos.
No sería tan sencillo. No habían dado más de una docena de pasos,
cuando se movió un pestillo y alguien salió de un aula que estaba frente a ellos.
Era Peeves. Los vio y dejó escapar un grito de alegría.
—Cállate, Peeves, por favor... Nos vas a delatar.
Peeves cacareó.
— ¿Vagabundeando a medianoche, novatos? No, no, no. Malitos, malitos,
os agarrarán del cuellecito.
—No, si no nos delatas, Peeves, por favor.
—Debo decírselo a Filch, debo hacerlo —dijo Peeves, con voz de
santurrón, pero sus ojos brillaban malévolamente—. Es por vuestro bien, ya lo
sabéis.
—Quítate de en medio —ordenó Ron, y le dio un golpe a Peeves.
-Gravísimo
error –Dijeron los Merodeadores.
Aquello fue un gran error.
— ¡ALUMNOS FUERA DE LA CAMA! —Gritó Peeves—. ¡ALUMNOS FUERA DE LA CAMA,
EN EL PASILLO DE LOS ENCANTAMIENTOS!
Pasaron debajo de Peeves y corrieron como para salvar sus vidas, recto
hasta el final del pasillo, donde chocaron contra una puerta... que estaba cerrada.
— ¡Estamos listos! —Gimió Ron, mientras empujaban inútilmente la
puerta—. ¡Esto es el final!
Podían oír las pisadas: Filch corría lo más rápido que podía hacia el
lugar de donde procedían los gritos de Peeves.
—Oh, muévete —ordenó Hermione. Cogió la varita de Harry, golpeó la
cerradura y susurró— ¡Alohomora!
La
mayoría la miraron impresionados.
El pestillo hizo un clic y la puerta se abrió. Pasaron todos, la
cerraron rápidamente y se quedaron escuchando.
— ¿Adónde han ido, Peeves? —Decía Filch—. Rápido, dímelo.
—Di «por favor».
Los
bromistas estallaron en carcajadas.
—No me fastidies, Peeves. Dime adónde fueron.
—No diré nada si me lo pides por favor —dijo Peeves, con su molesta
vocecita.
—Muy bien... por favor.
— ¡NADA! ja, ja. Te dije que no te diría nada si me lo pedías por
favor. ¡Ja, ja! —Y oyeron a Peeves
alejándose y a Filch maldiciendo enfurecido.
—Él cree que esta puerta está cerrada —susurro Harry—. Creo que nos
vamos a escapar. ¡Suéltame, Neville! —Porque Neville le tiraba de la manga
desde hacía un minuto—. ¿Qué pasa?
Harry se dio la vuelta y vio, claramente, lo que pasaba. Durante un
momento, pensó que estaba en una pesadilla: aquello era demasiado, después de
todo lo que había sucedido.
No estaban en una habitación, como él había pensado. Era un pasillo. El
pasillo prohibido del tercer piso. Y ya sabían por qué estaba prohibido.
Todos
prestaron atención, en especial Moody.
Estaban mirando directamente a los ojos de un perro monstruoso, un
perro que llenaba todo el espacio entre el suelo y el techo. Tenía tres
cabezas, seis ojos enloquecidos, tres narices que olfateaban en dirección a
ellos y tres bocas chorreando saliva entre los amarillentos colmillos.
-Yo
quiero uno –Dijo Sirius.
-Con
uno alcanza y sobra –Dijo James, Sirius lo miró ofendido y los del futuro
rieron.
Estaba casi inmóvil, con los seis ojos fijos en ellos, y Harry supo que
la única razón por la que no los había matado ya era porque la súbita aparición
lo había cogido por sorpresa. Pero se recuperaba rápidamente: sus profundos
gruñidos eran inconfundibles.
Harry abrió la puerta. Entre Filch y la muerte, prefería a Filch.
-Todos –Dijo
Charlus.
Retrocedieron y Harry cerró la puerta tras ellos. Corrieron, casi
volaron por el pasillo. Filch debía de haber ido a buscarlos a otro lado, porque
no lo vieron. Pero no les importaba: lo único que querían era alejarse del
monstruo. No dejaron de correr hasta que alcanzaron el retrato de la Dama Gorda
en el séptimo piso.
— ¿Dónde os habíais metido? —les preguntó, mirando sus rostros
sudorosos y rojos y sus batas desabrochadas, colgando de sus hombros.
—No importa... Hocico de cerdo, hocico de cerdo —jadeó Harry, y el
retrato se movió para dejarlos pasar. Se atropellaron para entrar en la sala
común y se desplomaron en los sillones.
Pasó un rato antes de que nadie hablara. Neville, por otra parte,
parecía que nunca más podría decir una palabra.
— ¿Qué pretenden, teniendo una cosa así encerrada en el colegio? —Dijo
finalmente Ron—. Si algún perro necesita ejercicio, es ése.
Varios
soltaron risitas.
Hermione había recuperado el aliento y el mal carácter.
Hermione
frunció el ceño y Harry la abrazó.
— ¿Es que no tenéis ojos en la cara? —dijo enfadada—. ¿No visteis lo
que había debajo de él?
— ¿El suelo? —Sugirió Harry—. No miré sus patas, estaba demasiado
ocupado observando sus cabezas.
—No, el suelo no. Estaba encima de una trampilla. Es evidente que está
vigilando algo.
Lily y
Remus sonrieron cómplices.
Se puso de pie, mirándolos indignada.
—Espero que estéis satisfechos. Nos podía haber matado. O peor,
expulsado. Ahora, si no os importa, me voy a la cama.
Ron la contempló boquiabierto.
—No, no nos importa —dijo— Nosotros no la hemos arrastrado, ¿no?
Pero Hermione le había dado a Harry algo más para pensar, mientras se
metía en la cama. El perro vigilaba algo... ¿Qué había dicho Hagrid? Gringotts
era el lugar más seguro del mundo para cualquier cosa que uno quisiera
ocultar... excepto tal vez Hogwarts.
Parecía que Harry había descubierto dónde estaba el paquetito arrugado
de la cámara setecientos trece.
-Terminó
–Dijo George.
En ese
momento apareció la nube violeta, dejando ver a un pelirrojo, con el cabello
hasta los hombros y unas cicatrices para nada lindas.
-Hola,
soy Bill Weasley –Molly y Arthur sonrieron y vieron a su hijo de 7 años –Tengo 27
años…
-Te
estas poniendo viejo hermanito –Dijo George ganándose un golpe de Bill.
-Estoy
casado y tengo una hija llamada Victoire.
-¡Arthur
vamos a ser abuelos! –Dijo Molly abrazando a su marido.
-Muy
bien, ¿Seguimos leyendo? –Preguntó Dumbledore.
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