El llanto de Teddy se escuchó por toda la habitación,
Ginny se despertó y fue a ver a su casi hijo, lo cargó y su cabello paso de
rojo, por el llanto, a castaño igual a su padre.
-Sos hermosa –Le dijo Harry que se había
despertado, sobresaltando a la pelirroja.
-¡Me asustaste! –Dijo ella golpeándolo, pero
todavía cargando a Teddy.
-¿Vamos a desayunar? –Preguntó Harry dándole un
beso, Ginny asintió y los tres se cambiaron, bah, Harry y Ginny cambiaron a
Teddy.
Entraron al comedor y se sentaron con Ron,
Hermione, George y Neville.
-Buenos días –Dijo la pareja.
-Buenos días –Contestaron los demás.
Se sentaron y empezaron a desayunar, cuando vieron
que James y Lily entraban tomados de las manos, Remus y Alice charlando y
detrás Sirius y Marlene también tomados de las manos.
Sirius le guiño un ojo a Ginny que ella le contestó
con una sonrisa.
-¿Y eso? –Preguntó en un susurro Harry a su novia.
-Después te explico –Contestó ella.
Siguieron desayunando entre bromas de George y los
Merodeadores esperando a los invitados.
-No había visto a George tan animado desde hace
mucho –Le susurró Hermione a Ron que asintió con pesadez, entonces Hermione le
dio un beso.
-¿Y de quien es hijo Teddy? –Preguntó Remus, Harry
se atragantó mientras que los chicos del futuro sonreían.
-Van a tener que adivinar –Dijo Ginny salvando a su
novio de un tartamudeo que podría revelar información.
Cuando los invitados llegaron McGonagall tomó el
libro para leer, espero a ver si venía alguien, pero como la nube violeta no
apareció empezó.
Capítulo 8: El profesor de
pociones.
En el comedor se escucharon
gruñidos, pero es especial de los Merodeadores.
—Allí, mira.
— ¿Dónde?
—Al lado del chico alto y
pelirrojo.
— ¿El de gafas?
— ¿Has visto su cara?
— ¿Has visto su cicatriz?
Harry bufó molesto y sus amigos
lo veían con una sonrisa divertida.
Los murmullos siguieron a
Harry desde el momento en que, al día siguiente, salió del dormitorio. Los
alumnos que esperaban fuera de las aulas se ponían de puntillas para mirarlo, o
se daban la vuelta en los pasillos, observándolo con atención. Harry deseaba
que no lo hicieran, porque intentaba concentrarse para encontrar el camino de
su clase.
En Hogwarts había 142
escaleras, algunas amplias y despejadas, otras estrechas y destartaladas.
-¿Las contaste? –Preguntaron muchos.
-Historia de Hogwarts –Contestó Harry mirando a Hermione que se sonrojo.
Algunas llevaban a un lugar
diferente los viernes. Otras tenían un escalón que desaparecía a mitad de
camino y había que recordarlo para saltar.
-Odio esas escaleras –Dijeron
Neville y Alice.
Después, había puertas que
no se abrían, a menos que uno lo pidiera con amabilidad o les hiciera
cosquillas en el lugar exacto.
-O con algunos cuadros –Dijeron los Merodeadores y George.
-¿Y ustedes como saben eso? –Preguntó McGonagall a los Merodeadores.
-Somos Merodeadores –Contestaron estos.
-¿Y usted? –Preguntó a George.
-Soy su próxima peor pesadilla –Contestó George haciendo que Molly y McGonagall palidecieran.
Y puertas que, en realidad,
no eran sino sólidas paredes que fingían ser puertas. También era muy difícil
recordar dónde estaba todo, ya que parecía que las cosas cambiaban de lugar
continuamente. Las personas de los retratos seguían visitándose unos a otros, y
Harry estaba seguro de que las armaduras podían andar.
-Obviamente –Dijeron muchos.
Los fantasmas tampoco
ayudaban. Siempre era una desagradable sorpresa que alguno se deslizara
súbitamente a través de la puerta que se intentaba abrir. Nick Casi Decapitado
siempre se sentía contento de señalar el camino indicado a los nuevos
Gryffindors.
Todos los Gryffindors sonrieron.
Pero Peeves el Duende se
encargaba de poner puertas cerradas y escaleras con trampas en el camino de los
que llegaban tarde a clase. También les tiraba papeleras
a la cabeza, corría las alfombras debajo de los pies del que pasaba, les tiraba
tizas o, invisible, se deslizaba por detrás, cogía la nariz de alguno y
gritaba: ¡TENGO TU NARIZ!
Algunos rieron.
Pero aún peor que Peeves, si
eso era posible, era el celador, Argus Filch.
-Es posible –Dijeron la mayoría.
Harry y Ron se las
arreglaron para chocar con él, en la primera mañana. Filch los encontró
tratando de pasar por una puerta que, desgraciadamente, resultó ser la entrada
al pasillo prohibido del tercer piso.
Lile negó resignada, un nuevo
Merodeador, mientras que Sirius, James y Remus sonreían orgullosos.
No les creyó cuando dijeron
que estaban perdidos, estaba convencido de que querían entrar a propósito y los
amenazó con encerrarlos en los calabozos, hasta que el profesor Quirrell, que
pasaba por allí, los rescató.
-Idiota –Murmuró el trío de Oro.
Filch tenía una gata llamada
Señora Norris, una criatura flacucha y de color polvoriento, con ojos saltones
como linternas, iguales a los de Filch.
-¿Sigue viva? –Preguntaron
muchos.
Patrullaba sola por los
pasillos. Si uno infringía una regla delante de ella, o ponía un pie fuera de
la línea permitida, se escabullía para buscar a Filch, el cual aparecía dos
segundos más tarde. Filch conocía todos los pasadizos secretos del colegio
mejor que nadie (excepto tal vez los gemelos Weasley)
-Primero: Filch no conoce todos
los pasadizos –Dijo George.
-Y segundo: Nosotros conocemos
TODOS los pasadizos –Dijeron James y
Sirius mirando de reojo a Remus.
Y podía aparecer tan
súbitamente como cualquiera de los fantasmas. Todos los estudiantes lo
detestaban, y la más soñada ambición de muchos era darle una buena patada a la
Señora Norris.
-Recuérdame porque no lo hicimos
cuando pudimos –Susurró Ron a Harry.
-Salvábamos el mundo mágico
–Contestó Harry.
Y después, cuando por fin
habían encontrado las aulas, estaban las clases. Había mucho más que magia,
como Harry descubrió muy pronto, mucho más que agitar la varita y decir unas
palabras graciosas.
Tenían que estudiar los
cielos nocturnos con sus telescopios, cada miércoles a medianoche, y aprender
los nombres de las diferentes estrellas y los movimientos de los planetas. Tres
veces por semana iban a los invernaderos de detrás del castillo a estudiar
Herbología, con una bruja pequeña y regordeta llamada profesora Sprout, y
aprendían a cuidar de todas las plantas extrañas y hongos y a descubrir para
qué debían utilizarlas.
La profesora le sonrió a Harry.
Pero la asignatura más
aburrida era Historia de la Magia, la única clase dictada por un fantasma.
-Ni que lo digas –Dijeron casi
todos.
El profesor Binns ya era muy
viejo cuando se quedó dormido frente a la chimenea del cuarto de profesores y
se levantó a la mañana siguiente para dar clase, dejando atrás su cuerpo. Binns
hablaba monótonamente, mientras escribía nombres y fechas, y hacia que Elmerico
el Malvado y Ulrico el Chiflado se confundieran.
El profesor Flitwick, el de
la clase de Encantamientos, era un brujo diminuto que tenía que subirse a unos
cuantos libros para ver por encima de su escritorio. Al comenzar la primera
clase, sacó la lista y, cuando llegó al nombre de Harry, dio un chillido de
excitación y desapareció de la vista.
Todos rieron imaginándose esa
escena mientras el profesor se sonrojaba.
La profesora McGonagall era
siempre diferente. Harry había tenido razón al pensar que no era una profesora
con quien se pudiera tener problemas. Estricta e inteligente, les habló en el
primer momento en que se sentaron, el día de su primera clase.
—Transformaciones es una de
las magias más complejas y peligrosas que aprenderéis en Hogwarts —dijo—.
Cualquiera que pierda el tiempo en mi clase tendrá que irse y no podrá volver.
Ya estáis prevenidos.
-¡Mentira! –Gritaron James y
Sirius, mientras su profesora los miraba divertida.
Entonces transformó un
escritorio en un cerdo y luego le devolvió su forma original. Todos estaban muy
impresionados y no aguantaban las ganas de empezar, pero muy pronto se dieron
cuenta de que pasaría mucho tiempo antes de que pudieran transformar muebles en
animales. Después de hacer una cantidad de complicadas anotaciones, le dio a
cada uno una cerilla para que intentaran convertirla en una aguja. Al final de
la clase, sólo Hermione Granger había hecho algún cambio en la cerilla. La
profesora McGonagall mostró a todos cómo se había vuelto plateada y puntiaguda,
y dedicó a la niña una excepcional sonrisa.
-Hermione haces milagros –Le dijo
George haciendo que se sonrojara.
La clase que todos esperaban
era Defensa Contra las Artes Oscuras, pero las lecciones de Quirrell resultaron
ser casi una broma. Su aula tenía un fuerte olor a ajo, y todos decían que era
para protegerse de un vampiro que había conocido en Rumania y del que tenía
miedo de que volviera a buscarlo.
-¿Cómo va a dar clase si le teme
a su materia? –Preguntó Remus.
Su turbante, les dijo, era
un regalo de un príncipe africano como agradecimiento por haberlo liberado de
un molesto zombi, pero ninguno creía demasiado en su historia. Por un lado,
porque cuando Seamus Finnigan se mostró deseoso de saber cómo había derrotado
al zombi, el profesor Quirrell se ruborizó y comenzó a hablar del tiempo, y por
el otro, porque habían notado que el curioso olor salía del turbante, y los
gemelos Weasley insistían en que estaba lleno de ajo, para proteger a Quirrell
cuando el vampiro apareciera.
-Hubiera sido preferible que
tuviera ajo –Murmuró Harry.
Harry se sintió muy aliviado
al descubrir que no estaba mucho más atrasado que los demás. Muchos procedían
de familias muggle y, como él, no tenían ni idea de que eran brujas y magos.
Había tantas cosas por aprender que ni siquiera un chico como Ron tenía mucha
ventaja.
-Te lo dije y no me hiciste caso
–Dijo Ron a Harry que se ruborizó.
El viernes fue un día
importante para Harry y Ron. Por fin encontraron el camino hacia el Gran
Comedor a la hora del desayuno, sin perderse ni una vez.
— ¿Qué tenemos hoy?
—preguntó Harry a Ron, mientras echaba azúcar en sus cereales.
—Pociones Dobles con los de
Slytherin —respondió Ron—. Snape es el Jefe de la Casa Slytherin. Dicen que
siempre los favorece a ellos... Ahora veremos si es verdad.
-Es verdad –Dijeron los del
futuro, y McGonagall fulminó con la mirada al Slytherin.
—Ojala McGonagall nos
favoreciera a nosotros —dijo Harry. La profesora McGonagall era la jefa de la
casa Gryffindor; pero eso no le había impedido darles una gran cantidad de
deberes el día anterior.
-Ella favorece a Gryffindor, solo
que no se nota –Dijo James sonriendo a su profesora que se ruborizó levemente.
Justo en aquel momento llegó
el correo. Harry ya se había acostumbrado, pero la primera mañana se impresionó
un poco cuando unas cien lechuzas entraron súbitamente en el Gran Comedor
durante el desayuno, volando sobre las mesas hasta encontrar a sus dueños, para
dejarles caer encima cartas y paquetes.
Hedwig no le había llevado
nada hasta aquel día.
James y Lily bajaron la cabeza,
mientras que Sirius y Remus se preguntaban donde estaban ellos.
Algunas veces volaba para mordisquearle una
oreja y conseguir una tostada, antes de volver a dormir en la lechucería, con
las otras lechuzas del colegio. Sin embargo, aquella mañana pasó volando entre
la mermelada y la azucarera y dejó caer un sobre en el plato de Harry Este lo
abrió de inmediato.
Querido Harry (decía con
letra desigual),
Sé que tienes las tardes de
los viernes libres, así que ¿te gustaría venir a tomar una taza de té conmigo,
a eso de las tres? Quiero que me cuentes todo lo de tu primera semana. Envíame
la respuesta con Hedwig.
Hagrid
-Gracias Hagrid –Dijeron James y
Lily.
-Por nada –Contestó el con una
sonrisa.
Harry cogió prestada la
pluma de Ron y contestó: «Sí, gracias, nos veremos más tarde», en la parte de
atrás de la nota, y la envió con Hedwig.
Fue una suerte que Hagrid
hubiera invitado a Harry a tomar el té, porque la clase de Pociones resultó ser
la peor cosa que le había ocurrido allí, hasta entonces.
-Lunático hazme el favor de sacar
pergamino y pluma –Remus asintió y empezó a escribir.
-¿Qué hace? –Preguntó Lily.
-Planea una broma al puro estilo
Merodeador –Explicó James.
-También anota a los Dursley
–Dijo Sirius, Remus asintió y siguió escribiendo.
-Y yo pensaba que era el sensato
–Dijo McGonagall.
James y Sirius volvieron a
carcajearse.
-Si Remus fuera sensato
estaríamos arruinados –Dijo James entre risas.
Al comenzar el banquete de
la primera noche, Harry había pensado que no le caía bien al profesor Snape.
Pero al final de la primera clase
de Pociones supo que no se había equivocado. No era sólo que a Snape no le
gustara Harry: lo detestaba.
-Entiendo esa sensación –Dijo
James haciendo que Harry riera.
Las clases de Pociones se
daban abajo, en un calabozo. Hacía mucho más frío allí que arriba, en la parte
principal del castillo, y habría sido igualmente tétrico sin todos aquellos
animales conservados, flotando en frascos de vidrio, por todas las paredes.
-Que asco –Dijo Tonks que estaba
entre Remus y Sirius.
-¿Ella es…? –Preguntó George.
-La misma –Contestó Ginny con
una sonrisa y abrazando a Teddy.
-Wow –Fue lo único que pudo
decir.
Snape, como Flitwick,
comenzó la clase pasando lista y, como Flitwick, se detuvo ante el nombre de
Harry
—Ah, sí —murmuró—. Harry
Potter. Nuestra nueva... celebridad.
Los Merodeadores gruñeron,
mientras que Lily lo miraba decepcionado.
Draco Malfoy y sus amigos
Crabbe y Goyle rieron tapándose la boca.
Snape terminó de pasar lista
y miró a la clase. Sus ojos eran tan negros como los de Hagrid, pero no tenían
nada de su calidez. Eran fríos y vacíos y hacían pensar en túneles oscuros.
—Vosotros estáis aquí para
aprender la sutil ciencia y el arte exacto de hacer pociones —comenzó. Hablaba
casi en un susurro, pero se le entendía todo. Como la profesora McGonagall,
Snape tenía el don de mantener a la clase en silencio, sin ningún esfuerzo—.
Aquí habrá muy poco de estúpidos movimientos de varita y muchos de vosotros
dudaréis que esto sea magia. No espero que lleguéis a entender la belleza de un
caldero hirviendo suavemente, con sus vapores relucientes, el delicado poder de
los líquidos que se deslizan a través de las venas humanas, hechizando la
mente, engañando los sentidos... Puedo enseñaros cómo embotellar la fama,
preparar la gloria, hasta detener la muerte... si sois algo más que los
alcornoques a los que habitualmente tengo que enseñar.
-¡Señor Snape! ¡Esas no son
formas de hablar a los alumnos! –Gritó la profesora McGonagall.
-¡Todavía no hago nada! –Se
defendió el chico.
Más silencio siguió a aquel
pequeño discurso. Harry y Ron intercambiaron miradas con las cejas levantadas.
Hermione Granger estaba sentada en el borde de la silla, y parecía desesperada
por empezar a demostrar que ella no era un alcornoque.
-¡Harry! –Se escandalizó Hermione
mientras se sonrojaban.
Los del futuro empezaron a reír,
inclusive Teddy.
-No puedes negar la verdad
–Contestó Harry.
— ¡Potter! —Dijo de pronto
Snape—. ¿Qué obtendré si añado polvo de raíces de asfódelo a una infusión de
ajenjo?
-Remus ¿Estas escribiendo?
–Preguntó James mientras apretaba la mandíbula. Remus asintió y siguió
escribiendo.
¿Raíz en polvo de qué a una
infusión de qué? Harry miró de reojo a Ron, que parecía tan desconcertado como
él. La mano de Hermione se agitaba en el aire.
—No lo sé, señor —contestó
Harry.
Los labios de Snape se
curvaron en un gesto burlón.
—Bah, bah... es evidente que
la fama no lo es todo.
No hizo caso de la mano de
Hermione.
—Vamos a intentarlo de
nuevo, Potter. ¿Dónde buscarías si te digo que me encuentres un bezoar?
-¡Esa pregunta es de sexto!
–Gritó Lily furiosa- Yo los ayudo con la broma.
Todos la miraron sorprendidos y
Snape tragó en seco, Lily enojada es como si te encerraran con un león
enjaulado al que no le dan comer hace tres días.
Hermione agitaba la mano tan
alta en el aire que no necesitaba levantarse del asiento para que la vieran,
pero Harry no tenía la menor idea de lo que era un bezoar. Trató de no mirar a
Malfoy y a sus amigos, que se desternillaban de risa.
—No lo sé, señor.
—Parece que no has abierto
ni un libro antes de venir. ¿No es así, Potter?
Harry se obligó a seguir
mirando directamente aquellos ojos fríos. Sí había mirado sus libros en casa de
los Dursley, pero ¿cómo esperaba Snape que se acordara de todo lo que había en
Mil hierbas mágicas y hongos?
Snape seguía haciendo caso
omiso de la mano temblorosa de Hermione.
— ¿Cuál es la diferencia,
Potter; entre acónito y luparia?
Ante eso, Hermione se puso
de pie, con el brazo extendido hacia el techo de la mazmorra.
—No lo sé —dijo Harry con
calma—. Pero creo que Hermione lo sabe. ¿Por qué no se lo pregunta a ella?
La mayoría estallaron en
carcajadas mientras que Harry se disculpaba con Hermione que se ruborizó y
empezó a pegarle a Harry.
-Hermione te agradecería que
dejaras de pegarle –Le dijo Ginny, que sostenía a un Teddy muy risueño mirando
como le pegaban a su padrino.
Unos pocos rieron. Harry
captó la mirada de Seamus, que le guiñó un ojo. Snape, sin embargo, no estaba
complacido.
—Siéntate —gritó a
Hermione—. Para tu información, Potter; asfódelo y ajenjo producen una poción para
dormir tan poderosa que es conocida como Filtro de Muertos en Vida. Un bezoar
es una piedra sacada del estómago de una cabra y sirve para salvarte de la
mayor parte de los venenos. En lo que se refiere a acónito y luparia, es la
misma planta. Bueno, ¿por qué no lo estáis apuntando todo?
Se escuchó un gruñido general.
Se produjo un súbito
movimiento de plumas y pergaminos. Por encima del ruido, Snape dijo:
—Y se le restará un punto a
la casa Gryffindor por tu descaro, Potter.
Las cosas no mejoraron para
los Gryffindors a medida que continuaba la clase de Pociones. Snape los puso en
parejas, para que mezclaran una poción sencilla para curar forúnculos. Se paseó
con su larga capa negra, observando cómo pesaban ortiga seca y aplastaban
colmillos de serpiente, criticando a todo el mundo salvo a Malfoy, que parecía
gustarle. En el preciso momento en que les estaba diciendo a todos que miraran
la perfección con que Malfoy había cocinado a fuego lento los pedazos de
cuernos, multitud de nubes de un ácido humo verde y un fuerte silbido llenaron
la mazmorra. De alguna forma, Neville se las había ingeniado para convertir el
caldero de Seamus en un engrudo hirviente que se derramaba sobre el suelo,
quemando y haciendo agujeros en los zapatos de los alumnos.
Algunos rieron mientras que
Neville y Frank que sonrojaban.
-Definitivamente, es hereditario –Dijeron
los Merodeadores.
En segundos, toda la clase
estaba subida a sus taburetes, mientras que Neville, que se había empapado en
la poción al volcarse sobre él el caldero, gemía de dolor; por sus brazos y
piernas aparecían pústulas rojas.
— ¡Chico idiota! —Dijo Snape
con enfado, haciendo desaparecer la poción con un movimiento de su varita—.
Supongo que añadiste las púas de erizo antes de sacar el caldero del fuego,
¿no?
-¡Señor Snape! ¿¡Cómo va a
gritarle así a un alumno!? –Gritó McGonagall y Severus se encogió en su asiento.
Neville lloriqueaba,
mientras las pústulas comenzaban a aparecer en su nariz.
—Llévelo a la enfermería
—ordenó Snape a Seamus. Luego se acercó a Harry y Ron, que habían estado
trabajando cerca de Neville.-Tu, Harry Potter. ¿Por qué no le dijiste que no
pusiera las púas? Pensaste que si se equivocaba quedarías bien, ¿no es cierto?
Éste es otro punto que pierdes para Gryffindor.
James y Sirius iban a pararse
pero sus respectivas novias los frenaron.
Aquello era tan injusto que
Harry abrió la boca para discutir, pero Ron le dio una patada por debajo del
caldero.
—No lo provoques —murmuró—.
He oído decir que Snape puede ser muy desagradable.
-Ni que lo digas –Dijeron los de
futuro y los Merodeadores.
Una hora más tarde, cuando
subían por la escalera para salir de las mazmorras, la mente de Harry era un
torbellino y su ánimo estaba por los suelos. Había perdido dos puntos para
Gryffindor en su primera semana... ¿Por qué Snape lo odiaba tanto?
-Fácil, piensa que tu eres yo –Dijo
James bajando la cabeza con rabia, y Lily lo abrazó.
—Anímate —dijo Ron—. Snape
siempre le quitaba puntos a Fred y a George. ¿Puedo ir a ver a Hagrid contigo?
-Mientras mas, mejor –Dijo Hagrid
sonriéndole a los dos amigos.
Salieron del castillo cinco
minutos antes de las tres y cruzaron los terrenos que lo rodeaban. Hagrid vivía
en una pequeña casa de madera, en el borde del bosque prohibido. Una ballesta y
un par de botas de goma estaban al lado de la puerta delantera.
Cuando Harry llamó a la
puerta, oyeron unos frenéticos rasguños y varios ladridos. Luego se oyó la voz
de Hagrid, diciendo:
—Atrás, Fang, atrás.
La gran cara peluda de
Hagrid apareció al abrirse la puerta.
—Entrad —dijo— Atrás, Fang.
-Hagrid ¿Fang es tu cachorro? –Preguntó
Sirius y Hagrid asintió- Amo a ese cachorro –Dijo con una sonrisa, que solo
entendieron en su totalidad James, Remus, el trío de Oro, Ginny y George.
Los dejó entrar, tirando del
collar de un imponente perro negro.
Había una sola estancia. Del
techo colgaban jamones y faisanes, una cazuela de cobre hervía en el fuego y en
un rincón había una cama enorme con una manta hecha de remiendos.
—Estáis en vuestra casa
—dijo Hagrid, soltando a Fang, que se lanzó contra Ron y comenzó a lamerle las
orejas. Como Hagrid, Fang era evidentemente mucho menos feroz de lo que
parecía.
—Éste es Ron —dijo Harry a
Hagrid, que estaba volcando el agua hirviendo en una gran tetera y sirviendo
pedazos de pastel.
—Otro Weasley, ¿verdad?
—Dijo Hagrid, mirando de reojo las pecas de Ron—. Me he pasado la mitad de mi
vida ahuyentando a tus hermanos gemelos del bosque.
-¿¡CÓMO QUE DEL BOSQUE!? –Gritó Molly
a George que se puso pálido.
-Si dijo eso, porque quieren
entrar al bosque estamos fritos –Murmuró Ron a Harry que asintió con miedo.
El pastel casi les rompió
los dientes, pero Harry y Ron fingieron que les gustaba, mientras le contaban a
Hagrid todo lo referente a sus primeras clases. Fang tenía la cabeza apoyada
sobre la rodilla de Harry y babeaba sobre su túnica.
Harry y Ron se quedaron
fascinados al oír que Hagrid llamaba a Filch «ese viejo bobo».
Los Merodeadores, Ron y George se
pararon y empezaron a aplaudir a Hagrid que se sonrojó.
—Y en lo que se refiere a
esa gata, la Señora Norris, me gustaría presentársela un día a Fang. ¿Sabéis
que cada vez que voy al colegio me sigue todo el tiempo? No me puedo librar de
ella. Filch la envía a hacerlo.
Harry le contó a Hagrid lo
de la clase de Snape. Hagrid, como Ron, le dijo a Harry que no se preocupara,
que a Snape no le gustaba ninguno de sus alumnos.
—Pero realmente parece que
me odie.
— ¡Tonterías! —Dijo Hagrid—.
¿Por qué iba a hacerlo?
-Porque no sabe diferenciar a las
personas –Dijo James apretando los puños.
Sin embargo, Harry no podía
dejar de pensar en que Hagrid había mirado hacia otro lado cuando dijo aquello.
— ¿Y cómo está tu hermano
Charlie? —Preguntó Hagrid a Ron—. Me gustaba mucho, era muy bueno con los
animales.
Harry se preguntó si Hagrid
no estaba cambiando de tema a propósito. Mientras Ron le hablaba a Hagrid del
trabajo de Charles con los dragones, Harry miró el recorte del periódico que
estaba sobre la mesa. Era de El Profeta.
RECIENTE ASALTO EN GRINGOTTS
-¿¡QUÉ!? –Gritaron muchos.
Continúan las
investigaciones del asalto que tuvo lugar en Gringotts el 31 de julio. Se cree
que se debe al trabajo de oscuros magos y brujas desconocidos.
Los gnomos de Gringotts
insisten en que no se han llevado nada. La cámara que se registró había sido
vaciada aquel mismo día.
«Pero no vamos a decirles
qué había allí, así que mantengan las narices fuera de esto, si saben lo que
les conviene», declaró esta tarde un gnomo portavoz de Gringotts.
Harry recordó que Ron le
había contado en el tren que alguien había tratado de robar en Gringotts, pero
su amigo no había mencionado la fecha.
— ¡Hagrid! —Dijo Harry—. ¡Ese
robo en Gringotts sucedió el día de mi cumpleaños! ¡Pudo haber sucedido
mientras estábamos allí!
Moody, (que había sido llamado),
prestó demasiada atención.
Aquella vez no tuvo dudas:
Hagrid decididamente evitó su mirada. Gruñó y le ofreció más pastel. Harry
volvió a leer la nota. «La cámara que se registró había sido vaciada aquel
mismo día.» Hagrid había vaciado la cámara setecientos trece, si puede llamarse
vaciarla a sacar un paquetito arrugado. ¿Sería eso lo que estaban buscando los
ladrones?
Mientras Harry y Ron
regresaban al castillo para cenar, con los bolsillos llenos del pétreo pastel
que fueron demasiado amables para rechazar; Harry pensaba que ninguna de las
clases le había hecho reflexionar tanto como aquella merienda con Hagrid.
¿Hagrid habría sacado el paquete justo a tiempo? ¿Dónde podía estar? ¿Sabría
algo sobre Snape que no quería decirle?
-Terminó el capitulo –Dijo la
profesora.
-Profesor ¿podemos tomar un
descanso? Necesito cambiar a Teddy –Dijo Ginny.
-En 20 minutos nos encontraremos
otra vez aquí –Anunció el director y los alumnos fueron saliendo.
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