Bill se sentó y vio
que estaba el y algunos de sus hermanos menores chiquitos.
-Es raro verme a mi
mismo con siete años –Dijo Bill causando risas, luego reparó en que también
estaba Tonks y sonrió con nostalgia.
Abrió el libro y leyó:
Capítulo 10: Halloween
-Adoro la fiesta de
Halloween –Dijo Sirius.
-Esta fiesta tiene su lado
bueno y su lado malo –Dijo Ron mirando a Hermione de reojo.
Malfoy no podía creer lo que
veían sus ojos, cuando vio que Harry y Ron todavía estaban en Hogwarts al día
siguiente, con aspecto cansado pero muy alegre.
En realidad, por la mañana
Harry y Ron pensaron que el encuentro con el perro de tres cabezas había sido
una excelente aventura, y ya estaban preparados para tener otra.
-Eso es TU culpa –Dijo Lily pegándole a James.
Mientras tanto, Harry le
habló a Ron del paquete que había sido llevado de Gringotts a Hogwarts, y
pasaron largo rato preguntándose qué podía ser aquello para necesitar una
protección así.
—Es algo muy valioso, o muy
peligroso —dijo Ron.
-O las dos cosas –Dijo Lily
y Harry la miró sorprendido.
—O las dos cosas —opinó
Harry.
Varios se sorprendieron por
la coincidencia.
Pero como lo único que
sabían con seguridad del misterioso objeto era que tenía unos cinco centímetros
de largo, no tenían muchas posibilidades de adivinarlo sin otras pistas.
Ni Neville ni Hermione
demostraron el menor interés en lo que había debajo del perro y la trampilla.
Lo único que le importaba a Neville era no volver a acercarse nunca más al
animal.
Alice le sonrió a su hijo.
Hermione se negaba a hablar
con Harry y Ron, pero como era una sabihonda mandona,
-Perdón –Dijeron los dos,
pero igual se ganaron un golpe de Hermione.
Los chicos lo consideraron
como un premio. Lo que realmente deseaban en aquel momento era poder vengarse
de Malfoy y, para su gran satisfacción, la posibilidad llegó una semana más
tarde, por correo.
Mientras las lechuzas
volaban por el Gran Comedor, como de costumbre, la atención de todos se fijó de
inmediato en un paquete largo y delgado, que llevaban seis lechuzas blancas.
Harry estaba tan interesado como los demás en ver qué contenía, y se sorprendió
mucho cuando las lechuzas bajaron y dejaron el paquete frente a él, tirando al
suelo su tocino.
Varios sonrieron pensando en
lo que podía ser, y se acercaron bastante.
Se estaban alejando, cuando
otra lechuza dejó caer una carta sobre el paquete.
Harry abrió el sobre para
leer primero la carta y fue una suerte, porque decía:
NO ABRAS EL PAQUETE EN LA
MESA Contiene tu nueva Nimbus 2.000, pero no quiero que todos sepan que te han
comprado una escoba, porque también querrán una. Oliver Wood te esperará esta
noche en el campo de quidditch a las siete, para tu primera sesión de
entrenamiento.
Profesora McGonagall
-¿Le regalo una escoba?
–Preguntó James perplejo a su profesora de Transformaciones.
-Señor Potter todavía no
hago eso –Contestó esta.
-¿Te regaló una escoba?
–Preguntó a Harry, el asintió.
-Eso se llama favoritismo
–Dijo Sirius.
Harry tuvo dificultades para
ocultar su alegría, mientras le alcanzaba la nota a Ron.
— ¡Una Nimbus 2.000! —Gimió
Ron con envidia—. Yo nunca he tocado ninguna.
Salieron rápidamente del
comedor para abrir el paquete en privado, antes de la primera clase, pero a
mitad de camino se encontraron con Crabbe y Goyle, que les cerraban el camino.
Malfoy le quitó el paquete a Harry y lo examinó.
—Es una escoba —dijo,
devolviéndoselo bruscamente, con una mezcla de celos y rencor en su cara—. Esta
vez lo has hecho, Potter. Los de primer año no tienen permiso para tener una.
Ron no pudo resistirse.
—No es ninguna escoba vieja
—dijo—. Es una Nimbus 2.000. ¿Cuál dijiste que tenías en casa, Malfoy, una
Cometa 260? —Ron rió con aire burlón—. Las Cometa parecen veloces, pero no
tienen nada que hacer con las Nimbus.
-¿Qué sabes tú, Weasley, si
no puedes comprar ni la mitad del palo? —Replicó Malfoy—. Supongo que tú y tus
hermanos tenéis que ir reuniendo la escoba ramita a ramita.
Mas de un gruñido se escuchó
en el comedor y muchas miradas fulminantes fueron hacia el padre del chico.
Antes de que Ron pudiera
contestarle, el profesor Flitwick apareció detrás de Malfoy
—No os estaréis peleando,
¿verdad, chicos? —preguntó con voz chillona.
—A Potter le han enviado una
escoba, profesor —dijo rápidamente Malfoy.
—Sí, sí, está muy bien —dijo
el profesor Flitwick, mirando radiante a Harry—. La profesora McGonagall me
habló de las circunstancias especiales, Potter. ¿Y qué modelo es?
—Una Nimbus 2.000, señor
—dijo Harry, tratando de no reír ante la cara de horror de Malfoy—. Y realmente
es gracias a Malfoy que la tengo.
Harry y Ron subieron por la
escalera, conteniendo la risa ante la evidente furia y confusión de Malfoy.
—Bueno, es verdad —continuó
Harry cuando llegaron al final de la escalera de mármol—. Si él no hubiera
robado la Recordadora de Neville, yo no estaría en el equipo...
— ¿Así que crees que es un
premio por quebrantar las reglas? —Se oyó una voz irritada a sus espaldas.
Hermione subía la escalera, mirando con aire de desaprobación el paquete de
Harry
—Pensaba que no nos hablabas
—dijo Harry.
—Sí, continúa así —dijo
Ron—. Es mucho mejor para nosotros.
-¡Ron! –Se escandalizó Molly
y el solo bajó la cabeza.
Hermione se alejó con la
nariz hacia arriba.
Durante aquel día, Harry
tuvo que esforzarse por atender a las clases. Su mente volvía al dormitorio,
donde su escoba nueva estaba debajo de la cama, o se iba al campo de quidditch,
donde aquella misma noche aprendería a jugar. Durante la cena comió sin darse
cuenta de lo que tragaba, y luego se apresuró a subir con Ron, para sacar; por
fin, a la Nimbus 2.000 de su paquete.
-Igual al padre –Dijeron sus
amigos, haciend que James se sonroje levemente.
—Oh —suspiró Ron, cuando la
escoba rodó sobre la colcha de la cama de Harry.
Hasta Harry, que no sabía
nada sobre las diferencias en las escobas, pensó que parecía maravillosa.
Pulida y brillante, con el mango de caoba, tenía una larga cola de ramitas
rectas y, escrito en letras doradas: «Nimbus 2.000».
Todos los amantes de las
escobas imaginaban a la escoba con una sonrisa.
Cerca de las siete, Harry
salió del castillo y se encaminó hacia el campo de quidditch. Nunca había
estado en aquel estadio deportivo. Había cientos de asientos elevados en
tribunas alrededor del terreno de juego, para que los espectadores estuvieran a
suficiente altura para ver lo que ocurría. En cada extremo del campo había tres
postes dorados con aros en la punta. Le recordaron los palitos de plástico con
los que los niños muggles hacían burbujas, sólo que éstos eran de quince metros
de alto.
Muchos soltaron risitas por
la comparación.
Demasiado deseoso de volver
a volar antes de que llegara Wood, Harry montó en su escoba y dio una patada en
el suelo. Qué sensación. Subió hasta los postes dorados y luego bajó con
rapidez al terreno de juego. La Nimbus 2.000 iba donde él quería con sólo
tocarla.
— ¡Eh, Potter, baja!
Había llegado Oliver Wood.
Llevaba una caja grande de madera debajo del brazo. Harry aterrizó cerca de él.
—Muy bonito —dijo Wood, con
los ojos brillantes—. Ya veo lo que quería decir McGonagall, realmente tienes
un talento natural. Voy a enseñarte las reglas esta noche y luego te unirás al
equipo, para el entrenamiento, tres veces por semana.
-Ves James, tres veces por
semana esta bien, cinco es explotación –Le recriminó Sirius y todo el resto del
equipo estuvo de acuerdo.
Abrió la caja. Dentro había
cuatro pelotas de distinto tamaño.
—Bueno —dijo Wood—. El
quidditch es fácil de entender; aunque no tan fácil de jugar. Hay siete
jugadores en cada equipo. Tres se llaman cazadores.
—Tres cazadores —repitió
Harry, mientras Wood sacaba una pelota rojo brillante, del tamaño de un balón
de fútbol.
—Esta pelota se llama
quaffle —dijo Wood—. Los cazadores se tiran la quaffle y tratan de pasarla por
uno de los aros de gol. Obtienen diez puntos cada vez que la quaffle pasa por
un aro. ¿Me sigues?
-Viste que no era tan
difícil de explicar –Dijo Lily a James haciendo que sus amigos soltaran una
carcajada.
—Los cazadores tiran la
quaffle y la pasan por los aros de gol —recitó Harry—. Entonces es una especie
de baloncesto, pero con escobas y seis canastas.
-¿Qué es baloncesto?
–Preguntaron varios en el comedor.
— ¿Qué es el baloncesto?
—preguntó Wood.
—Olvídalo —respondió
rápidamente Harry
—Hay otro jugador en cada
lado, que se llama guardián. Yo soy guardián de Gryffindor. Tengo que volar
alrededor de nuestros aros y detener los lanzamientos del otro equipo.
-Wood fue el mejor guardian
–Dijo George –Sin ofender Ron.
-No me ofendo, es verdad.
—Tres cazadores y un
guardián —dijo Harry, decidido a recordarlo todo—. Y juegan con la quaffle.
Perfecto, ya lo tengo. ¿Y para qué son ésas? —Señaló las tres pelotas
restantes.
—Ahora te lo enseñaré —dijo
Wood—. Toma esto.
Dio a Harry un pequeño palo,
parecido a un bate de béisbol.
—Voy a enseñarte para qué
son —dijo Wood—. Esas dos son las bludgers.
Enseñó a Harry dos pelotas
idénticas, pero negras y un poco más pequeñas que la roja quaffle. Harry notó
que parecían querer escapar de las tiras que las sujetaban dentro de la caja.
—Quédate atrás —previno Wood
a Harry. Se inclinó y soltó una de las bludgers.
De inmediato, la pelota
negra se elevó en el aire y se lanzó contra la cara de Harry. Harry la rechazó
con el bate, para impedir que le rompiera la nariz, y la mandó volando por el
aire. Pasó zumbando alrededor de ellos y luego se tiró contra Wood, que se las
arregló para sujetarla contra el suelo.
— ¿Ves? —Dijo Wood jadeando,
metiendo la pelota en la caja a la fuerza y asegurándola con las tiras—. Las
bludgers andan por ahí, tratando de derribar a los jugadores de las escobas.
Por eso hay dos golpeadores en cada equipo (los gemelos Weasley son los
nuestros).
George se puso a hacer
reverencias.
Su trabajo es proteger a su
equipo de las bludgers y desviarlas hacia el equipo contrario. ¿Lo has
entendido?
—Tres cazadores tratan de
hacer puntos con la quaffle, el guardián vigila los aros y los golpeadores
mantienen alejadas las bludgers de su equipo —resumió Harry.
—Muy bien —dijo Wood.
—Hum... ¿han matado las
bludgers alguna vez a alguien? —preguntó Harry, deseando que no se le notara la
preocupación.
—Nunca en Hogwarts. Hemos
tenido algunas mandíbulas rotas, pero nada peor hasta ahora. Bueno, el último
miembro del equipo es el buscador. Ese eres tú. Y no tienes que preocuparte por
la quaffle o las bludgers...
—Amenos que me rompan la
cabeza.
—Tranquilo, los Weasley son
los oponentes perfectos para las bludgers. Quiero decir que ellos son como una
pareja de bludgers humanos.
-Somos geniales –Dijo George
con una sonrisa, pero luego se le borro y bajó la cabeza dejando a mas de uno
desconcertado, Ginny lo abrazó y el intentó que las lágrimas cayeran.
Wood buscó en la caja y sacó
la última pelota. Comparada con las otras, era pequeña, del tamaño de una nuez
grande. Era de un dorado brillante y con pequeñas alas plateadas.
—Esta dorada —continuó Wood—
es la snitch. Es la pelota más importante de todas. Cuesta mucho de atrapar por
lo rápida y difícil de ver que es. El trabajo del buscador es atraparla.
Tendrás que ir y venir entre cazadores, golpeadores, la quaffle y las bludgers,
antes de que la coja el otro buscador, porque cada vez que un buscador la
atrapa, su equipo gana ciento cincuenta puntos extra, así que prácticamente
acaba siendo el ganador. Por eso molestan tanto a los buscadores. Un partido de
quidditch sólo termina cuando se atrapa la snitch, así que puede durar
muchísimo. Creo que el record fue tres meses. Tenían que traer sustitutos para
que los jugadores pudieran dormir... Bueno, eso es todo. ¿Alguna pregunta?
Harry negó con la cabeza.
Entendía muy bien lo que tenía que hacer; el problema era conseguirlo.
—Todavía no vamos a
practicar con la snitch —dijo Wood, guardándola con cuidado en la caja—. Está
demasiado oscuro y podríamos perderla. Vamos a probar con unas pocas de éstas.
Sacó una bolsa con pelotas
de golf de su bolsillo y, unos pocos minutos más tarde, Wood y Harry estaban en
el aire. Wood tiraba las pelotas de golf lo más fuertemente que podía en todas
las direcciones, para que Harry las atrapara. Éste no perdió ni una y Wood
estaba muy satisfecho.
James estaba que rebozaba de
orgullo, su sonrisa no podía ser mas grande.
Después de media hora se
hizo de noche y no pudieron continuar.
—La copa de quidditch
llevará nuestro nombre este año —dijo Wood lleno de alegría mientras regresaban
al castillo—. No me sorprendería que resultaras ser mejor jugador que Charles
Weasley. Él podría jugar en el equipo de Inglaterra si no se hubiera ido a
cazar dragones.
-¿¡CAZAR DRAGONES!? –Gritó
escandalizada la señora Weasley, mini-Charlie tenía una sonrisa, pero se estaba
acercando cada vez más a Bill de 27.
-No se lo vas a poder
impedir, lo intentas y no pudiste, y tampoco me vas a cortar el pelo, ni me vas
a sacar el pendiente –Dijo Bill.
Tal vez fue porque estaba
ocupado tres noches a la semana con las prácticas de quidditch, además de todo
el trabajo del colegio, la razón por la que Harry se sorprendió al comprobar
que ya llevaba dos meses en Hogwarts.
El castillo era mucho más su
casa de lo que nunca había sido Privet Drive.
-Entiendo eso –Dijo Sirius,
y un bufido se escuchó de la mesa Slytherin, recien en ese momento Harry se dio
cuenta de que Regulus se encontraba allí.
Sus clases, también, eran
cada vez más interesantes, una vez aprendidos los principios básicos.
En la mañana de Halloween se
despertaron con el delicioso aroma de calabaza asada flotando por todos los
pasillos. Pero lo mejor fue que el profesor Flitwick anunció en su clase de
Encantamientos que pensaba que ya estaban listos para empezar a hacer volar
objetos, algo que todos se morían por hacer; desde que vieron cómo hacía volar
el sapo de Neville. El profesor Flitwick puso a la clase por parejas para que
practicaran. La pareja de Harry era Seamus Finnigan (lo que fue un alivio,
porque Neville había tratado de llamar su atención).
-Perdón –Dijo Harry.
-No hay problema –Contestó
Neville.
Ron, sin embargo, tuvo que
trabajar con Hermione Granger. Era difícil decir quién estaba más enfadado de
los dos. La muchacha no les hablaba desde el día en que Harry recibió su
escoba.
—Y ahora no os olvidéis de
ese bonito movimiento de muñeca que hemos estado practicando —dijo con voz
aguda el profesor; subido a sus libros, como de
costumbre—. Agitar y golpear; recordad, agitar y golpear. Y pronunciar
las palabras mágicas correctamente es muy importante también, no os olvidéis
nunca del mago Baruffio, que dijo «ese» en lugar de «efe» y se encontró tirado
en el suelo con un búfalo en el pecho.
-¡Mentira! –Gritaron James y
Sirius.
-¿Lo intentaron? –Preguntó
Marlene.
-Obviamente –Dijeron James y
Sirius con orgullo y Remus con exasperación.
Era muy difícil. Harry y
Seamus agitaron y golpearon, pero la pluma que debía volar hasta el techo no se
movía del pupitre. Seamus se puso tan impaciente que la pinchó con su varita y
le prendió fuego, y Harry tuvo que apagarlo con su sombrero.
-Seamus tiene la habilidad
de incendiar todo lo que toca –Explicó Ron.
Ron, en la mesa próxima, no
estaba teniendo mucha más suerte.
— ¡Wingardium leviosa!
—gritó, agitando sus largos brazos como un molino.
—Lo estás diciendo mal.
—Harry oyó que Hermione lo reñía—. Es Win-gar-dium levi-o-sa, pronuncia gar más
claro y más largo.
—Dilo, tú, entonces, si eres
tan inteligente —dijo Ron con rabia.
-Error –Dijeron varios.
Hermione se arremangó las
mangas de su túnica, agitó la varita y dijo las palabras mágicas. La pluma se
elevó del pupitre y llegó hasta más de un metro por encima de sus cabezas.
Muchos la miraron
sorprendidos.
— ¡Oh, bien hecho! —gritó el
profesor Flitwick, aplaudiendo—. ¡Mirad, Hermione Granger lo ha conseguido!
Al finalizar la clase, Ron
estaba de muy mal humor.
—No es raro que nadie la
aguante —dijo a Harry, cuando se abrían paso en el pasillo—. Es una pesadilla,
te lo digo en serio.
Hermione bajó la cabeza y
Ron la besó.
Alguien chocó contra Harry.
Era Hermione. Harry pudo ver su cara y le sorprendió ver que estaba llorando.
—Creo que te ha oído.
— ¿Y qué? —Dijo Ron, aunque
parecía un poco incómodo—. Ya debe de haberse dado cuenta de que no tiene
amigos.
-¡Ron! –Gritaron Ginny y
Molly, el solo bajó la cabeza.
Hermione no apareció en la
clase siguiente y no la vieron en toda la tarde. De camino al Gran Comedor,
para la fiesta de Halloween, Harry y Ron oyeron que Parvati Patil le decía a su
amiga Lavender que Hermione estaba llorando en el cuarto de baño de las niñas y
que deseaba que la dejaran sola. Ron pareció más molesto aún, pero un momento
más tarde habían entrado en el Gran Comedor; donde las decoraciones de
Halloween les hicieron olvidar a Hermione.
Mil murciélagos aleteaban
desde las paredes y el techo, mientras que otro millar más pasaba entre las
mesas, como nubes negras, haciendo temblar las velas de las calabazas. El
festín apareció de pronto en los platos dorados, como había ocurrido en el
banquete de principio de año.
Harry se estaba sirviendo
una patata con su piel, cuando el profesor Quirrell llegó rápidamente al
comedor; con el turbante torcido y cara de terror. Todos lo contemplaron
mientras se acercaba al profesor Dumbledore, se apoyaba sobre la mesa y
jadeaba:
—Un trol... en las
mazmorras... Pensé que debía saberlo.
-¿¡Un trol!? –Gritaron
muchos sin poder creerselo.
Y se desplomó en el suelo.
Se produjo un tumulto. Para
que se hiciera el silencio, el profesor Dumbledore tuvo que hacer salir varios
fuegos artificiales de su varita.
—Prefectos —exclamó—,
conducid a vuestros grupos a los dormitorios, de inmediato.
Percy estaba en su elemento.
— ¡Seguidme! ¡Los de primer
año, manteneos juntos! ¡No necesitáis temer al trol si seguís mis órdenes!
Ahora, venid conmigo. Haced sitio, tienen que pasar los de primer año. ¡Perdón,
soy un prefecto!
-Pomposo –Dijo George.
— ¿Cómo ha podido entrar
aquí un trol? —preguntó Harry, mientras subían por la escalera.
—No tengo ni idea, parece ser
que son realmente estúpidos —dijo Ron—. Tal vez Peeves lo dejó entrar; como
broma de Halloween.
Pasaron entre varios grupos
de alumnos que corrían en distintas direcciones. Mientras se abrían camino
entre un tumulto de confundidos Hufflepuffs, Harry súbitamente se aferró al
brazo de Ron.
— ¡Acabo de acordarme...
Hermione!
— ¿Qué pasa con ella?
—No sabe nada del trol.
Ron se mordió el labio.
—Oh, bueno —dijo enfadado—.
Pero que Percy no nos vea.
Hermione le sonrió a Ron.
Se agacharon y se mezclaron
con los Hufflepuffs que iban hacia el otro lado, se deslizaron por un pasillo
desierto y corrieron hacia el cuarto de baño de las niñas. Acababan de doblar
una esquina cuando oyeron pasos rápidos a sus espaldas.
— ¡Percy! —susurró Ron,
empujando a Harry detrás de un gran buitre de piedra.
Sin embargo, al mirar; no
vieron a Percy, sino a Snape. Cruzó el pasillo y desapareció de la vista.
Los Merodeadores fruncieron
el ceño.
— ¿Qué es lo que está
haciendo? —Murmuró Harry—. ¿Por qué no está en las mazmorras, con el resto de
los profesores?
—No tengo la menor idea.
Lo más silenciosamente
posible, se arrastraron por el otro pasillo, detrás de los pasos apagados del
profesor.
—Se dirige al tercer piso
—dijo Harry, pero Ron levantó la mano.
— ¿No sientes un olor raro?
Lily y Molly estaban echas
un manojo de nervios.
Harry olfateó y un aroma
especial llegó a su nariz, una mezcla de calcetines sucios y baño público que
nadie limpia.
Y lo oyeron, un gruñido y
las pisadas inseguras de unos pies gigantescos.
-El trol –Dijo Sirius
preocupado.
Ron señaló al fondo del
pasillo, a la izquierda. Algo enorme se movía hacia ellos. Se ocultaron en las
sombras y lo vieron surgir a la luz de la luna.
Era una visión horrible. Más
de tres metros y medio de alto y tenía la piel de color gris piedra, un
descomunal cuerpo deforme y una pequeña cabeza pelada. Tenía piernas cortas,
gruesas como troncos de árbol, y pies achatados y deformes. El olor que
despedía era increíble. Llevaba un gran bastón de madera que arrastraba por el
suelo, porque sus brazos eran muy largos.
El monstruo se detuvo en una
puerta y miró hacia el interior. Agitó sus largas orejas, tomando decisiones
con su minúsculo cerebro, y luego entró lentamente en la habitación.
—La llave está en la
cerradura —susurró Harry—. Podemos encerrarlo allí.
—Buena idea —respondió Ron
con voz agitada.
Se acercaron hacia la puerta
abierta con la boca seca, rezando para que el trol no decidiera salir. De un
gran salto, Harry pudo empujar la puerta y echarle la llave.
— ¡Sí!
Todos suspiraron aliviados
excepto el trío de oro.
Animados con la victoria,
comenzaron a correr por el pasillo para volver, pero al llegar a la esquina
oyeron algo que hizo que sus corazones se detuvieron: un grito agudo y
aterrorizado, que procedía del lugar que acababan de cerrar con llave.
Otra vez todos se volvieron
a tensar.
—Oh, no —dijo Ron, tan
pálido como el Barón Sanguinario.
— ¡Es el cuarto de baño de
las chicas! —bufó Harry.
— ¡Hermione! —dijeron al
unísono.
Era lo último que querían
hacer; pero ¿qué opción les quedaba? Volvieron a toda velocidad hasta la puerta
y dieron la vuelta a la llave, resoplando de miedo. Harry empujó la puerta y
entraron corriendo.
Hermione Granger estaba
agazapada contra la pared opuesta, con aspecto de estar a punto de desmayarse.
El personaje deforme avanzaba hacia ella, chocando contra los lavamanos.
— ¡Distráelo! —gritó Harry
desesperado y tirando de un grifo, lo arrojó con toda su fuerza contra la
pared.
El trol se detuvo a pocos
pasos de Hermione. Se balanceó, parpadeando con aire estúpido, para ver quién
había hecho aquel ruido. Sus ojitos malignos detectaron a Harry
Lily presionó la mano de
James.
Vaciló y luego se abalanzó
sobre él, levantando su bastón.
— ¡Eh, cerebro de guisante!
—gritó Ron desde el otro extremo, tirándole una cañería de metal. El ser
deforme no pareció notar que la cañería lo golpeaba en la espalda, pero sí oyó
el aullido y se detuvo otra vez, volviendo su horrible hocico hacia Ron y dando
tiempo a Harry para correr.
— ¡Vamos, corre, corre!
—Harry gritó a Hermione, tratando de empujarla hacia la puerta, pero la niña no
se podía mover. Seguía agazapada contra la pared, con la boca abierta de miedo.
Los gritos y los golpes
parecían haber enloquecido al trol. Se volvió y se enfrentó con Ron, que estaba
más cerca y no tenía manera de escapar.
Entonces Harry hizo algo muy
valiente y muy estúpido
-Hijo tuyo tenía que ser
–Dijo Lily golpeando a James.
Corrió, dando un gran salto
y se colgó, por detrás, del cuello de aquel monstruo.
-¿¡Qué hiciste que!? –Gritó
Lily y Harry inconscientemente se alejó de su madre.
La atroz criatura no se daba
cuenta de que Harry colgaba de su espalda, pero hasta un ser así podía sentirlo
si uno le clavaba un palito de madera en la nariz, pues la varita de Harry
todavía estaba en su mano cuando saltó y se había introducido directamente en
uno de los orificios nasales del trol.
Varios hicieron muecas de
asco.
Chillando de dolor; el trol
se agitó y sacudió su bastón, con Harry colgado de su cuello y luchando por su
vida. En cualquier momento el monstruo lo destrozaría, o le daría un golpe
terrible con el bastón.
Hermione estaba tirada en el
suelo, aterrorizada. Ron empuñó su propia varita, sin saber qué iba a hacer; y
se oyó gritar el primer hechizo que se le ocurrió:
— ¡Wingardium leviosa!
Muchos lo miraban como
diciendo “¿Enserio?”
El bastón salió volando de
las manos del trol, se elevó, muy arriba, y luego dio la vuelta y se dejó caer
con fuerza sobre la cabeza de su dueño. El trol se balanceó y cayó boca abajo
con un ruido que hizo temblar la habitación.
Harry se puso de pie. Le
faltaba el aire. Ron estaba allí, con la varita todavía levantada, contemplando
su obra.
Hermione fue la que habló
primero.
— ¿Está... muerto?
—No lo creo —dijo Harry—.
Supongo que está desmayado.
Se inclinó y retiró su
varita de la nariz del trol. Estaba cubierta por una gelatina gris.
—Puaj... qué asco.
La limpió en la piel del
trol.
Un súbito portazo y fuertes
pisadas hicieron que los tres se sobresaltaran. No se habían dado cuenta de
todo el ruido que habían hecho, pero, por supuesto, abajo debían haber oído los
golpes y los gruñidos del trol. Un momento después, la profesora McGonagall
entraba apresuradamente en la habitación, seguida por Snape y Quirrell, que
cerraban la marcha. Quirrell dirigió una mirada al monstruo, se le escapó un
gemido y se dejó caer en un inodoro, apretándose el pecho.
Moody frunció el ceño.
Snape se inclinó sobre el
trol. La profesora McGonagall miraba a Ron y Harry nunca la habían visto tan
enfadada. Tenía los labios blancos. Las esperanzas de ganar cincuenta puntos
para Gryffindor se desvanecieron rápidamente de la mente de Harry.
— ¿En qué estabais pensando,
por todos los cielos? —dijo la profesora McGonagall, con una furia helada.
Harry miró a Ron, todavía con la varita levantada—. Tenéis suerte de que no os
haya matado. ¿Por qué no estabais en los dormitorios?
Snape dirigió a Harry una
mirada aguda e inquisidora. Harry clavó la vista en el suelo. Deseó que Ron
pudiera esconder la varita.
-Perdón –Dijo este.
-Esta bien –Dijo Harry
despreocupadamente.
Entonces, una vocecita
surgió de las sombras.
—Por favor; profesora
McGonagall... Me estaban buscando a mí.
— ¡Hermione Granger!
Hermione finalmente se había
puesto de pie.
—Yo vine a buscar al trol
porque yo... yo pensé que podía vencerlo, porque, ya sabe, había leído mucho
sobre el tema.
-Un momento… -Dijo George
-¡Hermione le miente a un profesor!
-¡Vamos a morir! –Gritaron
James y Sirius.
Ron dejó caer su varita.
¿Hermione Granger diciendo una mentira a su profesora?
—Si ellos no me hubieran
encontrado, yo ahora estaría muerta. Harry le clavó su varita en la nariz y Ron
lo hizo golpearse con su propio bastón. No tuvieron tiempo de ir a buscar
ayuda. Estaba a punto de matarme cuando ellos llegaron.
Harry y Ron trataron de no
poner cara de asombro.
—Bueno... en ese caso —dijo
la profesora McGonagall, contemplando a los tres niños—... Hermione Granger;
eres una tonta. ¿Cómo creías que ibas a derrotar a un trol gigante tú sola?
Hermione bajó la cabeza.
Harry estaba mudo. Hermione era la última persona que haría algo contra las
reglas, y allí estaba, fingiendo una infracción para librarlos a ellos del
problema. Era como si Snape empezara a repartir golosinas.
Harry y James se
estremecieron, mientras Sirius ponía cara de asco.
—Hermione Granger, por esto
Gryffindor perderá cinco puntos —dijo la profesora McGonagall—. Estoy muy desilusionada
por tu conducta. Si no te ha hecho daño, mejor que vuelvas a la torre
Gryffindor. Los alumnos están terminando la fiesta en sus casas.
Hermione se marchó.
La profesora McGonagall se
volvió hacia Harry y Ron.
—Bueno, sigo pensando que
tuvisteis suerte, pero no muchos de primer año podrían derrumbar a esta
montaña. Habéis ganado cinco puntos cada uno para Gryffindor.
-¿Cinco? –Dijeron los Merodeadores
–Enserio, profesora, esperaba de usted –Siguió Sirius negando con la cabeza, bajo
la mirada divertida de Dumbledore.
El profesor Dumbledore será
informado de esto. Podéis iros.
Salieron rápidamente y no
hablaron hasta subir dos pisos. Era un alivio estar fuera del alcance del olor
del trol, además del resto.
—Tendríamos que haber
obtenido más de diez puntos —se quejó Ron.
—Cinco, querrás decir; una
vez que se descuenten los de Hermione.
—Se portó muy bien al
sacarnos de este lío —admitió Ron—. Claro que nosotros la salvamos.
—No habría necesitado que la
salváramos si no hubiéramos encerrado esa cosa con ella —le recordó Harry.
Habían llegado al retrato de
la Dama Gorda.
—Hocico de cerdo —dijeron, y
entraron.
La sala común estaba llena
de gente y ruidos. Todos comían lo que les habían subido. Hermione, sin
embargo, estaba sola, cerca de la puerta, esperándolos. Se produjo una pausa
muy incómoda. Luego, sin mirarse, todos dieron: «Gracias» y corrieron a buscar
platos para comer.
Pero desde aquel momento Hermione
Granger se convirtió en su amiga. Hay algunas cosas que no se pueden compartir
sin terminar unidos, y derrumbar un trol de tres metros y medio es una de esas
cosas.
Varios soltaron risitas.
-Termino –Dijo Bill.
-Muy bien, ¿Señor Lupin quiere
leer? –Preguntó el director, Lupin asintió y tomó el libro.
-----------------------------------------------------------
Hola! Actualiceeee! Lo hice rapido primero por las 10.000 lecturas y segundo porque habia tardado mucho en actualiza, espero que les haya gustado!